La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– Parece muy eficiente -comentó Dalgliesh.
– Lo es. Las cosas han cambiado mucho desde que llegó hace dos años. Caroline Dupayne nunca ha tomado parte activa en la gestión cotidiana. No puede, claro, debido a sus obligaciones en la escuela. La señorita Godby se encarga de la contabilidad para satisfacción del gestor, y ahora lo lleva todo con mucha más soltura. Pero no ha venido aquí para que le aburra con los detalles de la oficina, ¿no es así? Quiere hablar de la muerte de Neville.
– ¿Lo conocía usted bien?
La señora Strickland hizo una pausa, tomó un sorbo de vino y dejó la copa en la mesa.
– Creo que en el museo yo era quien mejor lo conocía, y no resultaba nada fácil conocerlo, se lo aseguro. Venía muy raramente, pero el año pasado en ocasiones llegaba pronto los viernes y subía a la biblioteca. No ocurría a menudo, una vez cada tres semanas o así. No daba ninguna explicación; a veces se paseaba un rato y luego se sentaba con un viejo ejemplar de Blackwood’s Magazine. Otras veces me pedía que le abriese un armario y escogía un libro. La mayor parte de las veces se sentaba en silencio. Otras, hablaba.
– ¿Lo describiría como un hombre feliz?
– No, no diría que fuese un hombre feliz. No es fácil calibrar la felicidad de otra persona, ¿verdad? Pero tenía un exceso de trabajo, le preocupaba estar defraudando a sus pacientes, no tener tiempo suficiente para ellos, y le enfurecía el estado de los servicios psiquiátricos. Pensaba que ni el gobierno ni la sociedad en general se preocupaban lo bastante por los enfermos mentales.
Dalgliesh se preguntó si Dupayne le habría confiado adónde iba los fines de semana o si sólo se lo había dicho a Angela Faraday. La interrogó al respecto.
– No -contestó ella-. Era muy reacio a hablar de su vida íntima. Sólo lo hicimos en una ocasión. Creo que venía porque le relajaba verme trabajar; he estado pensando al respecto y ésa me parece la explicación más plausible. Yo siempre seguía con lo que estaba haciendo y a él le gustaba ver cómo se formaban las letras. Tal vez lo encontraba tranquilizador.
– Estamos tratando esta muerte como un asesinato -le explicó Dalgliesh-. Parece muy poco probable que se tratase de un suicidio, pero ¿le sorprendería esa posibilidad, me refiero a la idea de que quisiese acabar con su vida?
En ese momento, la anciana voz, que había sido cansina, recuperó su fuerza.
– Me habría dejado perpleja -repuso ella con firmeza-. Jamás se habría suicidado. Olvídelo. Tal vez a algunos miembros de la familia la idea les resulte muy cómoda, pero ya puede quitársela de la cabeza. Neville no se mató.
– ¿De veras está tan segura?
– Absolutamente segura. Parte de la razón es una conversación que mantuvimos dos semanas antes de su muerte, debió de ser el viernes anterior a que usted viniera al museo por primera vez. Dijo que su coche todavía no estaba listo. Un hombre del taller, creo que se llamaba Stanley Carter, le había prometido que se lo entregaría hacia las seis y cuarto. Me quedé después de que cerrara el museo y pasamos toda una hora juntos. Estuvimos hablando del futuro de la biblioteca, y dijo que vivíamos demasiado en el pasado. Aludía a nuestros propios pasados además de a nuestra historia. Me sorprendí haciéndole confidencias. Eso es algo que me cuesta mucho, comisario; no suelo hacer confidencias sobre mí a nadie. Me habría parecido impertinente, y en cierto modo degradante, utilizarlo como mi psiquiatra privado gratuito, pero debió de ser algo parecido. Sin embargo, él también me utilizó a mí. De hecho nos utilizamos el uno al otro. Le dije que en la vejez no resulta tan fácil sacudirse el pasado de encima; regresan los viejos pecados, agravados por los años. Y las pesadillas, los rostros de los muertos que no deberían haber muerto vuelven y te miran, no con expresión de amor, sino de reproche. Para algunos de nosotros, esa pequeña muerte diaria puede suponer cada noche un descenso a un infierno muy privado. Hablamos de la expiación y del perdón. Soy la única hija de una madre francesa católica romana muy devota y un padre ateo. Pasé buena parte de mi infancia en Francia. Le dije que los creyentes tienen la oportunidad de enfrentarse a la culpa mediante la confesión, pero ¿cómo hacemos para encontrar la paz quienes no tenemos fe? Recordé las palabras de un filósofo, creo que Roger Scruton: «El consuelo de las cosas imaginarias no es un consuelo imaginario.» Le dije que a veces ansiaba incluso el consuelo imaginario. Neville me contestó que teníamos que aprender a absolvernos a nosotros mismos. El pasado no se puede cambiar y hemos de afrontarlo con honestidad y sin excusas para luego dejarlo de lado; obsesionarse con el sentimiento de culpa es un capricho destructivo. Dijo que ser humano es sentirse culpable: soy culpable, ergo soy.
