Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
1 ... 64 65 66 67 68 69 70 71 72 ... 135
Перейти на страницу:

Mameha le aseguró que iríamos, y salimos.

En el rickshaw, de vuelta a Gion, Mameha me dijo que lo había hecho muy bien.

– ¡Pero, Mameha, si no he hecho nada!

– ¿Ah, no? ¿Entonces cómo explicas tú lo que vimos en la frente del doctor?

– Yo no vi nada, sólo la mesa que tenía frente a mí.

– Pues digamos que cuando el doctor te estaba limpiando la sangre de la pierna, tenía la frente perlada de sudor, como si estuviéramos en pleno verano, pero la habitación no estaba ni siquiera templada.

– No creo.

– ¡Pues qué le vamos a hacer! -dijo Mameha.

Yo no estaba muy segura de lo que hablaba Mameha ni qué pretendía exactamente llevándome a conocer a aquel doctor. Pero tampoco podía preguntarle, pues ya me había dicho claramente que no me iba a contar sus plantes. Y entonces, justo cuando el rickshaw cruzaba el puente de la Avenida Shijo para devolvernos a Gion, Mameha se paró a mitad de lo que me estaba contando.

– No sabes, Sayuri, cómo te lucen los ojos con ese kimono. Los escarlatas y amarillos… dan a tus ojos un brillo casi plateado. ¡Pero qué tonta soy! ¡Mira que no haberlo pensado antes! ¡Conductor! -llamó-. Nos hemos pasado. Párese aquí, por favor.

– Me había dicho Tominaga-cho, señora. No puedo parar en medio de un puente.

– O bien nos deja aquí ahora o llegamos hasta el otro lado del puente, damos la vuelta y lo cruzamos de nuevo en sentido contrario para venir a donde estamos. Y sinceramente no creo que tenga mucho sentido hacer eso.

El conductor dejó las varas en el suelo, y Mameha y yo nos bajamos. Los ciclistas tocaron las campanillas de sus bicicletas, enfadados, al pasar a nuestro lado, pero a Mameha no pareció preocuparle. Supongo que estaba tan segura de su lugar en el mundo que no se podía imaginar que le molestara a nadie que estuviera entorpeciendo el tráfico. Se tomó su tiempo, sacando una moneda tras otra de su monedero de seda hasta que pagó el precio exacto de la carrera, y luego me condujo por el puente de vuelta por donde habíamos venido.

Vamos a ir al estudio de Uchida Kosaburo -me anunció-. Es un artista maravilloso, y le van a gustar tus ojos. Estoy segura. A veces es un poco distraído. Y su estudio está todo revuelto. Puede que le lleve un rato fijarse en tus ojos, pero tú colócate siempre donde él pueda verlos.

Seguí a Mameha por un laberinto de calles y callejuelas hasta que llegamos a un callejón sin salida. Al final de éste se alzaba una brillante verja shinto, en miniatura, apretada entre dos casas. Al otro lado de la verja, pasamos entre varios pequeños pabellones y llegamos a unas escaleras de piedra flanqueadas por unos árboles que mostraban el brillante colorido otoñal. Las bocanadas de aire que salían del pequeño túnel que formaban los árboles sobre las escaleras eran frescas como el agua, de modo que al subirlas me pareció que estaba entrando en un mundo totalmente diferente. Oí unos chasquidos que me recordaron al sonido de la marea lamiendo la playa, pero resultó ser un hombre que de espaldas a nosotros barría el agua del escalón superior con un escobón cuyas cerdas eran color chocolate.

– ¡Pero Uchida-san! -dijo Mameha-. ¿No tienes una criada que se encargue de esto?

El sol le daba de pleno, de modo que cuando se volvió a mirarnos, dudo que viera algo más que unas sombras bajo los árboles. Yo, sin embargo, podía verlo perfectamente, y era un hombre con una pinta muy peculiar. Tenía un lunar gigantesco en una de las comisuras de la boca, como si fuera un trozo de comida, y sus cejas eran tan espesas y enmarañadas que parecían unas orugas que habían descendido desde el bosque de su cabello y se habían echado a dormir allí. Todo en él era desaliñado, no sólo sus cabellos grises, sino también su kimono que parecía que no se lo había quitado para dormir.

