La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Su madre la miraba. Parecía fría y contenida, y estaba desmejorada. Los años habían hecho estragos en ella, incluso vista desde aquella distancia.
Bryan se estremeció. No por el paso inmisericorde del tiempo, ni tampoco por los sufrimientos y las decepciones que escondían los ojos de aquella mujer, sino por el hombre que estaba detrás de ella, con las manos posadas pesadamente sobre sus hombros. Era el hombre cuyo rostro Mariann Devers había rayado en la otra fotografía.
– ¿Su marido?
Mariann se dio cuenta de que la mano de Bryan temblaba cuando señaló al hombre en la foto.
– Su marido y su torturador. ¿Verdad que se le nota a ella? No era feliz con aquel hombre.
– ¿Y su marido sigue con vida?
– ¿Si está vivo? No hay manera de acabar con él. Sí, vive. Como nunca, podría incluso decirse. Es un hombre célebre en la ciudad; esposa nueva, dinero en el banco… ¡Cantidades ingentes, joder!
El pinchazo en el pecho llegó furtivamente. Bryan tragó saliva un par de veces y se olvidó de respirar.
– ¿Puedo pedirle un vaso de agua?
– ¿Se encuentra mal?
– ¡No, no! ¡No me pasa nada!
Aunque Bryan todavía estaba pálido, rechazó la oferta amable de Mariann de quedarse un rato más. Necesitaba aire fresco.
– Y su padrastro, señorita Devers…
Lo ayudó a ponerse el abrigo, pero se detuvo interrumpiendo las palabras de Bryan.. -Le ruego que no lo llame así.
– ¿Tomó el nombre de su esposa, o usted simplemente mantuvo el nombre de soltera de su madre?
– Sencillamente, mi madre mantuvo su propio apellido, y él, el suyo, así de fácil. Se llama lo que siempre se ha llamado. ¡Hans Schmidt! ¿A que es original? Herr Director Hans Schmidt, que es como le gusta que lo llamen.
Realmente original. Bryan se sorprendió por el anonimato del nombre. «No resulta normal en un hombre como él», pensó. Tal vez a Mariann le extrañó que le pidiera la dirección, pero se la dio.
La casa no era enorme, aunque de un nivel que exigía un buen criterio al que la viera. No había obviado ni un solo detalle, pero tampoco había realzado ninguno. Una belleza dentro de las exigencias de una arquitectura discreta. Unos materiales que revelaban un gusto exquisito, sentido de la calidad y recursos económicos. Un palacete que se confundía entre los demás, en una calle menor de palacetes. Una pequeña placa de latón anunciaba al propietario de la casa. «Hans Schmidt», rezaba. «¡Mentiroso!», pensó Bryan, a la vez que le venían ganas de rayar las letras grabadas de la placa. Se estremeció al pensar que aquel hombre, cuya vida estaba enmarcada en aquella placa, se había apoderado de su amor platónico de la juventud, la bella Gisela Devers, y había destrozado su vida.
Todavía había una luz encendida en el primer piso, en la esquina oriental de la casa. Una sombra se dibujaba a través de la cortina, con tanta sutileza, que podría haberse tratado de la impresión momentánea de una brisa capturada por la tela. Pero también podía ser la silueta del torturador de Gisela Devers. La silueta del pasado, el caudillo de la realidad. El cerdo y hombre de negocios Hans Schmidt, alias el cerdo Obersturmbannführer Wilfried Kröner, el hombre del rostro picado.
A la mañana siguiente, la actividad en aquel barrio no tardó en calmarse. Desde los primeros rayos de luz del día, Bryan había estado observando a los hombres de negocios que marchaban por la calle y se introducían en sus BMW y sus Mercedes. Bryan conocía de sobra aquel espectáculo. Sólo dos detalles importantes separaban aquella escena de la inglesa: las marcas de los coches y las esposas. En Inglaterra, las mujeres también se despedían de sus maridos, pero, en Canterbury, una mujer de clase alta preferiría perder su estupenda caja fuerte antes que mostrarse de la misma guisa que las mujeres de Friburgo. Laureen siempre iba vestida impecablemente cuando cruzaba el umbral de la puerta. Aquí, la escena era la misma en todas y cada una de las puertas principales; sin perjuicio del tamaño de la casa y del precio del traje del marido, todas las mujeres aparecían en la puerta enfundadas en una bata y con rulos en el pelo.
