La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
– ¿Qué quieres que le diga? -le preguntó Welles poniéndose en cuclillas al lado de los dos viejos conocidos.
– No lo sé. Pregúntale acerca de los nombres que te di. La hermana Petra y Vonnegut. Y pregúntale si se acuerda de mí, Amo von der Leyen. ¡Al que estuvo a punto de arrojar por la ventana!
La despedida había sido breve. Incluso antes de que hubieran abandonado la habitación, Werner Fricke se había vuelto a sumir en la contemplación pasiva de los corredores de la final de los doscientos metros lisos colocándose en sus puestos.
– Sé que estás decepcionado, Bryan, pero no creo que valga la pena seguir. Ya he realizado innumerables consultas acerca del paradero de Vonnegut. No creo que pueda encontrarlo con vida, si es que lo encuentro. Tienes que saber que su apellido es bastante común.
– ¡Y Fricke sólo reaccionó al oír el nombre de Vonnegut!
– ¡Sí, si dejamos de lado el momento en que le ofreciste la tableta de chocolate, claro! Me temo que no debes confiar demasiado en sus reacciones.
Keith Welles se quedó un buen rato esperando que Bryan abriera la boca. Desde que se habían vuelto a meter en el coche, el aparcamiento se había quedado prácticamente desierto. Más de uno los había mirado sorprendido a través del parabrisas. Bryan estaba completamente inmóvil.
– ¿Y ahora qué?
Welles rompió el silencio cuando el último coche hubo abandonado el aparcamiento.
– Sí, ¿y ahora qué?
La respuesta apenas fue audible y Welles puso en duda la entonación con la que fue pronunciada.
– Todavía faltan diez días hasta que tenga que incorporarme al trabajo, Bryan. Te cedo más que gustosamente los cinco días de más. Todavía pueden pasar muchas cosas.
Sin duda supuso un gran esfuerzo para Welles pronunciar aquellas palabras en un tono optimista.
– Tienes que volver a Stuttgart ¿no es así, Keith?
– Pues sí, allí tengo mis notas y mi coche, y mi equipaje.
– ¿Te sabe muy mal si te pido que alquiles un coche para el trayecto de vuelta? ¡Pago yo, claro!
– No, pero ¿por qué, Bryan?
– Estoy considerando ir a Friburgo directamente. Ahora mismo.
En una silla de la habitación de la clínica privada de Karlsruhe estaba sentado el hombre que Bryan conocía como el Hombre Calendario, meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Acababan de limitarle la realidad: habían apagado el televisor. Estaba anocheciendo. Sus labios se movían ligeramente fuera de compás en relación al balanceo de su cuerpo. Nadie lo escuchaba.
A cuarenta millas al sur, Bryan estaba harto de todos aquellos carriles transitados y abandonó la autopista. Había dos posibilidades: tomar la bella carretera que discurría a lo largo del Rin o la carretera situada al pie de la montaña de la Selva Negra.
Optó por esta última opción.
No se veía con fuerzas para atravesar el lugar por el que había huido del hombre de la cara ancha y del hombre enjuto.
Aún no.
CAPÍTULO 32
Antes de que Bryan tuviera tiempo de recordar dónde estaba, los sonidos desconocidos fueron creciendo, un zumbido profundo que se convirtió en un estridente tono intermedio. Los tranvías ya le habían dado la bienvenida en las calles de la ciudad la noche anterior, y aquella mañana le dieron los buenos días.
La lámpara del techo de su habitación seguía encendida. Bryan había dormido con la ropa puesta. Y seguía estando cansado.
Un malestar parecido al que se vive antes de un examen se apoderó de Bryan, antes incluso de que hubiera abierto los ojos. Tal vez todo habría sido distinto si Laureen hubiera ocupado la cama vecina. Le esperaba una misión solitaria.
«Hotel Roseneck», rezaba el cartel. «Urachstrasse 1», añadía la pequeña tarjeta de visita que el portero le había proporcionado. Bryan no tenía ni la más remota idea de dónde se había hospedado.
