La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
La directora del Kuranstalt St. Úrsula se sorprendió cuando Bryan se presentó en inglés.
– No entiendo, Frau Rehmann -prosiguió Bryan y estrujó el auricular al negarse ella a hablar con él-. Me dice que acaba de hablar con mi director, pero debe de tratarse de un error. Debe de haber sido otra persona.
Por su silencio, Bryan advirtió que había despertado su interés.
– Verá, la llamo de la Facultad de Medicina de Oxford, en la que soy decano. Mi nombre es John MacReedy. La llamo de parte de un equipo de investigación formado por jefes de psiquiatría que ahora mismo asiste a una conferencia en Baden-Baden. Mañana irán de excursión a Friburgo y uno de nuestros participantes en la conferencia, el señor Bryan Underwood Scott, me ha pedido que averigüe si es posible que les haga una visita mañana, a poder ser por la mañana. ¡Y muy corta, naturalmente!
– ¿Mañana?
La pregunta y el tono brusco distrajo a Bryan del papel que estaba representando. Tuvo que esperar un momento hasta poder retomar el tono afectado de MacReedy. Un par de clientes nuevos abrieron la puerta del establecimiento de par en par, dando muestras más que sonoras de las expectativas que tenían con respecto al lugar. Bryan confío en que la mano que tapaba el auricular fuera suficiente para amortiguar el ruido de fondo. Sin duda, Frau Rehmann encontraría extraño que se hablara alemán con tanta naturalidad en la célebre ciudad de Oxford.
– Sí, ya sé que es inaceptable pedirle algo así con tan poco tiempo, Frau Rehmann -prosiguió Bryan-, pero la culpa es mía enteramente. El señor Underwood Scott me pidió hace ya varias semanas que le expusiera su deseo de visitar la clínica. Pero con las prisas olvidé hacerlo. A lo mejor usted podría ayudarme a salir de este aprieto…
– Lo siento mucho, señor MacReedy. ¡Pero no puedo ayudarlo! Además, es del todo impensable que aceptemos recibir visitas en sábado. Como podrá entender, nosotros también necesitamos descansar de vez en cuando.
La respuesta era definitivamente que no. Algunos de los últimos clientes del establecimiento en llegar apartaron momentáneamente la vista de los abrigos que estaban colgando y la dirigieron a Bryan que, irritado, había colgado el teléfono con rabia y no paraba de maldecir desde la esquina, dispuesto al combate pero despojado de toda arma que pudiera esgrimir.
Por tanto, tendría que meterse en las fauces del león al descubierto y ver qué resultado le daba aquello. Mañana mismo se dirigiría a la clínica y se presentaría como el Bryan Underwood Scott que el señor MacReedy había recomendado encarecidamente. Ahora sólo cabía esperar que la directora estuviera en su domicilio que, de acuerdo con el plano, debía de encontrarse en el ala izquierda de la casona.
Hacía rato que había anochecido. Los árboles de la avenida situada frente al sanatorio ya habían empezado a agitarse en la brisa vespertina cuando apareció la silueta de Kröner a la luz de la lámpara de hierro forjado de la entrada principal.
Estuvo bromeando un rato con una mujer que apareció en el vano de la puerta y luego cogió a una persona encorvada del brazo y se la llevó tranquilamente por el camino que conducía a la calle. Bryan reculó, escondiéndose detrás de uno de los olmos de la avenida y notó cómo los latidos de su corazón se aceleraban y las aletas de su nariz empezaban a vibrar.
Los dos hombres pasaron muy cerca de donde se encontraba Bryan. La solicitud con la que Kröner trataba al hombre era casi conmovedora. Tal vez se trataba de un familiar, pero seguramente no era su padre; no era lo suficientemente mayor para eso, aunque su edad resultaba indefinible por la complexión delicada, el rostro surcado y la barba casi blanca.
El anciano no decía nada; parecía enfermo y cansado. Bryan creyó adivinar que estaba a punto de perder el ánimo. Ese anciano era, pues, la razón de la visita de Kröner, y ahora se disponía a acompañarlo a casa para pasar el fin de semana.
