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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Esta vez fue ella quien alcanzó la botella y la sostuvo. Dalgliesh meneó la cabeza, pero ella se rellenó su propia copa. Observándola, Dalgliesh experimentó una revelación tan asombrosa que la expresó con total naturalidad y casi sin pensar.

– ¿Era Neville Dupayne adoptado?

Las miradas de ambos se encontraron.

– ¿Por qué hace esa pregunta, señor Dalgliesh?

– No estoy seguro, se me acaba de ocurrir. Perdóneme.

Ella sonrió y, por un instante, el detective vislumbró el poderoso encanto que había desconcertado a la mismísima Gestapo.

– ¿Perdonarlo? -exclamó-. ¿Por qué? Tiene usted toda la razón, era adoptado. Neville era mi hijo, mío y de Max Dupayne. Me marché de Londres cinco meses antes del parto, él se quedó con Max y Madeleine a los pocos días de nacer y más tarde fue adoptado. Esas cosas se arreglaban mucho más fácilmente en aquellos tiempos.

– ¿Y eso… lo sabe mucha gente? -inquirió Dalgliesh-. ¿Saben Caroline y Marcus Dupayne que Neville era su hermanastro?

– Saben que era adoptado. Marcus sólo tenía tres años y Caroline, claro está, todavía no había nacido cuando tuvo lugar la adopción. Los tres niños se enteraron cuando eran muy pequeñitos, pero no les dijeron que yo era la madre y Max el padre. Crecieron aceptando la adopción como un aspecto de la vida más o menos normal.

– Pues no me lo mencionaron -señaló Dalgliesh.

– No me sorprende. ¿Por qué iban a hacerlo? Ninguno de los dos tiene tendencia a airear los asuntos familiares privados y el hecho de que fuese adoptado no es relevante para la muerte de Neville.

– ¿Y nunca recurrió a la ley existente para descubrir su origen?

– Nunca, que yo sepa. No tenía intención de discutir este asunto con usted. Sé que puedo confiar en su discreción, que no dirá a nadie lo que le acabo de contarle, ni siquiera a los miembros de su equipo.

Dalgliesh hizo una pausa.

– No diré nada a menos que la adopción resulte relevante para mi investigación -señaló.

Había llegado la hora de marcharse. La señora Strickland lo acompañó a la puerta y le tendió la mano. Cuando se la estrechó, Dalgliesh sintió que el gesto era algo más que una despedida inesperadamente formaclass="underline" era una confirmación de su promesa.

– Tiene usted un don para fomentar las confidencias, señor Dalgliesh. Debe de ser muy útil para un detective, la gente le cuenta cosas que después puede utilizar contra ella. Supongo que usted diría que es en favor de la justicia.

– No creo que utilizase una palabra tan magna. Podría decir que es en favor de la verdad.

– ¿Tan pequeña es esa palabra? A Poncio Pilato no se lo parecía. Sin embargo, no creo que le haya contado nada de lo que vaya a arrepentirme. Neville era un buen hombre y lo echaré de menos. Sentía un gran afecto por él, pero ningún amor maternal. ¿Cómo iba a haberlo sentido? Y ¿qué derecho tengo yo, que lo entregué tan fácilmente, a reclamarlo ahora como hijo mío? Soy demasiado vieja para llorarlo, pero no lo bastante para no sentirme furiosa. Descubrirá quién lo mató y ese alguien pasará diez años en la cárcel. Me gustaría verlo muerto.

Durante el camino de regreso al coche Dalgliesh no dejó de dar vueltas a cuanto había averiguado. La señora Strickland había solicitado verlo a solas para transmitirle dos cosas: su convicción absoluta de que Neville Dupayne no se había suicidado y el críptico comentario de éste sobre ver su error en forma de llamaradas de fuego. No había tenido la intención de divulgar la verdad acerca de los verdaderos padres de Neville y seguramente era sincera en su creencia de que esa información resultaba irrelevante para la muerte de su hijo. Dalgliesh no estaba tan seguro. Reflexionó sobre el entramado de relaciones personales centrado en el museo: el traidor del Servicio de Operaciones Especiales que había traicionado a sus camaradas y Henry Calder-Hale, cuya ingenuidad había contribuido a dicha traición, el amor secreto y el nacimiento secreto, vidas vividas intensamente bajo la amenaza de la tortura y la muerte. La agonía había terminado, los muertos no volverían más que en sueños. Era difícil dilucidar si alguna parte de aquella historia podía proporcionar un móvil para la muerte de Neville Dupayne, pero sí se le ocurría una razón por la que a los Dupayne podía haberles parecido prudente no divulgar que Neville había sido adoptado. El hecho de que un hermano de sangre frustrase algo que se deseaba intensamente ya debía de ser lo bastante difícil de soportar: viniendo de un hermano adoptado sería aún más imperdonable y la solución, tal vez, más fácil de contemplar.

