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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– Me sorprende lo bonitas que quedan esas huellas. Yo creo que ese gato tiene algo de artista.

– Ya sé por qué no te gusta el pobre animal -dijo Mameha-. Tienes envidia de su talento.

– ¿Envidia yo? -dijo Uchida-. El gato no es un artista, es un demonio, en el caso de que sea algo.

– Perdóname, Uchida-san -respondió Mameha-. Tienes razón. Pero dime: ¿estás pensando en tirar ese dibujo? Porque si es así, a mí me encantaría tenerlo. ¿No quedaría estupendo en mi apartamento, Sayuri?

Cuando Uchida oyó esto, arrancó el dibujo del tablero y dijo:

– ¿Te gusta, eh? Pues vale. Te voy a hacer dos regalos con él -y entonces lo rompió en dos y le dio las dos partes a Mameha diciendo-: ¡Éste es uno! ¡Y éste es el otro! ¡Ahora, fuera!

– Me gustaría que no hubieras hecho esto -dijo Mameha-. Creo que era el dibujo más bonito que has pintado nunca.

– ¡Fuera!

– ¡Oh, Uchida-san! ¡No puedo! No sería una buena amiga si antes de irme no pusiera un poco de orden aquí.

Al oír esto el propio Uchida salió como un huracán de la casa, dejando la puerta abierta tras él. Le vimos dar una patada al escobón que Mameha había dejado apoyado en un árbol, y luego por poco se resbala y se cae al empezar a bajar por las húmedas escaleras. Pasamos la siguiente media hora poniendo un poco de orden en el estudio, hasta que Uchida volvió de mucho mejor humor, como había previsto Mameha. Todavía no estaba exactamente animado, y de hecho tenía la costumbre de estar constantemente pasándose la lengua por el lunar, lo que le daba un aspecto de estar siempre preocupado. Creo que estaba avergonzado de su comportamiento, porque no nos miraba directamente a ninguna de las dos. Enseguida se hizo evidente que no se iba a fijar en mis ojos para nada, así que Mameha le dijo:

– ¿No crees que Sayuri es muy linda? ¿No te has molestado siquiera en mirarla?

Era un acto de desesperación, pensé yo, pero Uchida me dedicó un breve parpadeo, como quien limpia una miga de pan de la mesa. Mameha parecía muy decepcionada. La luz de la tarde empezaba a declinar, así que nos levantamos para irnos. Mameha se despidió con la más breve de las reverencias. Cuando salimos, yo me paré un segundo a ver el sol poniente, que pintaba el cielo tras las lejanas colinas de rosas y anaranjados de una forma tan sorprendente como el más bello kimono -incluso más, porque por magnífico que sea el kimono, las manos de quien lo lleva nunca iban a tener el brillo anaranjado que tenían las mías con aquella luz-. Parecía que las había sumergido en una especie de materia iridiscente. Las subí y me quedé un rato observándolas.

– Mameha-san, ¡mira! -le dije, pero ella pensó que hablaba de la puesta de sol y se volvió a contemplarla con indiferencia. Uchida estaba parado en el umbral, atusándose sus grises cabellos con una expresión de concentración en el rostro. Pero no era a la puesta de sol a lo que miraba. Me miraba a mí.

Si has visto alguna vez un famoso dibujo a tinta de Uchida Kosaburo de una joven en kimono, de pie, en un estado de total embeleso y con los ojos radiantes… Bueno, pues él siempre insistió en que la idea se la dio lo que vio aquella tarde. Yo nunca lo creí. No puedo imaginar que un dibujo tan hermoso pueda estar basado simplemente en la visión de una jovencita observándose embobada las manos a la luz del atardecer.

Capítulo diecinueve

Aquel mes sorprendente en el que volví a encontrar al Presidente -y conocí a Nobu y al Doctor Cangrejo y a Uchida Kosaburo- me sentí como si fuera un pequeño grillo que ha logrado escapar de su jaulita de mimbre. Por primera vez en años, podía irme a la cama con la idea de que no siempre iba a ser como una gota de té derramada en las esteras de tatami y que alguna vez en Gion se fijarían en mí. Todavía no sabía cuál era el plan de Mameha ni cómo iba a llevarme a triunfar como geisha ni si mi éxito me iba a acercar alguna vez al Presidente. Pero todas las noches, acostada en el futón, me ponía su pañuelo en la mejilla, reviviendo una y otra vez mi encuentro con él. Era como las campanas de los templos, que resuenan largo rato después de haber sido tocadas.

Pasaron varias semanas sin noticias de ninguno de estos hombres, y Mameha y yo empezamos a preocuparnos. Pero, al fin, una mañana, una secretaria de la Compañía Iwamura telefoneó a la Casa de Té Ichiriki pidiendo mi compañía para esa tarde. Mameha estaba encantada con la noticia, pues esperaba que la invitación viniera de Nobu. Yo también estaba encantada; esperaba que fuera del Presidente. Más tarde, ese mismo día, le dije a la Tía, en presencia de Hatsumono, que esa tarde iba a acompañar a Nobu y que si podía ayudarme a escoger el kimono y los complementos. Para mi asombro, Hatsumono vino a echar una mano. Estoy segura de que si un extraño nos hubiera visto pensaría que pertenecíamos a una familia estrechamente unida. Hatsumono no soltó ninguna risita ni hizo ningún comentario sarcástico, y, de hecho, me ayudó bastante. Creo que la Tía estaba tan asombrada como yo. Terminamos eligiendo un kimono verde con un estampado de hojas plateadas y bermellón y un obi gris con hilos de oro. Hatsumono prometió pasar por allí para vernos juntos a Nobu y a mí.