Hizo una pausa, pero Dalgliesh no habló. Quería saber por qué estaba tan segura de que Dupayne no se había suicidado. Llegaría a ese punto a su debido tiempo. Advirtió con compasión que el relato de aquella conversación resultaba doloroso para ella. La vio alargar la mano para alcanzar la botella; le temblaban los dedos. Cogió la botella en su lugar y llenó ambas copas hasta arriba.
Al cabo de un minuto, la señora Strickland prosiguió:
– A una le gustaría llegar a la vejez y recordar sólo los momentos felices de la vida, pero no funciona así, salvo para los más afortunados. Igual que la polio puede volver en alguna forma y atacar de nuevo, también pueden hacerlo los errores del pasado, los fallos, los pecados. Dijo que lo comprendía, y comentó: «Mi mayor error vuelve a mí en forma de llamaradas de fuego.»
El silencio se prolongó por más tiempo. Esta vez Dalgliesh se vio forzado a preguntar:
– ¿Le explicó por qué?
– No, y no le pregunté. Habría sido imposible, pero sí dijo una cosa. Tal vez pensó que yo imaginaba que aquello tenía algo que ver con que no quisiese que el museo permaneciera abierto. Bueno, el caso es que dijo que no tenía nada que ver con nadie del Dupayne.
– ¿Está usted segura de eso, señora Strickland? Lo que le estaba diciendo, el error que volvía en forma de llamaradas de fuego, ¿no tenía nada que ver con el museo?
– Completamente segura. Ésas fueron sus palabras.
– ¿Y el suicidio? Ha dicho que estaba segura de que no se había suicidado.
– También hablamos de eso. Creo que dije que cuando se es muy viejo, se puede saber con certeza que el alivio llegará pronto. Continué diciendo que me alegraba de esperar ese alivio, pero que ni en los peores momentos de mi vida se me había pasado por la cabeza quitarme yo misma de en medio. Fue entonces cuando dijo que el suicidio le parecía indefendible, salvo para los ancianos o los que sufren dolores constantes sin esperanzas de curación ni de mejoría. El suicidio dejaba una carga demasiado pesada sobre la familia del suicida. Aparte de la pérdida, siempre existía la culpa y el horror latente de que el impulso de autodestrucción pudiera ser hereditario. Le contesté que me parecía que estaba siendo un poco duro con las personas a las que la vida se les hacía insoportable, que su desesperación final no debía suscitar censura sino lástima. A fin de cuentas, él era psiquiatra, un miembro del sacerdocio moderno, ¿no consistía su trabajo en comprender y absolver? No le molestaron mis palabras. Admitió que tal vez había sido demasiado tajante, pero había algo de lo que estaba seguro: una persona en su sano juicio que se suicida, siempre debería dar una explicación. La familia y los amigos que deja atrás tienen derecho a saber por qué sienten ese dolor. Neville Dupayne nunca se habría suicidado, comisario. O quizá sería mejor decir que nunca se habría suicidado sin dejar una carta con una explicación. -Miró a Dalgliesh a los ojos-. Tengo entendido que no dejó ninguna nota, ninguna aclaración.
– No encontramos ninguna.
– Lo cual no es exactamente lo mismo.