Sin embargo, en la casa de Kröner no pasó nada.
Bryan no dejaba de pensar en que debería haber estado mejor preparado. Tal vez incluso armado. El enfrentamiento con el esbirro más astuto del pasado volvía a invocar toda la agresividad acumulada de la juventud. Todos los abusos de Kröner volvieron a aparecer nítidamente en su retina. El rostro contraído de la venganza le susurraba palabras como armas, violencia y venganza y más venganza. Y en otro lugar de su mente fueron tomando forma otras imágenes: destellos de James, momentos de esperanza, tensiones que exhortaban a la prudencia.
Finalmente, hacia las diez de la mañana, ocurrió algo detrás de las sombras de las marquesinas. Una señora de edad avanzada salió al jardín y empezó a sacudir una manta.
Bryan salió de su escondite y se fue directamente hacia ella.
La mujer pareció asustarse cuando Bryan se dirigió a ella en inglés. Sacudió la cabeza y quiso irse apresuradamente. Bryan se desabrochó el abrigo y se abanicó el rostro con la mano sin dejar de sonreír. El sol ya había empezado a calentar, hacía demasiado calor para llevar aquel abrigo. Al menos eso sí que lo entendió. La mujer volvió a mirarlo y sacudió la cabeza de nuevo, esta vez, de una manera conciliadora.
– I speak no English, ¡eider nicht!
La mujer volvió a sacudir la cabeza. Un repentino arrebato
se apoderó de ella y empezó a soltar un chorro de vocablos alemanes e ingleses. No estaban en casa, ni la señora ni el señor, eso fue lo que pudo entender Bryan. Pero volverían. ¡Más tarde!
¡Tal vez ese mismo día!
CAPÍTULO 33
Aquella misma mañana, Bridget había estado imposible.
– Estás menopáusica, querida -intentó decirle Laureen con la mayor delicadeza posible, para que su cuñada se avéngase a afrontar la realidad.
Ella tenía otras cosas en que pensar.
Los días en Canterbury, sin Bryan, habían sido críticos. No porque su ausencia, en sí, fuera insufrible; el hogar era su dominio y nada que le supusiera un esfuerzo desmesurado. Era Bridget la que tornaba la ausencia palpable. Bryan sólo tenía que mirar a la esposa de su cuñado una única vez y la cuñada se replegaba, adoptando una actitud recatada. Pero sin ese freno la esposa del hermano mayor de Laureen se volvía sencillamente insoportable.
– ¡Tu miserable hermano es un pusilánime! -era capaz de decir inopinadamente, golpeando el borde del plato con el tenedor. Mientras Bridget estuviera de visita, Laureen sólo permitiría que se utilizara el servicio corriente.
– ¡Tranquilízate!
Laureen no solía tener tiempo de añadir nada más, pues la cuñada siempre acababa rompiendo a llorar, sudaba, se le hinchaba la cara y no paraba de hablar. De todos modos, era difícil que sus lamentos por la infidelidad del marido y el malestar por los cambios que experimentaba su cuerpo no hicieran mella en Laureen.
– ¡Ya verás, ya! -lloraba-. También puede pasarte a ti algún día.
Laureen asintió sin darle demasiada importancia a sus palabras.
Bryan y Laureen no eran tan exóticos, ambos lo sabían. Las ansias porque se obrara un cambio en sus vidas no formaban parte del día a día.
Sin embargo, la intuición le decía que algo iba mal.
A lo largo de los años, Laureen había aprendido que el primer paso que había que dar en cualquier proyecto de negocio era la recopilación de información sobre el mercado, la competencia, posibles socios, costes y necesidades. Ése también era el caso del asunto privado que ella y Bryan compartían.