Sin embargo, para el asombro de Bryan, los dos hombres dejaron atrás el coche de Kröner y prosiguieron el paseo bajo las copas susurrantes de los árboles, en dirección a la calle principal que conformaban Basler Landstrasse y Tiengener Strasse.
Los dos hombres estuvieron hablando un rato en voz baja delante de la parada del tranvía. Un grupo de jóvenes, bulliciosos por la expectativa de la primera fiesta del fin de semana, se colocaron a su lado y empezaron a darse empujoncitos y a reírse, hasta que sus risas retumbaron en los muros de las casas. Bryan cruzó la calle y se acercó a la parada, al amparo de las bufonadas de los jóvenes. Apenas un par de metros lo separaban de Kröner y del anciano. Seguían hablando en voz baja, pero la voz del anciano era ronca, y por cada dos palabras que pronunciaba se veía obligado a carraspear, sin que por ello sus carraspeos parecieran surtir efecto.
Entonces llegó el tranvía.
Sin darse la vuelta hacia su acompañante, Kröner desapareció por el mismo camino por el que acababan de venir. Bryan titubeó un instante, miró primero al hombre de la cara picada y luego al anciano, y finalmente se decidió por seguir al viejo. El hombre encorvado echó un vistazo a su alrededor tranquilamente y finalmente divisó un asiento libre en el fondo del vagón, al lado de un joven de tez morena.
El anciano se posicionó al lado del asiento, sin hacer ademán de sentarse. Antes de que hubieran llegado a la siguiente parada, el anciano se había encarado al joven. Mientras se miraban fijamente, el semblante del joven cambió imperceptiblemente. De pronto, sin preaviso, el joven se puso en pie y se apresuró al fondo del tranvía, sin tocar al anciano, deteniéndose finalmente cerca de la puerta trasera, respirando con dificultad.
Siguiendo el cabeceo del vagón, el anciano dio un paso adelante y se sentó pesadamente en el asiento doble. Carraspeó un par de veces y miró por la ventana.
Tuvieron que cambiar de tranvía una vez, hasta llegar al centro de la ciudad, donde finalmente se apeó el anciano, siguiendo su camino a paso lento por la calle comercial iluminada por los escaparates de las tiendas.
Después de tomarse un respiro delante del surtido tentador de una pastelería, el anciano hizo una pequeña escapada que permitió a Bryan consultar con el sentido común. Podía elegir entre reanudar la guardia delante de la casa de Kröner o seguir al anciano. Echó un vistazo a la hora. Todavía faltaban tres cuartos de hora para la llamada de Keith Welles, que debía informarle sobre su visita a Haguenau. Desde donde estaba hasta el hotel había apenas diez minutos a pie.
Cuando el anciano abandonó la tienda con una sonrisa de satisfacción, Bryan lo siguió.
La bolsita de papel se columpiaba de la débil muñeca del anciano hasta llegar a Holzmarkt. Se detuvo un instante en medio de aquella plaza elegante para intercambiar unas palabras con unos paseantes, hasta que finalmente carraspeó y se dejó tragar por un edificio desconchado pero bello, situado en una de las calles laterales, Luisenstrasse.
Bryan esperó casi diez minutos hasta que se encendió una luz en la segunda planta. Una señora mayor se acercó a la ventana y corrió las cortinas. Sus movimientos fueron lentos y fatigados por culpa de las enormes macetas que cubrían el ventanal y probablemente no sirvieron de gran cosa. Por lo que Bryan pudo observar, sólo había un piso por planta en aquel edificio macizo; debían de ser enormes. El resto del edificio estaba a oscuras. En ¡a estancia, iluminada por una araña solitaria que desprendía una luz fría y que a Bryan le recordaba un comedor antiguo, apareció un anciano con barba que cogió a la mujer suavemente del hombro.
Bryan echó un vistazo al letrero grueso y estrecho de latón que colgaba entre el marco tallado de la puerta y el interfono moderno. Delante de la segunda planta sólo ponía «Hermann Müller Invest».