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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Era una presa fácil.

– Bueno, pues aquí vivo -la invitó tímidamente a pasar a un saloncito del quinto piso con unas tristes vistas a la estación de cercanías de Rødovre y a un montón de aparcamientos y carreteras.

En la entrada, junto a un ascensor morado, le había mostrado el letrero de la puerta. «Finn Aalbæk», ponía. Después había afirmado que el edificio era seguro a pesar de que no tardarían demasiado en derribarlo. La había tomado de la mano y, cual caballero ayudándola a cruzar el puente colgante sana y salva por encima del bramido de las aguas, la había conducido por la galería exterior del quinto. Eso sí, bien pegadito a su presa para evitar que se diera a la fuga si cambiaba de idea. Su fecunda imaginación, ayudada por un entusiasta y recién adquirido aplomo, ya lo había situado entre las sábanas con las manos inquietas y el ánimo bien levantado.

La invitó a que saliera al balcón a disfrutar de las vistas mientras él recogía la mesita del sofá, encendía las lámparas de lava, ponía un CD y le quitaba el tapón a la botella de ginebra en menos que canta un gallo.

Kimmie recordó que hacía diez años de su último encuentro con un hombre a puerta cerrada.

– ¿Qué te ha pasado? -le preguntó tocándole el rostro.

Él arqueó sus cejas marchitas. Seguramente un gesto estudiado ante el espejo. Creería que era encanto. No lo era ni de broma.

– Ah, eso… Me topé con unos tipos que iban provocando en una guardia. No salieron muy bien parados.

Una sonrisita irónica. Otro cliché. Estaba mintiendo, nada más.

– ¿A qué te dedicas, Finn? -se decidió a preguntarle.

– ¿Yo? Soy detective privado.

Su manera de decir privado le daba a la palabra un tufillo a fisgoneo escabroso e intrusión en secretos de alcoba muy alejado del exótico brillo de misterio y peligro que él había pretendido conferirle.

Al observar la botella que blandía su anfitrión, Kimmie sintió un nudo en la garganta.

Calma, Kimmie, le susurraban las voces. No hay que perder el control.

– ¿Un gin-tonic? -le ofreció Aalbæk.

Ella hizo un gesto negativo.

– ¿No tendrás whisky?

Pareció sorprendido, pero no disgustado. Las mujeres que le daban al whisky no eran muy delicadas que digamos.

– Vaya, pues sí que tenías sed -exclamó al verla vaciar el vaso de un solo trago. Le sirvió otro y se puso uno él también, en un intento de seguirle el ritmo.

Cuando Kimmie hubo dado cuenta de otros tres seguidos él ya estaba fuera de juego y borracho.

Su invitada se interesó abiertamente por el caso que llevaba en esos momentos sin dejar de observar cómo se iba aproximando por el sofá a pesar de su torpeza etílica. La miró con una sonrisa embotada mientras sus dedos le iban subiendo por el muslo.

– Estoy buscando a una mujer que puede hacer mucho daño a muchas personas -contestó.

– Caramba, qué interesante. ¿Es una espía industrial, una call-girl o algo así? -preguntó ella al tiempo que ilustraba su embelesada admiración poniendo una mano sobre la de él y guiándola con decisión hacia la cara interna del muslo.

– Un poco de todo -contestó el detective mientras intentaba que separara las piernas un poquitín.

Al mirarle la boca, Kimmie supo que si intentaba besarla vomitaría.

– ¿Y quién es? -se interesó.

– Eso es secreto profesional, cielo; no puedo decírtelo.

¡La había llamado cielo! De nuevo el mismo malestar.

– Pero ¿quién te encarga ese tipo de trabajo?

Lo dejó avanzar un poco más. Su aliento alcoholizado le abrasaba el cuello.

– Gente que está en lo más alto del sistema -susurró él como si eso fuera a situarlo en un escalón más alto en la lista de aspirantes al apareamiento.

– ¿Qué, otro traguito? -preguntó Aalbæk mientras se abría camino con los dedos por su pubis.