– ¿Quién es?

– ¡Uchida-san! ¿Todavía no reconoces mi voz después de tantos años?

– Seas quien seas, si pretendes enfadarme, has empezado bien. ¡ No estoy de humor para que me interrumpan! Te tiraré este escobón si no me dices inmediatamente quién eres.

Uchida-san parecía tan enfadado que no me habría sorprendido si se hubiera arrancado de un mordisco el lunar de la boca y luego nos lo hubiera escupido. Pero Mameha siguió subiendo las escaleras, y yo la seguí, aunque poniendo buen cuidado de ir detrás, de modo que el escobón le diera a ella.

– ¿Así es como recibes a las visitas, Uchida-san? -dijo Mameha conforme salía a la luz.

Uchida la miró entrecerrando los ojos.

– ¡Ah! ¡Conque eras tú! ¿Por qué no puedes decir quién eres, como todo el mundo? Mira, toma el escobón y barre el resto de las escaleras. No va a venir nadie a mi casa hasta que no encienda incienso. Ha muerto otro de mis ratones, y la casa huele a ataúd.

A Mameha pareció divertirle todo esto y esperó hasta que Uchida se alejó para dejar el escobón arrimado a un árbol.

– ¿Nunca has tenido un grano? -me susurró-. Cuando su trabajo no va como él quiere, Uchida se pone de este humor. Tienes que hacerle estallar, como si explotaras un grano, de modo que pueda volver a ser él mismo. Si no le das algo por qué enfadarse, empezará a beber y será aún peor.

– ¿Tiene ratones? -le pregunté en un susurro-. Dijo que se le había muerto otro ratón.

– No, nada de eso. Lo que sucede es que deja fuera las barras de tinta, y los ratones se las comen y mueren envenenados. Yo le regalé una caja para meter las barras, pero no quiere usarla.

Justo entonces se abrió una rendija de la puerta, pues Uchida le había dado un empujón y entrado sin más. Mameha y yo nos descalzamos. El interior era una sola habitación de estilo campesino. En un rincón ardía incienso, pero todavía no había surtido efecto, porque el olor a ratón muerto me golpeó con tanta fuerza como si alguien me hubiera puesto un pegote de barro en la nariz. La habitación estaba todavía más desordenada que la de Hatsumono. Había pinceles por todas partes, algunos rotos o roídos, y grandes tablas con dibujos en blanco y negro a medio terminar. Y en medio de todo ello había un futón con todas las sábanas revueltas y manchadas de tinta. Pensé que Uchida también tendría todo el cuerpo lleno de manchas de tinta, y cuando me volví para comprobarlo, me dijo:

– ¿Y tú qué miras?

– Uchida-san, me gustaría presentarte a mi hermana pequeña, Sayuri -dijo Mameha-. Ha venido conmigo desde Gion para tener el honor de conocerte.

Lo dijo como si Gion estuviera muy lejos; pero en cualquier caso, yo me arrodillé en la estera e hice todo el ritual de reverencias y peticiones de protección, aunque estaba convencida de que no había oído ni una palabra de lo que le había dicho Mameha.

– Estaba teniendo un buen día, hasta la hora de comer -dijo-, y entonces mira lo que pasó -Uchida cruzó la habitación y tomó un tablero en las manos, alzándolo. Sujeto al tablero con chinchetas había un boceto de una mujer de espaldas con un sombrilla en la mano, todo era normal, salvo que un gato había pasado por encima con las zarpas mojadas de tinta, dejando unas huellas perfectamente dibujadas. El propio gato autor del desperfecto dormía en ese momento acurrucado sobre un montón de ropas sucias-. Lo traje por los ratones, ¡y mira lo que ha hecho! -continuó-. Estoy pensando en echarlo fuera.

– ¡Pero si las huellas están estupendas! ¡Creo que mejoran el dibujo! ¿Tú qué crees Sayuri?

No me atrevería a decir nada porque Uchida no parecía muy feliz con el comentario de Mameha. Pero un momento después me di cuenta de que ésta estaba intentando estallar el grano, como ella decía. De modo que puse la voz más entusiasta que pude y dije:

1 ... 64 65 66 67 68 69 70 71 72 ... 135
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)