Libro tercero . La segunda víctima

Miércoles 6 de noviembre – Jueves 7 de noviembre

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El miércoles 6 de noviembre amaneció de manera imperceptible, cuando la luz del alba empezó a filtrarse a través de un cielo madrugador que se cernía espeso como una manta sobre la ciudad y el río. Kate preparó un té y, como de costumbre, se llevó la taza a la terraza. Sin embargo, aquel día no se respiraba frescor en el ambiente. A sus pies, el Támesis fluía con la lentitud de la melaza, como si en lugar de reflejar las luces que danzaban por el río las absorbiese. Las primeras barcazas del día avanzaban pesadamente, sin dejar ninguna estela. Por lo general, aquel momento era de una profunda satisfacción, y de vez en cuando incluso de felicidad, originada por el bienestar físico y la promesa del nuevo día. La vista de aquel río y el piso de dos habitaciones que tenía a sus espaldas representaba un logro que cada mañana le traía una nueva bocanada de satisfacción y seguridad en sí misma. Había conseguido el trabajo que quería y el piso que deseaba en la parte de Londres que había escogido. Podía esperar un ascenso que, según se rumoreaba, tendría lugar muy pronto. Trabajaba con gente que le gustaba y a la que respetaba. Esa mañana se dijo, como casi todos los días, que ser una mujer soltera con casa propia, un trabajo estable y dinero suficiente para cubrir las necesidades significaba disfrutar de más libertad que cualquier otro ser humano.

Sin embargo, esa mañana no pudo evitar que el pesimismo del día se le contagiase. El caso que tenían entre manos seguía siendo muy reciente pero empezaba a entrar en la fase de decadencia, esa parte deprimentemente familiar de la investigación de un asesinato en que el entusiasmo inicial se convierte en rutina y la perspectiva de una solución rápida va menguando con cada día que pasa. La brigada de investigación especial no estaba acostumbrada al fracaso, y de hecho se la consideraba una garantía contra el mismo. A fin de descartar posibles sospechosos habían tomado las huellas de todo aquel que pudiese haber estado en contacto con el bidón de gasolina o entrado en el garaje de forma lícita, y no habían encontrado ninguna no identificada. Nadie admitió haber quitado la bombilla. Al parecer, Vulcano, ya fuese por inteligencia, por suerte o por una mezcla de ambas, no había dejado ninguna prueba incriminatoria. Era ridículamente prematuro preocuparse por el resultado, ya que el caso todavía estaba en su fase inicial, pero Kate no lograba librarse de un temor seudosupersticioso de que tal vez nunca llegasen a tener pruebas suficientes para justificar una detención. Y no sólo eso, sino que, aun en el caso de tenerlas, ¿permitiría la Fiscalía que el caso llegase a juicio cuando el misterioso conductor que había atropellado a Tally Clutton en la casa seguía sin identificar? Además, ¿existía realmente? Cierto era que contaban con las pruebas de la rueda de la bicicleta aplastada y la magulladura en el brazo de Tally, pero ambas podían provocarse fácilmente con una caída adrede o estrellando la bicicleta contra un árbol. La mujer parecía honesta y costaba trabajo imaginarla como una asesina despiadada, sobre todo si se consideraba el método empleado, aunque menos, tal vez, como cómplice. Al fin y al cabo, tenía más de sesenta años y era evidente que valoraba su trabajo y la seguridad que le proporcionaba aquella casa. Para ella sería tan importante que el museo continuase abierto como para los dos Dupayne. La policía no sabía nada acerca de su vida privada, sus temores, sus necesidades psicológicas, los recursos de los que disponía para protegerse del desastre. Sin embargo, si el misterioso conductor existía y se trataba de un visitante inocente, ¿por qué no había aparecido todavía? ¿O acaso estaba siendo ingenua? ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Por qué iba a someterse aquél a un interrogatorio policial, a exponer a la luz pública su vida privada, a airear algunos posibles secretos, cuando podía permanecer callado sin que nadie lo encontrase? Aunque fuese inocente, sabía que la policía lo trataría como un sospechoso, probablemente como el principal sospechoso, y si el caso quedaba sin resolver, sería considerado un posible asesino durante toda su vida.

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