Aquella tarde cuando me arrodillé en el vestíbulo de la Casa de Té Ichiriki pensé que toda mi vida había sido un camino hasta ese momento. Escuché el sonido amortiguado de las risas, intentando adivinar cuál sería la del Presidente; y cuando abrí la puerta y lo vi ante mí en la cabecera de la mesa, y Nobu de espaldas a mí… bueno, me cautivó de tal modo la sonrisa del Presidente, aunque no era sino una huella de la risa de un momento antes, que tuve que contenerme para no devolverle la sonrisa. Saludé primero a Mameha, luego al resto de las geishas que estaban en la habitación y, por último, a los seis o siete hombres allí reunidos. Cuando me puse en pie, me dirigí directamente a Nobu, como Mameha esperaba que hiciera. Debí de colocarme más pegada a él de lo que yo creía, pues Nobu, molesto, dio un golpe en la mesa con la copa y se apartó un poco de mí. Yo me disculpé, pero él no me prestó atención y Mameha sólo frunció el ceño. Me pasé el resto del tiempo sintiéndome fuera de lugar. Luego al salir juntas, Mameha me dijo:

– Nobu-san se molesta enseguida. En el futuro has de tener cuidado de no enfadarlo.

– Lo siento, señora. Al parecer no le gusto tanto como usted pensaba…

– ¡Oh, claro que le gustas! Si no le gustara tu compañía habrías terminado llorando. A veces tiene un temperamento muy brusco, pero a su manera es un hombre muy bueno, como irás descubriendo.

La Compañía Iwamura volvió a invitarme a la Casa de Té Ichiriki esa misma semana y muchas más; y no siempre con Mameha. Ésta me advirtió que no me quedara demasiado tiempo no fuera a crearme mala fama; así que transcurrida una hora más o menos, me despedía, excusándome con una reverencia, como si tuviera que asistir a otra recepción. Muchas veces, cuando me estaba vistiendo para estas veladas, Hatsumono insinuaba que tal vez se dejaría caer, pero nunca lo hizo. Entonces, una tarde, cuando yo no lo esperaba, me informó que aquella tarde tenía un poco de tiempo libre y estaba segura de que vendría.

Me puse un poco nerviosa, como te puedes imaginar; pero las cosas empeoraron aún más cuando llegué a la casa de té y descubrí que Nobu estaba ausente. Era el grupo más pequeño al que hubiera sido invitada en Gion, con dos geishas más solamente y cuatro hombres. ¿Qué iba a pasar si venía Hatsumono y me encontraba en compañía del Presidente y sin Nobu? No había avanzado mucho tratando de encontrar una solución cuando de pronto se abrió la puerta y vi, no sin que me entrara inmediatamente una atroz ansiedad, a Hatsumono de rodillas en el umbral.

Mi único recurso, decidí, era fingir que estaba aburriéndome, como si sólo me interesara la compañía de Nobu. Tal vez, aquello habría bastado para salvarme aquella noche, pero por suerte Nobu llegó unos minutos después, en cualquier caso. La hermosa sonrisa de Hatsumono se expandió en cuanto Nobu entró en la habitación, hasta que sus labios parecieron gotas de sangre manando de una herida. Nobu se acomodó en la mesa, y entonces, de pronto, Hatsumono sugirió de una forma casi maternal, que le sirviera sake. Yo me fui a sentar a su lado e intenté mostrar todos los signos de una chica enamorada. Cada vez que se reía, por ejemplo, yo empezaba a parpadear mirándolo, como si no pudiera resistirlo. Hatsumono estaba encantada y nos observaba tan abiertamente que ni siquiera se daba cuenta de que las miradas de todos los hombres estaban clavadas en ella, o lo más probable es que simplemente estuviera acostumbrada a la atención que provocaba. Esa noche estaba cautivadoramente hermosa, como siempre. El joven sentado en un extremo de la mesa no podía hacer otra cosa que mirarla y fumar un cigarrillo tras otro. Incluso el Presidente, que sostenía con singular gracia una copa entre los dedos, la miraba a hurtadillas. Yo me pregunté si los hombres se dejarían cegar hasta tal punto por la belleza que llegaran a sentirse privilegiados de poder vivir con un verdadero demonio, mientras fuera un demonio hermoso. Me imaginé de pronto al Presidente entrando tarde por la noche en el vestíbulo de nuestra okiya para encontrarse con Hatsumono, con un ligero sombrero en la mano y sonriéndome mientras se desabotonaba el abrigo. No creía que pudiera llegar a estar realmente tan extasiado por su belleza que ello le hiciera pasar por alto los rasgos de crueldad que terminarían por dejarse ver. Pero una cosa era cierta: si Hatsumono se daba cuenta de lo que yo sentía por él, intentaría seducirlo, aunque sólo fuera por hacerme sufrir.

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