Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Nunca he soportado bien la visión de la sangre. Recordarás que el día que conocí al Señor Tanaka me desmayé después de morderme el labio. Así que te puedes imaginar cómo me sentí al volverme y ver un reguero de sangre corriéndome por el muslo hasta la toalla que Mameha sujetaba contra mi entrepierna. Al verlo caí en un estado tal que no recuerdo nada de lo que pasó después -de cómo me subieron al rickshaw o del recorrido hasta el hospital, hasta que Mameha me agitó la cabeza para despertarme cuando estábamos a punto de llegar.
– Ahora, escúchame. Estoy segura de que te han dicho una y mil veces que tu tarea como aprendiza es la de impresionar a otras geishas, ya que ellas son las que te van a ayudar en tu carrera, y no preocuparte de lo que piensen los hombres. Bueno, pues ¡olvídalo! En tu caso no va a ser así. Tu futuro depende de dos hombres, como ya te he dicho, y estás a punto de conocer a uno de ellos. Tienes que causarle buena impresión. ¿Me escuchas?
– Sí, señora; he oído todas y cada una de sus palabras -dije entre dientes.
– Cuando te pregunten cómo te has cortado la pierna, la respuesta es que estabas tratando de ir al servicio con el kimono puesto y te caíste sobre algo cortante. No sabes lo que era, porque te desmayaste. Invéntate los detalles que quieras. Sólo tienes que estar segura de que suenas muy infantil. Y cuando entremos hazte la desvalida. A ver cómo lo haces.
Eché la cabeza atrás y dejé los ojos en blanco. Supongo que así es como me sentía, pero a Mameha no le gustó nada.
– No te he dicho que te hicieras la muerta. He dicho que te hicieras la desvalida. Así…
Mameha puso una mirada de aturdimiento, como si no pudiera enfocar la vista en ningún sitio, y se llevó la mano a la mejilla como si se sintiera desfallecer. Me hizo imitarla hasta que se sintió satisfecha de cómo lo hacía. Empecé mi representación cuando el conductor me ayudó a llegar a la entrada del hospital. Mameha caminaba a mi lado, arreglándome el kimono aquí y allá para asegurarse de que seguía pareciendo atractiva.
Entramos y preguntamos por el director del hospital; Mameha dijo que nos esperaba. Finalmente, una enfermera nos condujo por una larga galería hasta una habitación polvorienta con una mesa de madera y un sencillo biombo que ocultaba las ventanas. Mientras esperábamos, Mameha me quitó la toalla que me había atado a la pierna y la tiró a una papelera.
– Recuerda, Sayuri -me dijo en un susurro-, queremos que el doctor vea que eres lo más desvalida e inocente posible. Échate y trata de aparentar que te sientes muy débil.
No me costó ningún trabajo hacerlo. Un momento después, se abrió la puerta y entró el Doctor Cangrejo. Su nombre no era realmente Doctor Cangrejo, claro está, pero si lo hubieras visto, estoy segura de que se te habría ocurrido el mismo nombre. Era tan cargado de hombros y tenía los codos tan salidos que si se hubiera puesto a estudiar su forma, no podría haber hecho una imitación mejor de un cangrejo. Incluso al andar, avanzaba primero un hombro, exactamente igual que los cangrejos que avanzan de lado. Tenía bigote, y pareció muy contento de ver a Mameha, aunque más con la expresión de sorpresa de sus ojos que con una sonrisa.
El Doctor Cangrejo era un hombre metódico y ordenado. Cuando cerró la puerta, giró primero la manilla, de modo que el pestillo no hiciera ruido y luego comprobó que había quedado bien cerrada. Tras esto, se sacó una caja del bolsillo del abrigo y la abrió con sumo cuidado, como si se pudiera derramar algo si él no iba con tino; pero lo único que contenía era otro par de gafas. Tras cambiarse de gafas, volvió a guardarse la caja en el bolsillo y luego se alisó el abrigo con la mano. Finalmente, se me quedó mirando e hizo una pequeña y enérgica inclinación de cabeza, tras lo cual Mameha dijo:
– Siento molestarle, doctor. Pero Sayuri tiene un futuro tan brillante ante ella y ahora ha tenido la mala suerte de cortarse en la pierna. Y con la posibilidad de que pueda quedarle una espantosa cicatriz o de que se le infecte, pensé que sólo usted podría tratarla adecuadamente.
