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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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– ¿Su madre vivía en esta ciudad? ¿Sabe?, siempre tuve el presentimiento de que así era. Nunca salió de aquí, por lo que tengo entendido.

– No, pero muchos se mudaron después de la guerra. ¡Tuvieron que hacerlo!

– ¿Tuvieron que hacerlo? ¿Qué quiere decir con eso, señorita Devers?

– Los juicios, las confiscaciones. La familia de mi madre lo perdió todo. ¡De eso se ocuparon sus compatriotas!

El tono empleado no escondía ningún tipo de rencor, pero, aun así, dio en el blanco.

– ¿Cómo salió adelante, entonces? ¿Tenía algún tipo de formación?

– Los primeros años no salió adelante en absoluto. De todos modos, nunca habló de estos temas conmigo. No sé dónde vivía, ni de qué. Yo estuve en casa del primo de mi madre, en Bad Godesberg. Tenía casi siete años cuando vino a por mí.

– ¡Y entonces encontró un trabajo en Friburgo!

– No, entonces encontró un marido.

Aunque el golpe en la mesa con el que Mariann acompañó la palabra «marido» fue insignificante, e) efecto, no obstante, fue significativo. Era evidente que Mariann Devers habría buscado otra solución, de haberse encontrado en una situación similar. Su sonrisa detrás de los mechones ondeantes de su abundante flaquillo fue avinagrada.

– ¿Se casó en Friburgo?

– Sí, eso hizo, la muy desgraciada. Aquí se casó y aquí, en Friburgo, fue donde murió, después de soportar una vida miserable, si quiere saber mi opinión; después de una vida desgraciada, repleta de decepciones y de malos tratos psíquicos. Se casó con aquel hombre por su dinero y su posición y, por tanto, no merecía nada mejor. Después de la guerra, su familia perdió toda su fortuna. Ella no pudo soportarlo, pero es cierto que él fue muy cruel con ella.

– ¿Y con usted?

– ¡Que le den por saco a él!

La impetuosidad de Mariann sorprendió a Bryan.

– ¡A mí nunca me puso la mano encima! ¡Pobre de é! si lo hubiera intentado!

El álbum de fotos era de color marrón, y las tapas, rígidas y ajadas. Estaba lleno de fotografías de paisajes en las que una jovencita, más o menos de la edad de la hija de Bryan, no dejaba de dar saltitos y de posar ante la cámara haciéndole guiños al fotógrafo, medio oculta detrás de los troncos de los árboles y, de vez en cuando, repantigada entre la hierba transparente de un prado. Eran fotografías de los veranos más felices de la vida de Gisela Devers, según le había contado a su hija.

También en las últimas páginas, la muchacha daba muestras de su despreocupación juvenil. Mariann Devers señaló a su padre con orgullo apenas disimulado. Era un hombre atractivo de uniforme al que Gisela Devers se pegaba con una complicidad envidiable. De eso hacía mucho tiempo.

– Usted se parece tanto a su madre como a su padre, ¿lo sabe, señorita Devers?

– Sí, lo sé, señor Scott. Y también sé que mañana tengo que levantarme temprano. No quisiera ser maleducada, pero creo que ya ha visto lo que quería ver, ¿no es así?

– Perdóneme, señorita Devers, siento mucho si le he impedido irse a la cama. Sí, me temo que así es. Y, sin embargo, ¿no tendría una foto de su madre más reciente? Entenderá que me he preguntado más de una vez cuál sería su aspecto actual.

La joven se encogió de hombros y se arrodilló delante del camastro. El polvo acumulado en la cesta que sacó de debajo de la cama evidenciaba que Mariann Devers había pasado mucho tiempo dedicada a otros quehaceres que a barrer el polvo de debajo de la cama. Apareció un montón de fotos desordenadas que lo transportaron a través de las últimas décadas de la vida de las dos mujeres. Otros peinados, otras actitudes y otras ropas; cambios bruscos y marcados.

– Aquí la tenemos -dijo Mariann tendiéndole una foto de una mujer marchita.

