La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Entonces seguía allí, aquel edificio ferroviario.
La distancia entre el vagón de mercancías y el muro de ladrillos grandes y anchos era de apenas cuatro metros. A Bryan, entonces, le había parecido el doble. Allí había estado antes, echado en una camilla. Cerró los ojos y recordó la silueta de James oculta detrás de un puntal enfangado, a escasos metros de él. ¿Qué había sido de los hombres inánimes que habían ocupado las demás camillas? ¿Ya estaban muertos y enterrados o simplemente se los había tragado la tierra de nadie, del olvido, y estaban en sus casas, junto a sus seres queridos?
Las colinas lejanas eran de un color verde marchito y suave, espaciosas y estratificadas, como decorados de un teatro de marionetas. Una aguja oxidada apuntaba hacia ellas. La silueta de un obrero ferroviario de tiempos pasados que era ahuyentado con una barra de hierro surgió de entre los recuerdos. También tos soldados con las máscaras de gas colgando del cuello, los muchachos alegres y despreocupados que volvían a casa de permiso salieron del laberinto caprichoso del recuerdo. Los viejos vagones de mercancías, la perpetuidad del viejo edificio, los colores y el silencio, igual que entonces, cuando la nieve cubría el andén, aquel paisaje se convirtió en el marco perfecto de la parte menos accesible del alma de Bryan.
Bryan se desplomó y empezó a llorar.
Durante el resto del día dejó que el portero del hotel Roseneck se ocupara de él. Una cafetería cercana le proporcionó unos sandwiches indefinibles de jamón y lechuga mustia. El hotel no tenía restaurante. A pesar de las copiosas propinas, la sonrisa del portero seguía siendo agria. Tampoco aquella noche llamó a casa. Bryan no tenía apetito, ni sentía deseos de nada. Todo se limitaba a conseguir reunir las fuerzas suficientes para levantarse de la cama al día siguiente.
Y llegó la mañana. Fueron muchos los niños que siguieron el Jaguar con la vista cuando Bryan dejó atrás Waldkirch para adentrarse en las montañas de la Selva Negra, donde se erguía el Hünersedel. Si hubiera tomado la carretera que bordeaba el macizo por el oeste, probablemente se habría perdido en detalles que podían distraerle de su cometido. En otras palabras, seguramente se habría perdido. Y el objetivo era, por encima de todo, encontrar el lugar en el que había estado situado el lazareto. La experiencia le decía que la mejor manera de llegar hasta allí era atacando desde arriba, donde la meseta de Ortoschwanden sin duda le ofrecería una vista sobre toda la zona.
Los macizos y la vegetación eran infinitos, incluso vistos desde un coche en marcha. Un sinfín de senderos y arroyos acentuaban la inutilidad de buscar sin ton ni son. Bryan buscaba un punto de referencia.
Kaiserstuhl, la viña que se erguía en medio de la región vinícola, fértil y extraña, era su punto de mira. Y el mismo ángulo desde el que se le había aparecido la montaña durante el viaje bajo la lona ondeante del camión tendría que ser su eje de rotación.
Tardó mucho en encontrarlo, y aún más en llegar. También fue así entonces. Habían hecho un rodeo para evitar testigos. Sin embargo, Bryan encontró el lugar. Y no era de extrañar que, entonces, la lona se hubiera desprendido precisamente allí. Una brisa, siempre al acecho, templada y húmeda que emanaba humus y ozono se levantó entre los valles, haciendo que el vello de sus sienes vibrara. Allí estaba de nuevo Kaiserstuhl, y, a unos cientos de metros, la corriente de los angostos canales de drenaje cortaba el paisaje y creaba profundos surcos.
Al sur corría una carretera secundaria en dirección noroeste, atravesando las colinas. Al otro lado sólo se divisaban unos bosques frondosos. A lo largo del camino se extendían las zanjas y, detrás de éstas, fluían los arroyuelos por los que había huido.
Era una vista majestuosa, grande y bella. Y era la que había esperado encontrar.
