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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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El hippy se llevó la larga cabellera a la espalda al menos veinte veces mientras negociaron. El precio era razonable, pero el hombre siguió insistiendo en aquel regateo inútil. Cuando hubo durado bastante, Bryan arrojó el dinero sobre la mesa y pidió los papeles del coche. Ya se encargaría de las formalidades más adelante, si es que se quedaba el coche.

Y si no lo hacía, lo aparcaría donde estaba ahora, con las llaves puestas y el contrato que habían garabateado velozmente en la guantera. Así, el muchacho podía recuperarlo si se daba el caso.

Bryan aparcó su nueva adquisición anónima delante de la casa de Kröner exactamente a las trece horas, momento en el que la mayoría de los vecinos, sin duda, estaban ingiriendo el almuerzo. Esta vez apenas transcurrieron cinco minutos hasta que Kröner apareció en la puerta. Parecía estar de un humor sombrío y reconcentrado. El segundo acto de la jornada laboral se estaba gestando.

Durante las horas que siguieron, Bryan logró hacerse una idea bastante precisa de las actividades de Kröner: seis paradas en diferentes direcciones, todas ellas, en los mejores barrios de la ciudad. Cada vez que salía, Kröner llevaba un montón menor de correo en la mano. Pronto, Bryan se supo el procedimiento de memoria.

También él tenía muchas empresas que visitar.

Kröner se movía libre y despreocupadamente. Hizo la compra en un supermercado, fue al banco Sparda y a la estafeta y detuvo el coche unas cuantas veces, con la ventanilla bajada, para saludar a algún que otro transeúnte.

Aparentemente, conocía a todos los habitantes de la ciudad, y todos lo conocían a él.

En uno de los barrios de las afueras, el hombre del rostro picado se detuvo delante de una villa cubierta de vid y se recolocó el traje, antes de desaparecer en el interior de la casa con un ritmo cadencioso, lo que distinguió esta visita de las anteriores. A pesar de las protestas del Volkswagen, Bryan puso la marcha atrás con un ruido estridente y pasó por delante de la entrada de la villa, flanqueada de columnas.

Apenas se dejaban leer las retorcidas letras góticas, casi borradas por las inclemencias climáticas y el paso del tiempo, del rótulo de esmalte craquelado. Pero, desde luego, no era vulgar. «Kuranstalt St. Úrsula des Landgebietes Freiburg im Breisgau», rezaba.

Las ideas que Bryan se hizo mientras esperaba al hombre del rostro picado de viruela delante de la riqueza monumental, aunque algo descompuesta, de aquel mausoleo compacto fueron más bien caóticas.

Existían innumerables razones para que Kröner visitara un balneario. Podía estar ingresado algún conocido suyo. Podía estar enfermo, aunque no lo parecía. Su visita podía tener una finalidad de carácter institucional. Pero, por otro lado, también cabía la posibilidad de que hubiera otras razones menos obvias.

Bryan apenas osaba pensar en ellas. Al otro lado de la calle, un par de bojes plantados en unas enormes vasijas flanqueaban una puerta de ornamentos de latón. Una cosa intermedia entre una tasca y un restaurante elegante apareció ante sus ojos. La vista que le ofrecía de la clínica era razonable. Salvo en la esquina, donde estaban los teléfonos públicos.

La primera llamada de Bryan le asombró. Aunque Laureen no estuviera en casa para coger el teléfono, debería poder dejarle un recado a la asistenta, la señora Armstrong. Y si ella tampoco estaba en casa, ¿Por qué no podía, al menos, dejar un mensaje en el contestador automático? Bryan maldijo a su esposa. Era Laureen la que había insistido en comprar aquella maravilla de la ciencia, que había instalado, con muy poco sentido de la piedad, en una reliquia familiar que ella denominaba en un tono burlón como «el pedazo de nogal más caro que jamás haya habido en tierras inglesas». Si realmente opinaba que tenía que estar allí, ¿por qué diablos no usaba aquel aparatejo? «¡Dios me libre de tantas tonterías!», pensó y volvió a llamar. Laureen podía ser muy caprichosa si no encontraba que no estaban totalmente bien el uno con el otro. ¡A lo mejor se había ido a Cardiff con Bridget!

