Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
1 ... 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72
Перейти на страницу:

2

Al anochecer el padre Bernardo se dirigió en busca de Llanlil, que, infatigable, atendía los preparativos de la próxima partida. Llanlil vino a su encuentro con una sonrisa de satisfacción.

– ¡Pero muchacho! -le regañó el religioso-. ¿Vas a pasarte la noche trabajando?

– ¿Por qué no, padre? -respondió él-. Yo no puedo olvidar nada… estaremos muy solos allá arriba y Huanguelén necesita muchas cosas para estar contenta.

– Necesitará sobre todo de ti, hijo mío -dijo el padre gravemente-. No olvides nunca, Llanlil, al Dios que has aprendido a conocer; no olvides que queriéndola y respetándola a ella, respetas y quieres en cierto modo a Dios.

– Que mi corazón sea devorado por los pumas entre las piedras si lo olvido… -afirmó Llanlil con profunda convicción.

Se alejaron hacia el río. El padre Bernardo, consciente de su responsabilidad, quería afirmar en el espíritu de Llanlil toda la fe en su destino y en el de Blanca, y se asombraba ante la simple y absoluta devoción que el indio sentía por ella. De su parte, él depositaba en el reche su caudal de ternura y sabiduría, bajo la forma de amables indicaciones y consejos, escuchados con respeto y concentrada atención.

Pocos durmieron aquella noche en la población de Lunder y con el amanecer renació el ajetreo y la excitación. Antes del mediodía, con la presencia del comisario, revestido circunstancialmente de autoridad legal, y de todos los habitantes de la casa, incluso el capitán Díaz Moreno en su carácter de padrino, se dio con relativa rapidez término a las dos ceremonias de la unión de Blanca y Llanlil. Cumplidas ambas, la alegría dio paso a la emoción y una ruidosa euforia envolvió a todos. Las jubilosas demostraciones parecían identificarse con la mañana luminosa. Llanlil se mostraba radiante, pero Blanca, velada su alegría por la gran reserva de su madre, sintió que algo muy íntimo le llenaba los ojos de lágrimas. Sintió también un árido chispazo de resentimiento ante aquel aislamiento que le negaba la cálida ternura de la madre y no buscó en ella abatir la angustia que la dominaba.

– Vamos, muchachos… es hora de partir. En la Patagonia los caminos son demasiado largos para transitarlos con demora -dijo Lunder tocando en el hombro de Llanlil que junto a Blanca permanecía sentado frente al enrojecido resplandor de la estufa.

– Sí, papá -respondió por él Blanca levantándose-. ¡Vader! ¡Oh, gelield voder! 2 -y su voz se le antojó ya como perdida en leguas de distancia.

– ¡Bueno… bueno! -la reprendió su padre suavemente tomándola de los hombros-. Después de todo no se van al otro lado del mundo… Ya los veré de nuevo… y muchas veces.

– ¡Hala! -exclamó Ruda interviniendo-. ¡No pensarán quedarse aquí toda la mañana! Las despedidas me desesperan. Afuera aguardan Juan, Roque y los peones que irán con ustedes… Antes que termine el verano iré a hacerles compañía.

– Y tú, Llanlil, deja a Juan contigo todo el tiempo necesario ¿comprendes? -recomendó Lunder a su flamante yerno.

– Así lo haré -respondió éste-. ¿Vamos, Huanguelén?

Blanca levantó la Barbilla y colocándose el gorro de piel dijo:

– Sí, vamos -y le tendió la mano enguantada.

– ¿Dónde se habrá metido tu madre?… ¡Por Dios que es empecinada! -protestó Lunder buscando con los ojos a su mujer.

– ¡Déjala, papá!… ¡Debe sufrir mucho! -dijo Blanca mordiéndose los labios.

– ¡Hum!… Todos sufrimos, querida. En fin… ya saldrá.

– ¡Salud, señora! -gritó alegremente el capitán Díaz Moreno, que entraba, levantando su quepis ante Blanca-. Espero que me harán un lugarcito para cuando me largue a sus dominios…

– Siempre habrá un lugar para usted en nuestra casa y en nuestros corazones, capitán -afirmó Blanca calurosamente. El la miró y la expresión de la muchacha le pareció un espejo de luz.

