El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Ser Francesco dijo que un guardia sacó su cuerpo del río. Lo llevaron de inmediato a los regentes, que lo identificaron, y a continuación lo enterraron fuera de las murallas de la ciudad, antes de que nadie pudiese profanar el cadáver. La ubicación de la tumba era un secreto. Ni siquiera los regentes lo mencionaban entre sí, para evitar que la búsqueda provocase nuevos tumultos.
No puedo decir qué hice entonces. No puedo decirlo porque no lo recuerdo. Dicen que Dios, en su sabiduría, hace que las madres olviden el dolor del parto para que no teman parir más hijos. Quizá es lo que Él hizo conmigo, para que no temiese amar de nuevo.
Lo único que recuerdo de aquella noche es que saludé a mi padre. Se acercaba el crepúsculo, y las nubes de humo oscurecían todavía más el cielo. En la plaza solo había un carruaje, y los soldados alquilados por la Signoria que vigilaban a pie y a caballo.
Alguien había arrojado pintura negra sobre los mórbidos retratos de los conspiradores Francesco di Pazzi, Salviati y Baroncelli. Observada por las imágenes manchadas, sujeté el antebrazo de ser Francesco y bajé tambaleante la escalinata para entrar en un horrible nuevo mundo.
Al pie de la escalera esperaba el carruaje -pedido por ser Francesco y ocupado por mi padre- con la portezuela abierta. Mientras ser Francesco me sostenía -con una mano en mi codo, su mirada mostró de repente la timidez de un joven al inicio del cortejo- dijo:
– Hay comida y bebida en el coche.
Lo miré, aún demasiado aturdida para reaccionar. No había comido durante todo un día, pero ahora la sola idea de hacerlo me repugnaba. Me aparté y subí al carruaje.
Mi padre estaba sentado con un hombro apoyado en un rincón, el cuerpo desplomado en diagonal, y con una mano debajo de las costillas. Tenía una mejilla hinchada hasta el punto de que no se le veía el ojo, y su mano…
Lo habían torturado con las tenazas. El pulgar derecho sobresalía de la mano en ángulo recto y estaba hinchado como una salchicha; le faltaba la uña, y en su lugar había un agujero negro. Lo mismo habían hecho con el índice, que también se veía grotescamente hinchado y se extendía perpendicular al pulgar.
Cuando lo vi, me eché a llorar.
– Hija mía -susurró-. Gracias a Dios. Mi amor, mi niña. -Me senté a su lado y lo abracé, con mucho cuidado para no rozar la mano herida-. Lo siento. -Se le quebró la voz-. Perdóname. Oh, lo siento mucho…
Cuando pronunció estas palabras, toda mi resistencia, toda mi ira contra él, se esfumaron.
– Lo siento mucho, lo siento mucho…
Lo comprendí. No solo lamentaba nuestra actual situación o la promesa que me había visto forzada a hacerle a ser Francesco para conseguir su libertad. Se arrepentía de todo: de haber pegado a mi madre, de haberla llevado a San Lorenzo, de dejar que fray Domenico la asesinase, de no haber defendido la causa de su esposa. Se lamentaba por mi penoso día de boda, por el miedo que yo había experimentado por él la noche anterior, y por la compasión que entonces le demostraba.
Sobre todo, se lamentaba por Giuliano.
A la mañana siguiente, cuando me desperté sana y salva en mi cama, vi a Zalumma a mi lado. Había en su rostro tal expresión de cautela y complicidad que reprimí mi ansia de hablar, incluso antes de que ella se llevase un dedo a los labios.
El sol que entraba por las lamas de las persianas detrás de ella, me impedía ver con claridad qué tenía en la mano.
Fruncí el entrecejo y me senté en la cama; hice un gesto al sentir el dolor por todo el cuerpo. Me entregó unas hojas de papel dobladas.
– Subí -susurró, con tanta suavidad que tuve que hacer un esfuerzo para oírla por encima del delicado roce del papel que desdoblaba-. En el momento en que apareció el confaloniero con sus hombres, vine aquí corriendo para ocultar tus cartas. Pero no tuve tiempo. Solo conseguí salvar estas.
Las alisé. Una era una hoja grande, doblada varias veces; la otra, más pequeña, estaba doblada por la mitad. Miré durante mucho tiempo la imagen de mí misma, bellamente realizada en punta de plata y el dibujo en sepia de Bernardo Baroncelli, colgado de la cuerda.