– Eso es -dijo el Doctor Cangrejo-. Y ahora, tal vez, ¿podría echar un vistazo a la herida?
– Lo siento, pero Sayuri se desmaya al ver la sangre, doctor -dijo Mameha-. Sería mejor si ella se volviera y dejara que usted le examinara la herida. Está por detrás del muslo.
– Entiendo perfectamente. ¿Le podría decir que se tumbe boca abajo en la camilla?
No entendía por qué el Doctor Cangrejo no me lo decía a mí directamente; pero para dar la sensación de obediente, esperé a oír las palabras de Mameha. Entonces el doctor me subió el kimono casi hasta las caderas y acercó una gasa y un líquido de fuerte olor, que frotó en mi muslo, antes de decir:
– Sayuri-san, por favor, ten la bondad de decirme cómo te hiciste la herida.
Yo hice una profunda inspiración, exagerada, tratando por todos los medios de parecer lo más débil posible.
– Bueno, me da un poco de vergüenza -empecé-, pero la verdad es que esta tarde bebí mucho té…
– Sayuri acaba de empezar su aprendizaje -dijo Mameha-. La estoy presentando por Gion. Y, claro, nos han invitado a té en todos los sitios.
– Sí, sí, ya me imagino -dijo el doctor.
– Bueno, pues el caso es -continué yo- que de pronto me entraron unas ganas… ya sabe…
– Sí. Beber mucho té puede llevar a una «necesidad extrema» de vaciar la vejiga -dijo el doctor.
– Eso es, gracias, doctor. Y, en realidad, «necesidad extrema» es poco decir, porque un poco más y me lo hago…
– Cuéntale al doctor sólo lo que te pasó -dijo Mameha.
– Lo siento -dije yo-. Sólo quería decir que tenía que llegar al retrete como fuera… pero cuando por fin llegué, me hice un lío con el kimono y debí de perder el equilibrio. Al caer me di en el pierna con algo puntiagudo. No sé lo que era. Creo que debí de desmayarme.
– Qué extraño que no vaciara la vejiga al perder el conocimiento -dijo el doctor.
Llevaba todo este tiempo tumbada boca abajo, despegando la cabeza de la camilla por temor a estropear el maquillaje y hablando mientras el doctor me miraba por detrás. Pero cuando el Doctor Cangrejo dijo esto último, hice todo lo posible por mirar por encima del hombro para ver a Mameha. Por suerte, ella estaba pensando más rápido que yo, porque dijo:
– Lo que quiere decir Sayuri es que perdió el equilibrio al intentar levantarse del retrete.
– Ya, ya -dijo el doctor-. El corte se lo ha producido un objeto muy afilado. Tal vez te caíste sobre un cristal roto o un trozo de metal en punta.
– Sí, sentí que era algo muy afilado -dije yo-. ¡Afilado como un cuchillo!
El Doctor Crab no dijo nada, pero lavó el corte como si quisiera comprobar hasta dónde podía llegar a dolerme, y luego utilizó más líquido maloliente para limpiar la sangre que se había secado en mi pierna. Finalmente, me dijo que el corte no necesitaría más que una crema y una venda, y me dio instrucciones para cuidármelo los días siguientes. Y dicho esto, me bajó el kimono y guardó sus gafas como si fuera a romperlas si no tenía cuidado.
– Lamento que hayas echado a perder un kimono tan bonito -dijo-. Pero me alegro de haber tenido la oportunidad de conocerte. Mameha-san sabe que me interesan las caras nuevas.
– Oh, no, el placer es mío, doctor -dije yo.
– Tal vez, te vea una noche de estas en la Casa de Té Ichiriki.
– A decir verdad, doctor -dijo Mameha-, Sayuri es una propiedad especial, como se puede imaginar. Ya tiene más admiradores de los que puede tratar, por eso no hemos frecuentado la Ichiriki. ¿Podríamos verlo, tal vez, en la Casa de Té Shirae?
– Sí, yo también lo prefiero -dijo el Doctor Cangrejo. Y luego volvió a repetir todo el ritual de volverse a cambiar de gafas a fin de poder mirar en un librito que llevaba en el bolsillo-. Veamos…, estaré allí…, dentro de dos días. Espero veros entonces.