Se echó un poco hacia atrás y la contempló con la mitad hinchada de la cara contraída en una sonrisa. Tenía un plan, era evidente. Quería hacerla beber y seguiría sirviéndole hasta tenerla bien lubricada y dispuesta.

Por él probablemente daría lo mismo que se quedara inconsciente. Se la traía floja que a ella le gustara o no. Esa no era la cuestión, estaba segura.

– Esta noche no podemos hacerlo -dijo de pronto; el detective enarcó las cejas e hizo un gesto contrariado con los labios-. Tengo la regla, pero lo dejamos para otro día, ¿vale?

Era mentira, claro, pero en el fondo deseaba que fuese cierto. Ya hacía once años de su última menstruación. Tan solo le quedaban las convulsiones, y no se trataba de un problema de origen físico. Le había costado años de rabia y sueños rotos.

Había sufrido un aborto y estuvo muy cerca de morir. Y se había quedado estéril. Eso era.

Si no, tal vez las cosas no hubieran llegado hasta ese punto.

Le pasó el índice con cuidado por la ceja partida sin lograr mitigar la rabia y la frustración que estaban ya en camino.

Adivinaba sus pensamientos. Se había traído a casa a la guarra que no tocaba, y no tenía intención de resignarse. ¿A qué coño iba a un club para solteros si estaba con el mes?

Cuando Kimmie advirtió cómo se le iban endureciendo las facciones, cogió el bolso, se levantó y se acercó a la ventana a contemplar el sombrío desierto de adosados y rascacielos lejanos. Casi no había luz, tan solo el frío resplandor de las farolas a cierta distancia.

– Has matado a Tine -dijo con calma mientras metía la mano en el bolso.

Lo oyó saltar del sofá como un resorte. En menos de un segundo lo tendría encima. Estaba algo confuso, pero el instinto cazador que llevaba dentro acababa de despertar.

Se volvió muy lentamente y sacó la pistola con el silenciador.

Él vio el arma cuando intentaba desembarazarse de la mesita del sofá y se quedó inmóvil, perplejo ante su propia conducta y lo que aquello suponía para su orgullo profesional. Tenía gracia. A Kimmie le encantaba esa mezcla de mudo asombro y miedo.

– Sí -dijo-, mal asunto. Te has traído el trabajo a casa sin saberlo.

Cabizbajo, estudió sus facciones. Era evidente que estaba añadiendo nuevas capas a la imagen que se había formado de una mujer devastada de la calle, que rebuscaba, confuso, en su memoria. ¿Cómo podía haber caído tan bajo? ¿Cómo era posible que se dejara engañar por el envoltorio y encontrase atractiva a una pordiosera?

Vamos, susurraron las voces. A por él, ¡es su lacayo y nada más! ¡Aprovecha!

– Si no fuera por ti, mi amiga estaría viva -afirmó con el alcohol abrasándole las entrañas. Miró hacia la botella. Dorada y medio llena. Otro traguito más, y las voces y el fuego se extinguirían.

– Yo no he matado a nadie -se defendió él paseando la mirada del dedo que Kimmie tenía en el gatillo al seguro de la pistola. Lo que fuera con tal de hacer que albergase dudas y creyera que había pasado algo por alto.

– ¿No te sientes como una rata arrinconada? -le preguntó. Era una pregunta intrascendente, pero el detective se negó a responder. Odiaba reconocerlo, ¿quién no?

Aalbæk había pegado a Tine. Aalbæk la había zarandeado hasta hacerla vulnerable. Aalbæk la había vuelto peligrosa para Kimmie. Sí, tal vez Kimmie fuera el arma, pero Aalbæk había sido la mano que la empuñaba. Por eso ahora tenía que pagar.

Él y los que daban las órdenes.

– Detrás de todo esto están Ditlev, Ulrik y Torsten, ya lo sé -dijo absorta ante la proximidad de la botella y su reparador contenido.

No lo hagas, susurró una de las voces. Pero no le hizo caso. Cuando alargó la mano hacia la botella, primero vio el cuerpo de Aalbæk como una vibración en el espacio y después un tembloroso montón de ropa y brazos y una lucha cuerpo a cuerpo.

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