Después de una larga caminata por los senderos, el bosque se cerró. Bryan miró a su alrededor intentando recordar el terreno. No había rastro de lo que buscaba. Los árboles de las espesuras que acababa de atravesar eran demasiado jóvenes. Ni una señal, ni un solo vestigio que pudiera indicar que allí se había desarrollado una gran actividad y que antaño se habían alzado unos edificios imponentes en el lugar. La maleza era densa. Sólo unas andadas dejaban entrever que había otra vida aparte de la botánica. Bryan se subió los calcetines por encima de los pantalones y se adentró dando tumbos entre los matorrales con la cabeza por delante. En medio de un claro aparecieron unos cuantos abetos viejos de gran altura. Y justo delante de donde se encontraba, a menos de diez metros de distancia, surgió el peñasco despuntando unos metros de la tierra. Bryan se puso en cuclillas y echó un vistazo a su alrededor.
Todo había desaparecido y, sin embargo, era allí donde todo había tenido lugar. La cocina, el edificio del personal sanitario, la guarnición de los guardias de seguridad, las cinco secciones distribuidas por varias plantas, la capilla, el gimnasio, los garajes, el poste de las ejecuciones.
Y ya no quedaba nada.
Mientras Bryan bajaba con el coche, fueron apareciendo las aldeas con sus respectivos nombres. Redujo la velocidad en los últimos kilómetros antes de llegar al pantano. Durante unos momentos que se hicieron interminables volvió a notar el frío en los pies, recordó el estruendo de los cañones y el miedo. Y de pronto lo tuvo delante: la última selva de Europa, Taubergiessen. Los matorrales entre los que estuvo a punto de perder la vida. Y los desfiladeros, el barro, el banco de arena en medio del río, la maleza en la otra orilla… Todo seguía allí. Salvo los estallidos, los muertos, el hombre de la cara ancha y el flaco.
Todo aquello había desaparecido hacía ya mucho tiempo.
Incluso habían desaparecido las distancias, habían mermado. Sin embargo, la atmósfera seguía intacta, a pesar de las parras rebosantes de uvas y los pájaros que arrastraban el suave otoño sobre el terreno.
Allí había asesinado a un hombre, no cabía la menor duda de ello.
Atravesó la ciudad envuelto en una extraña neblina. Los sucesos de la mañana deberían haber satisfecho una necesidad reprimida durante años. Con la decisión brusca que había tomado de viajar a Friburgo había surgido una repentina profusión de ilusiones y la esperanza de que, por fin, encontraría la paz espiritual. Bryan se enfrentó a los hechos. No era tan fácil; el pasado seguía ahí, y las imágenes jamás desaparecerían, aunque se habían perturbado y desfigurado con el paso del tiempo. Iba a resultar difícil seguir adelante desde allí.
Apenas había gente en las calles de Friburgo. En la estafeta, todo el mundo se comportaba de una manera extraña. La señora que le indicó la cabina telefónica parecía incluso atormentada. Las miradas de algunos de los clientes que esperaban frente al mostrador estaban vacías. Bryan dejó que sonara el teléfono varias veces; Laureen solía tardar un rato en abandonar el crucigrama cuando sonaba el teléfono.
– ¿Sí? -fue su respuesta escueta cuando finalmente lo cogió.
– ¿Laureen? ¿Eres tú?
– ¡Bryan!
La ira se dejó notar ya en aquella primera exclamación.
– ¿Por qué demonios no has llamado antes? ¡Deberías comprender lo nerviosa que he estado!
Hacía años que no maldecía.
– No he podido llamarte, Laureen.
– ¿Te ha pasado algo, Bryan? ¿Te has metido en algún lío?
– ¿Qué quieres decir? ¿En qué lío quieres que me haya metido? ¡Tan sólo he estado muy ocupado. Laureen!
– ¿Dónde estás, Bryan? -La pregunta fue contundente y precisa-. No estás en Munich, ¿verdad?
– Ahora mismo, no. Fui a Friburgo ayer.
– ¿Negocios?
– Es posible, sí.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea. Sin embargo, Bryan no tuvo tiempo de calibrar las consecuencias de su mentira.
– ¿Cómo es posible que no sepas por qué he estado tan intranquila? -La voz era suave, Laureen intentaba controlarse-. Aparece en todos los diarios. ¡Todo el mundo lo sabe! Ni siquiera hace falta que abras uno, Bryan. ¡Ocupa todos los titulares del mundo entero!