La tercera llamada ya fue más satisfactoria. Keith Welles estaba en su puesto, tal como habían acordado. Había esperado la llamada de Bryan pacientemente.

– No creo que sea nada del otro mundo -empezó su relato-. ¡Pero, de hecho, hay un Gerhart Peuckert en una residencia de Haguenau!

– ¡Dios mío, Keith! ¿Dónde está Haguenau?

Bryan no paraba de dar golpecitos al estante de la cabina. Otro cliente del establecimiento se había puesto a la cola y lo miraba con creciente impaciencia. Bryan se dio la vuelta y sacudió la cabeza. No tenía ni la más mínima intención de cederle el teléfono a nadie.

– Sí, éste es precisamente el problema -prosiguió Welles, ligeramente reacio-. Haguenau se encuentra a escasas veinte o veinticinco millas de Baden-Baden, donde estoy yo ahora mismo. Pero…

– ¡Pues acércate ahí!

– Sí, pero verás, el problema es que Haguenau está en Francia.

– ¿En Francia?

Bryan intentó llegar a una explicación lógica. No resultaba fácil.

– ¿Has hablado con el director?

– No he hablado con nadie. Es viernes, ¿sabes? ¡No hay nadie con quien hablar!

– Entonces acércate con el coche. ¡Pero antes tendrás que hacerme un favor!

– Si está en mis manos, sí. Todavía estamos a viernes.

– Tienes que llamar al Kuranstalt Santa Úrsula de Friburgo.

– Pero si ya lo hice hace semanas. Fue uno de los primeros hospitales privados a los que llamé.

– Sí, y sin resultado, me imagino. Pero necesito una presentación para que me dejen visitar el sanatorio. He visto a uno de los hombres que buscamos entrar allí.

– ¡Dios mío! ¿A quién?

– Kröner. Es al que suelo llamar el hombre del rostro picado de viruela.

– ¡Increíble! ¿Dices que has visto a Wilfried Kröner? -Welles hizo una pequeña pausa y luego prosiguió-: Quería preguntarte si te parece bien que deje la investigación el próximo lunes. Me gustaría estar con mi familia un par de días antes de empezar en Bonn.

– Entonces tendremos que darnos prisa, Keith. Presiento que estamos a punto de descubrir algo importante. Hazme el favor de llamar al Santa Úrsula y diles que tienes a un representante en la ciudad y que te gustaría que pudiera visitar la residencia. Diles que trae un regalo.

Bryan mantuvo el auricular pegado a la oreja mientras descansaba la mano en la horquilla del teléfono. La cola se había ido aligerando a sus espaldas. Un hombre, que hasta entonces se había mostrado paciente, envió una mirada fulminante a Bryan cuando el teléfono volvió a sonar, apenas cinco minutos más tarde. Keith Welles lo sentía mucho, no deseaban la visita de ningún representante en la clínica Santa Úrsula. No podían autorizarla con tan poco tiempo de preaviso. Además, no acostumbraban recibir visitas los fines de semana. También los administradores de los hospitales tenían derecho a los fines de semana, le había dicho la directora en un tono admonitorio.

Éste había sido su punto final profesional.

Bryan se sentía frustrado. Las ideas que se había formado acerca de la visita de Kröner a aquella mansión majestuosa se amontonaban. No escatimaría ningún esfuerzo para entrar, pero mientras la investigación primitiva que estaban llevando a cabo Keith Welles y él no hubiera terminado, prefería ser discreto. Los escasos pasos que Kröner había dado hacia el Jaguar, un par de horas antes, todavía permanecían en su mente como una experiencia muy desagradable. No quería acercarse más a su antiguo torturador. ¡Todavía no!

Los clientes habituales del establecimiento ya habían empezado a echar mano del fin de semana. Parecían pertenecer a los círculos más selectos y volvían del trabajo, probablemente de las calles más elegantes de los alrededores. A través de los cristales tintados, Bryan había podido vigilar la entrada del edificio. Kröner aún no lo había abandonado. Escasamente una hora después de la última conversación telefónica mantenida con Welles, Bryan llamó al sanatorio. Se apretujó en el rincón más profundo de la cabina, cubrió el auricular con la mano e inspiró. Resultaba difícil ahogar el ruido que le llegaba de la taberna. Echó un vistazo a su reloj. Eran las cuatro y media.

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