Era una mujer del montón. Mariann Devers miró por encima de su hombro. Probablemente llevara años sin verla, sin duda no había encontrado ninguna razón para hacerlo. El rostro de Gisela Devers estaba muy cerca del objetivo de la cámara. Sus rasgos estaban fuera de foco, la foto había sido tomada en un momento de jugueteo. Con los brazos extendidos, le decía algo al fotógrafo. Todos los que la rodeaban sonreían, salvo una niña que se había escurrido entre las piernas de los adultos y estaba tendida en la hierba, mirando a su madre desde atrás. Mariann Devers había sido una niña preciosa. De pie, sobre ella, había un hombre con los brazos cruzados. Era el único que miraba hacia otro lado. Parecía no estar interesado en los demás; incluso la niña que tenía atrapada entre las piernas parecía serle indiferente. Era un hombre atractivo a primera vista, cuyo porte denotaba una buena posición social y una enorme seguridad en sí mismo. Unas rayas que atravesaban su rostro lo hacían borroso. Y, sin embargo, a Bryan le sobrevino una oleada de malestar. No porque pensara en la niña que había intentado vengarse de su padrastro borrándolo del retrato de familia; era otra cosa, algo • cercano a él, algo conocido.

Mariann se disculpó, asegurando que no tenía una foto mejor que la que Bryan tenía en las manos. Era todo cuanto había conseguido sacarle al marido de su madre cuando la madre por fin encontró la paz.

– Pero su padrastro era un hombre conocido en la ciudad, ¿no es así?

La muchacha asintió sin mostrar demasiado interés.

– Entonces, a lo mejor existan fotos oficiales tomadas en distintas ocasiones, ¿no cree? ¡Apenas reconozco a su madre en ésta!

– ¡Se tomaron millones de fotos oficiales, millones! Pero mi madre nunca salía en ellas. Él se avergonzaba de ella, ¿comprende? Era una borracha.

Mariann Devers se sentó en el apoyabrazos, al lado de Bryan, y cerró la boca. Su jersey estaba agujereado en las axilas. Bryan volvió a notar un desasosiego inexplicable que lentamente se fue apoderando de él. La atmósfera se había vuelto sórdida. La culpa era de la foto que acababa de ver.

Y, además, tenía mala conciencia por haberle impuesto su presencia a la hija de Gisela Devers. Su anfitriona se acomodó el chaleco y se enderezó en la silla.

– ¿Estuvo enamorado de mi madre? -preguntó de pronto.

– Es posible.

La joven sentada a su lado se mordió el labio. Bryan tuvo que hacerse la misma pregunta una vez más.

– No lo sé -dijo un rato después-. Su padre estaba muy enfermo. Por aquel entonces, resultaba difícil definir los sentimientos que albergábamos, bajo las circunstancias a las que estuvimos sometidos todos. Pero era muy bella. ¡Podría haberme enamorado de ella, de no haberlo estado ya!

– ¿De qué circunstancias estamos hablando?

Mariann Devers no retiró la mirada.

– De hecho, resulta muy difícil de explicar, señorita Devers, pero lo que sí puedo decirle es que eran unas circunstancias fuera de lo normal, puesto que yo me encontraba en el país y estábamos en guerra.

– Es imposible que mi madre pudiera haber estado interesada en usted.

Se rió. Acababa de darse cuenta de lo absurda que resultaba la situación.

– No conozco a nadie que fuera una nazi más convencida que mi madre. Le encantaba toda aquella parafernalia. No creo que pasara ni un solo día sin que soñara con el Tercer Reich. Los uniformes, las marchas militares, los desfiles… Le encantaban, Y usted era inglés. ¿Cómo iba a interesarse por usted? Todo esto me suena muy raro.

– Su madre no sabía que yo era inglés. Estuve ingresado en el lazareto sin que nadie lo supiera.

.-¿Quiere decir que era un espía? ¿O tal vez cayó del cielo disfrazado de Papá Noel?

Mariann Devers volvió a reír. La verdad no parecía interesarle demasiado.

– ¿Sabe qué? Es posible que tenga otra fotografía, si tanto la desea. La foto que se hizo cuando obtuve el diploma de bachillerato. Mamá está detrás, pero es una foto mucho mejor que ésta.

Esta vez tuvo que darle la vuelta a la cesta. La foto estaba enmarcada, pero el cristal se había roto. Todavía había pedazos de cristal rotos en el borde del marco y en el fondo de la cesta. Era otra Mariann Devers distinta de la que, en aquel momento, tenía delante. Llevaba el pelo liso y los pantalones de pata de elefante habían sido sustituidos por un vestido blanco que apenas dejaba adivinar que fuera una mujer, pero era una muchacha orgullosa y estaba en el centro de la fotografía de grupo.

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