En la ciudad el orden se restableció con bastante rapidez, aunque para entonces habían derribado todas las estatuas de Lorenzo de Médicis y habían destruido a golpes de formón todos los escudos con la palle de los edificios. A los cuatro días de la fuga de Piero, la Signoria derogó la orden de exilio de los Pazzi, e invitó a los descendientes de los asesinos de Juliano a regresar. Se aprobó una declaración donde se decía que Iacopo y Francesco di Pazzi habían actuado en «defensa de la libertad del pueblo».
Al día siguiente de la marcha de los Médicis, Savonarola se reunió con el rey Carlos para negociar los términos de su entrada en Florencia. Una semana después de mi boda, el rey Carlos entró triunfante en la ciudad, que lo recibió como a un héroe. Ser Francesco quería que lo acompañase, porque los regentes habían ordenado que todos los ciudadanos debían ir vestidos con sus mejores galas.
No fui. Mis mejores prendas se habían quemado la noche de los disturbios, y mi traje de boda era un harapo. Por otro lado, se me necesitaba en la casa. La mano de mi padre se había infectado, y tenía mucha fiebre. Permanecía a su lado día y noche, para ponerle paños fríos en la frente y aplicar ungüentos en las heridas. Zalumma se quedó para ayudarme, pero la nueva doncella de mi padre, Loretta, fue al recibimiento en nuestro nombre.
Me gustaba Loretta. Era vivaz e inteligente, y no tenía pelos en la lengua ni siquiera cuando decir la verdad era una descortesía.
– Carlos es un idiota -nos dijo-. Ni siquiera sabe tener la boca cerrada. Respira con la boca abierta y tiene los dientes grandes y torcidos. ¡Es muy feo, feísimo! ¡Hasta fray Girolamo se estremeció al ver su enorme narizota!
Zalumma se rió por lo bajo; la hice callar. Estábamos en el umbral del dormitorio de mi padre. A mi espalda, mi padre dormía después de una noche de sufrimiento; yo había cerrado los postigos para que no lo despertase la luz del sol.
– Pero tenía un aspecto imponente -añadió Loretta-, cuando ayer cruzó a caballo la puerta de San Frediano. Los regentes lo esperaban en un estrado, vestidos con las capas rojas y los cuellos de armiño. ¡El ruido era ensordecedor! Repicaban todas las campanas de la ciudad, y cuando comenzaron los tambores, creí que me estallarían los oídos. Nunca había visto a un ejército vestido con tanto esplendor; los uniformes de los infantes eran de terciopelo con bordados de hilo de oro, y las corazas de los jinetes tenían unos preciosos grabados, y todos llevaban estandartes dorados.
»Entonces apareció Carlos. Supimos que era él porque cabalgaba en un gran semental negro y su armadura estaba recamada con piedras preciosas. Cuatro caballeros lo escoltaban, dos a cada lado, y sostenían un palio plateado sobre su cabeza.
»Todo era magnífico, sencillamente magnífico, hasta que Carlos se detuvo, se apeó del caballo y subió a la plataforma para reunirse con los regentes. Es el hombre con el aspecto más curioso que he visto en mi vida. La cabeza muy grande, con los cabellos de color cobre bruñido, casi rosado, y un cuerpo diminuto, como un bebé que camina. Un bebé con zapatos como cascos de caballo. No sé qué le pasa en los pies.
»Resultaba muy cómico. Todos esperaban que Carlos o los regentes hablasen, y en el silencio se escuchó el grito de una niña: "¡Es muy pequeño!". Las personas a mi alrededor se rieron, con mucha discreción. No tenía sentido armar jaleo.
»Así es el hombre que tanto terror nos había infundido. Un hombre pequeño. ¡La Signoria se dirigió a él en latín, y no entendió ni una palabra! Uno de sus ayudantes tuvo que traducírselo todo al francés.
»¿Saben qué me dijo un hombre que estaba allí? Un noble educado, muy inteligente. Dijo, en voz muy baja por supuesto, porque en estos días nunca sabes quién te escucha, que Carlos quería invadir Nápoles porque le habían dicho que abundaba la caza y siempre hacía buen tiempo, y a él le encanta cazar. También porque se había enterado de lo que decía Savonarola acerca de su persona, y había decidido hacer un viaje al sur.