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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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En mi egoísmo, solo había pensado en mí misma y en Giuliano. Sabía que mi matrimonio le partiría el corazón a mi padre, pero seguí pensando que merecía la pena. Ahora mi tozudez le había costado mucho más.

– Oh, Dios -gemí-. Diles, diles que me interroguen a mí. Diles que él no sabe nada de los Médicis; que yo lo sé todo. La multitud… -Me erguí, súbitamente inspirada, y golpeé las rejas en un intento por llamar la atención del carcelero-. ¡La multitud en la vía Larga, el sábado después de casarme! Ellos vieron cómo me gritaba desde la calle. Le respondí desde una ventana del palacio Médicis. ¡Me suplicó que volviese a casa; renegó de mi matrimonio, de los Médicis! ¡Pregúntale a Giovanni Pico! Mi padre es leal a Savonarola. ¡Pregúntale a la criada, Laura! ¡Ella podrá confirmarlo!

– Se lo diré -prometió Zalumma, pero su tono no podía ser más triste; el carcelero se interpuso entre nosotras y le ordenó con un gesto que se marchase-. ¡Se lo diré! -gritó mientras se alejaba por el pasillo.

Pasé las horas siguientes en la más absoluta soledad, sin siquiera la presencia del carcelero para distraerme de la terrible certeza de ser la más monstruosa de las hijas. ¿Cómo hubiese podido comportarme? ¿Cómo podría haber protegido a mi padre? Esperé, llorosa, atenta al sonido de alguna pisada, del tintineo metálico de las llaves, de voces de hombres.

Por fin sonaron. Corrí a la puerta de la celda y metí los dedos entre los barrotes.

El carcelero apareció acompañado por un hombre vestido de azul oscuro, un color que destacaba su importancia; un regente o quizá un buonomo, uno de los doce elegidos para aconsejar a la Signoria. Era alto y delgado, de expresión grave, y tenía unos cuarenta años. En sus cabellos había algunas canas, sus cejas oscuras y gruesas casi se tocaban. La nariz era larga y delgada, y la barbilla afilada.

Me observó con una mirada seria. Recordé dónde lo había visto antes: en la iglesia, donde Savonarola predicaba; cuando el ataque de mi madre me tumbó al suelo, él me ayudó a levantarme y despejó el camino para nosotras.

– ¿Madonna Lisa? -preguntó cortésmente-. ¿Di Antonio Gherardini?

Asentí cautelosa.

– Soy Francesco del Giocondo. -Se inclinó-. No nos han presentado, pero quizá me recuerdas.

Conocía ese nombre. Él y su familia eran mercaderes de seda y, como mi padre, gente adinerada.

– Te recuerdo -respondí-. Estabas en San Lorenzo cuando murió mi madre.

– Lo lamenté mucho al enterarme -manifestó, como si estuviésemos charlando amablemente en una cena.

– ¿Por qué has venido?

Sus ojos eran de color azul claro -el color del hielo cuando se refleja en el cielo-, tenían un círculo oscuro en el borde exterior, y se entrecerraron un poco al mirarme fijamente. El cuello de su túnica tenía un vivo de armiño blanco, que resaltaba el color cetrino de su complexión.

– Para hablarte de ser Antonio -contestó.

– Es inocente de todos los cargos -me apresuré a afirmar-. No sabía nada de que planeaba encontrarme con Giuliano; él solo proveía de paños a los Médicis. Todos saben qué devoto es de las enseñanzas de fray Girolamo.

Él levantó una mano para hacerme callar.

– Madonna Lisa, no necesitas convencerme. Estoy absolutamente seguro de la inocencia de ser Antonio.

Me apoyé con todo el cuerpo en los barrotes.

– Entonces ¿lo han dejado en libertad?

– Todavía no. -Dejó escapar un suspiro-. Su situación es muy grave. Algunos de los regentes creen que era un agente secreto de los Médicis. Todos parecen haberse vuelto locos, incluso aquellos que ocupan los cargos más importantes de nuestro gobierno. Anoche, los regentes, en contra de mi consejo, colgaron al contable de ser Antonio en una de las ventanas de este edificio. Al parecer, lo encontraron culpable de haber ayudado a Lorenzo a apropiarse de la mayor parte del fondo de dotes de la ciudad. Creo que tú misma ya has descubierto que el pueblo está dispuesto a destruir todo y a todos cuantos le recuerden el nombre de los Médicis. Los hombres del confaloniero hacen todo lo posible por controlarlos, pero… -otro suspiro- muchos palacios han sido saqueados, incluso incendiados. Por toda la vía Larga, y también en otros lugares.