– ¿La habitación tiene teléfono?
Ésa había sido la última pregunta de la noche. El portero había contestado de mala gana, señalando hacia la cabina telefónica que había delante de la escalera empinada.
– ¿Puede darme cambio? -había añadido Bryan.
– Sí, mañana por la mañana -fue la respuesta.
Por eso todavía no había llamado a Laureen.
Y ahora le esperaban las calles, de la misma manera que le esperaban las montañas y la estación de tren. La ciudad obraba un efecto hipnótico sobre Bryan. Durante los meses que habían transcurrido en el lazareto, situado sobre una loma a las afueras de la ciudad, Bryan se había aferrado a sus fantasías. Sobre la vida en Canterbury junto a la familia, sobre la libertad y sobre la ciudad que estaba tan cerca. Y ahí estaba.
El hotel se hallaba en una esquina que daba a un pequeño oasis de árboles susurrantes. La entrada del edificio corroído, con el cancel cincelado y la farola de hierro forjado, se encontraba en el callejón que conducía al pequeño parque. Urachstrasse no era una dirección especialmente distinguida, pero su situación era práctica, pues se trataba de una calle perpendicular a Günthertalstrasse que, por Kaiser Joseph Strasse, se abría paso a través de la puerta de la ciudad, Martinstor, hasta el corazón del centro urbano.
Desprevenido y sin fuerzas para adentrarse en un caos que no le permitía resituar sus ideas, Bryan se dispuso a mezclarse con el espectro de viandantes, ciclistas, conductores y demás habitantes que inundaban las calles de la ciudad. Se movía como por un decorado, entre otros actores, una multitud que abarcaba a todo tipo de gente, desde amas de casa obesas y encanecidas, hasta niños sonrientes con las manos enterradas en lo más profundo de sus bolsillos.
Una ciudad próspera.
Tal vez había esperado que las fachadas del centro de la ciudad todavía estuvieran desfiguradas por los bombardeos; quizá había creído que los nervios que unían a la ciudad con su pasado habían sido cortados. Sin embargo, la ciudad era encantadora y animada, restaurada, reconstruida, variada y acogedora.
Los grandes almacenes rebosaban de mercancías y la gente podía permitírselas. Aquello lo corroía; la deuda del pasado todavía era demasiado importante para poder tomársela a la ligera; los costes no eran suficientemente visibles.
En medio de la entrada de un supermercado, una horda de mujeres se disputaba la ropa de un montón que amenazaba con volcar; pantalones cortos para la próxima temporada. A su lado, un anciano de tez oscura daba saltos a la pata coja mientras intentaba ponerse unos shorts por encima de sus pantalones arrugados para poder evaluar si aquel horror de calzas le sentaba bien. Bryan acababa de superar una vislumbre de la nueva paz.
Su paseo carecía de sentido.
Bertoldstrasse llevaba a la estación de trenes. Los rieles en la calle adoquinada, flanqueados por dos torres, brillaban al sol resplandeciente, conduciendo los carriles de cuatro vías por encima del puente del ferrocarril.
La muchedumbre que poblaba los andenes de la estación resultaba bastante abarcable. Un guía turístico intentaba evitar que su grupo se dispersara con amenazas veladas que manaban de su boca en un flujo constante. Todas las mujeres llevaban mochilas y exhibían sus piernas desnudas por debajo de los pantalones que apenas les llegaban a las rodillas. «Aquí sí que se habría indignado Laureen», pensó Bryan.
Un mundo extraño. Paseó la mirada por las siete vías y los siete andenes sin dar muestras de reconocimiento. Las horas pasadas, hacía ya casi treinta años, sumido en el terror y con un frío espantoso parecían haber desaparecido sin dejar rastro. Probablemente bajo las bombas de sus colegas de la RAF.
Su mirada se perdió por debajo del puente en dirección sur, por donde se extinguía la ciudad. A lo lejos, sobre el terreno ferroviario, tras las vías de maniobras, apareció una construcción oscura y pesada, sospechosamente distinta. Bryan respiró profunda y entrecortadamente.