– Cuando venga, cazaremos juntos el zorro y el huemul -dijo Llanlil, estrechándose en un abrazo con el militar.

– ¡Bravo!… Y ahora, ¡a caballo!

– ¡Adiós, papá! Adiós, don Pedro, y tú, María ¡abrázame fuerte, hermanita! -exclamó Blanca, corriendo del uno al otro en una febril despedida.

– ¡Adiós… adiós!

Al lado del carretón listo para la partida, aguardaba el padre Bernardo.

– Dénos su bendición, padre -le pidió Blanca yendo a su encuentro con Llanlil.

– Sí, hijos míos… ¡que Dios los guíe y sean tan felices como yo lo deseo! Blanca ¿te has despedido de tu madre?

– Anoche… pero, no está aquí y sufro mucho.

El padre Bernardo sonrió débilmente.

– Está en tu corazón, hija mía, y tú en el de ella- dijo acariciando la mejilla ligeramente pálida.

Ella se volvió todavía y dijo a Ruda:

– Don Pedro, ya sabe que estaremos esperándolo siempre. No nos abandone, mi buen amigo.

Ruda necesitó hacer un esfuerzo para reprimir la emoción y contestó:

– Descuiden… Iría ahora mismo con ustedes, si no creyera que puedo esperar que alguien me acompañe. ¿Qué dices, María?

María alzó los ojos hasta él y un fulgor muy tenue, como una breve lumbre entre cenizas, habló de una lejana esperanza, pero para el corazón sediento de Ruda fue como si la pampa se hubiera de pronto inundado con una luz inesperada. Con voz vibrante repitió su promesa:

– ¡Iremos… levantaré mi rancho entre los pájaros, Llanlil!…

Con un ronco chirrido el gran carretón se puso en marcha… Blanca y Llanlil, a caballo, alzaron las manos saludando a los que quedaban. Lentamente el carretón avanzó hacia el río en procura del vado. Blanca anheló angustiada descubrir la figura de su madre y no la vio.

Guillermo Lunder, tiesamente erguido, mantenía los ojos clavados en su hija y su vieja e indomable alma de andariego, reconstruyó su propio adiós a su tierra… Sur África, las praderas inmensas frente a la selva batida de tan-tans ominosos, los torsos negros inclinados sobre la tierra; el asedio ambicioso de otros blancos y el éxodo a través del mar, hacia la desconocida tierra donde la Cruz del Sur trazaba un camino nuevo. 1885, Puerto Madryn, Rawson, Cabo Raso, el primogénito apagándose, como una breve llama azul, y siempre la Cruz del Sur inalcanzable hundiéndose en una aurora de hielos australes… Luego Blanca, flor pequeñita y sonrosada, elevando su llanto imperceptible entre el rugir del viento… la soledad, la soledad metida en la sangre como un morbo y Frida ajándose, melancólicamente inadaptada… Después, siempre más al sur, a través de las mesetas heladas, bordeando el mar, el duro mar azul fraguando tempestades, su búsqueda de los compatriotas finalmente sometidos, debelados, por los extranjeros inexorables, y con el encuentro, la dramática realidad de Punta Borja, el vrek van dorst junto a los acantilados salobres y las severas playas de arena donde los lobos marinos retozaban innumerables y grotescos bajo el sol… Nuevo desencanto y nueva impaciencia quemándole en las venas. Otra vez su marcha en busca del destino, costeando los lagos que refulgían entre salitrales y tierra rajada… y al fin el remanso junto al río perezoso. Atrás quedaban casi veinte años áridos, un recuerdo muy lejano de selvas y praderas eternamente verdes, y otros más propincuos, fijados con ramalazos de viento y frigidez de hielo… Y ahora los diecinueve años de Blanca alargaban su camino, se iban hacia lo ignorado buscando su inhalado destino y el testimonio para sus plantas de peregrino de la tierra… Allí estaba él, allí quedaba, en su latitud solitaria, como un roble duro e indomable, esperanzado y fuerte, permaneciendo con las ramas ahora desnudas… ¿Qué pensaban los otros, los que tenían como él los ojos llenos de fe en la bondad de la madre tierra?

вернуться

2 ¡Papá! ¡Oh, querido papá!

1 ... 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)