– Mi padre es íntimo amigo de Giovanni Pico -repliqué, con la voz estremecida por la furia-. Él puede dar fe de que mi padre no es amigo de los Médicis.

– ¿Pico? -murmuró. Su mirada titubeó por un momento, y después me miró de nuevo-. Era uno de los amigos de Lorenzo, ¿no? Sufre terriblemente a causa de una enfermedad que lo consume. Me dicen que está imposibilitado para abandonar el lecho, que ni siquiera tiene fuerzas para hablar; no creen que vaya a vivir mucho más.

– Laura, entonces, la criada que compartió mi celda. Ella vio…

– No puedes pedir a los regentes que crean en la palabra de una criada de los Médicis.

– ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo hacer? Mi padre es inocente.

– Tengo cierta influencia -manifestó él con una calma desquiciante- sobre Corsini y Cerpellone, que son los más hostiles a Piero. Podría hablar con ellos a favor de tu padre.

– ¿Lo harás? -Me sujeté a los barrotes ansiosa, a pesar de que en el fondo de mi mente me preguntaba: «¿Por qué no lo hecho antes?».

Carraspeó delicadamente.

– Depende enteramente de ti.

Solté los barrotes y di un paso atrás. Lo miré hasta que el prolongado silencio lo obligó a hablar.

Era un hombre sin corazón. Solo un hombre sin sentimientos podía decir lo que dijo sin avergonzarse.

– Soy viudo. Llevo demasiado tiempo sin una esposa. He esperado a que Dios me señalase a la mujer adecuada, con carácter y de buena familia. Una mujer joven y fuerte que pueda darme hijos.

Lo miré atónita. Él no pareció inmutarse.

– Te observo desde hace tiempo; siempre que has ido a escuchar a fray Girolamo. Eres muy hermosa. Algunas veces mirabas a la multitud por encima del hombro, y yo imaginaba que quizá mirabas en mi dirección, porque sabías que estaba allí, porque te habías fijado en mí. Sé que eres una mujer apasionada, madonna. Tengo las cartas que escribiste a tu prometido. Nadie vinculado a la Signoria sabe nada de ellas, hasta el momento. Yo me he ocupado de que la joven que compartió la celda contigo permanezca en silencio. Nadie necesita saber que tuviste una relación con los Médicis. Puedo destruir las cartas; puedo protegerte a ti y a tu padre de cualquier represalia.

Hizo una pausa, aparentemente a la espera de una señal de mi parte para que continuase, pero me había quedado muda. Entonces mostró las primeras señales de una emoción verdadera. Sus mejillas se sonrojaron levemente mientras se miraba los escarpines. El roce del calzado contra el suelo de piedra se escuchó como un susurro. Después recuperó la compostura y me miró a los ojos.

– Quiero casarme contigo. Te quiero, y esperaba…

– No puedo -le interrumpí, convencida de que sabía el motivo.

Su expresión se endureció.

– Sería terrible para tu padre soportar más sufrimientos. Sería espantoso que muriese.

De no estar separados por los barrotes, le habría saltado encima como un hombre para estrangularlo con mis propias manos.

– ¡Haría cualquier cosa por salvar a mi padre! Pero no puedo casarme contigo porque ya estoy casada con Giuliano de Médicis.

Solo se oyó un suave e indignado resoplido. Su mirada se volvió cruel.

– Giuliano de Médicis -repitió en un tono impersonal- está muerto. Cayó de su caballo cuando cruzaba el ponte Santa Trinità y se ahogó en el Arno.

50

Sin duda había estado buscándome. Tras escapar de la turba en la piazza della Signoria, seguramente había regresado al palacio Médicis. Quizá Piero ya se había marchado, o quizá no, pero Giuliano debió de creer que yo había regresado a casa de mi padre.

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