El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Cuando llegamos a nuestro destino, Miguel Ángel abrió la puerta. Giovanni, con toda parsimonia, explicaba a una pareja de sirvientes dónde debían llevar su equipaje. Solo cuando me miró, advertí la inquietud en sus ojos, pero su voz era firme.
– ¿Qué es esto? -Pareció irritado, casi hostil, por la interrupción.
– Debes encargarte de madonna Lisa -respondió Miguel Ángel bruscamente, con evidente desagrado-. Se lo prometiste a tu hermano. No estará segura si la llevo conmigo.
– Sí. -Giovanni despidió con un gesto a los sirvientes, con los rostros congestionados por el peso de los baúles-. Por supuesto.
Miguel Ángel se volvió hacia mí.
– Ruego a Dios que volvamos a encontrarnos, en circunstancias más propicias.
Se marchó sin más. El ruido de sus rápidas pisadas se alejó por el pasillo.
La túnica roja y el birrete de terciopelo rojo de Giovanni se veían inmaculados. Se había afeitado y arreglado, como si tuviese que recibir a un visitante de alto rango. Parecía demasiado distraído, quizá asustado, para andarse con disimulos. Me miró sin ninguna bondad. Yo era un incordio, un error.
– Ve a prepararte para el viaje -dijo-. Enviaré a Laura para que te ayude.
No le creí. Señalé mis prendas.
– No tengo nada que preparar. Esto es todo lo que traje conmigo. -Era la verdad, excepto por la túnica marrón oscuro que mi padre había insistido que llevase. No me importaba en absoluto dejarla.
– Entonces ve a tus habitaciones. -El cardenal me miró-. Escucha, esto no es más que el intento de algunos de los regentes de incitar una revuelta. Con un poco de suerte, mis hermanos -titubeó antes de decir las dos últimas palabras; intuí que había estado a punto de decir «Giuliano»- serán capaces de calmarlos. Mientras tanto, iré a ayudarlos. -Exhaló un suspiro, como si se hubiese resignado a mostrarse misericordioso-. No te preocupes; no te dejaré aquí.
– Gracias.
– Ve. Llamaré a Laura para que espere contigo.
Regresé al dormitorio de Lorenzo. No pude resistirme a mirar a través de la ventana abierta. El aire helado había enfriado la habitación a pesar del fuego en la chimenea. En el exterior ya era casi de noche, y a lo lejos se veían las antorchas. Se acercaban por el oeste, desde San Marcos, por la vía Larga. Quienes las sostenían en alto gritaban una y otra vez:
– Palle! Palle! Palle!
Miré las formas que comenzaban a materializarse en la penumbra. La mayoría iban montados, y unos pocos a pie; eran los ricos, con sus sirvientes, probablemente amigos que vivían en las casas de la vía Larga, el enclave de los Médicis. La luz de las antorchas se reflejaba en el acero de las espadas, en los collares de oro, en las piedras preciosas. Ocuparon sus lugares junto a los guardias que vigilaban el frente del palacio.
– Palle! Palle!
Desde la dirección opuesta, desde la piazza della Signoria, el grito de «Popolo e libertà!» comenzó a tomar forma física. Se acercaron unas figuras oscuras, mal alumbradas por los trapos encendidos atados en palos y mangos de escoba.
– Abasso le palle!
Los afilados pinchos de las horquillas, las melladas puntas de las burdas lanzas, los redondeados extremos de los garrotes, se amontonaban contra el telón de fondo del cielo.
Un momento antes de que chocasen las dos fuerzas, un nuevo contingente apareció entre los partidarios de los Médicis. Desde mi ventana no alcanzaba a ver los rostros, ni siquiera el del jinete que sostenía un candil para iluminar sus facciones. Pero reconocí el rojo de la capa, el ancho de los hombros, la dignidad del porte: Giovanni avanzaba lentamente, rodeado por una compañía de hombres armados.
– Palle! -gritó con una hermosa y resonante voz a la turba que se acercaba-. ¡Queridos ciudadanos de Florencia, escuchadme!
Sus queridos ciudadanos de Florencia no estaban de humor para escucharlo. Una piedra cruzó el aire y golpeó el cuello del caballo negro del cardenal, que se levantó sobre las dos patas traseras. Giovanni consiguió calmarlo, al tiempo que tomaba una decisión. En lugar de enfrentarse a sus oponentes, el cardenal y sus soldados cabalgaron por una callejuela hacia el norte.
Solo pude rezar para que hubiese decidido ir a la plaza.
Mientras Giovanni y su grupo desaparecían de la vista, los furiosos ciudadanos iniciaron su avance. Formaban una legión que se extendía en la penumbra hasta donde alcanzaba la vista. A los que marchaban, se sumaban ahora los enemigos ricos de los Médicis, a caballo y armados con mazas, recias lanzas, espadas y cimitarras turcas.
Al darse cuenta de su inferioridad numérica, muchos de los partidarios de los Médicis se marcharon precipitadamente y dejaron que los guardias pelearan solos.
Vi siluetas espantosas, escuché sonidos horribles.
Un campesino fue lanceado en el estómago por uno de los guardias, y la violencia del golpe lo levantó por los aires; un mercader cayó de rodillas cuando una maza le aplastó el cráneo. Un guardia caído soltó un grito de agonía cuando un labriego lo ensartó con la horquilla. Un atacante se agachó para recoger la antorcha y pegó fuego al cadáver.
La pintura de Uccello no podía captar los olores, los ruidos, la rapidez y la confusión. Él había mostrado la guerra como un gran espectáculo; yo la presenciaba como una locura.
Desde la planta baja, con un estruendo que resonaba por toda la casa, llegaron unos golpes furiosos, el sonido del metal sobre la madera. Algunos de los atacantes habían llegado a la puerta.
Laura no había aparecido; comprendí entonces que no vendría. Tomé la decisión de marcharme, pero en el momento de apartarme de la ventana, unos rápidos movimientos en el callejón más cercano captaron mi atención.
Unos jinetes sostenían antorchas y lámparas para alumbrar su camino en la creciente oscuridad. Avanzaban al galope perseguidos por una multitud furiosa. Tuve la esperanza de que fuese Giuliano. Me asomé a la ventana. Cuando el grupo se acercó a la batalla que se desarrollaba delante de la casa, reconocí a Giovanni. No fue hasta que estuvo casi en la vertical de la ventana que escuché sus desesperados gritos.
– Renuncia, Piero… Popolo e libertà!
Los furiosos ciudadanos que lo habían perseguido hasta aquí, los ciudadanos que lo apedreaban a él y a sus soldados, le replicaron muy justamente:
– ¡Traidor! ¡Traidor!
Me alejé de la ventana. Me recogí las faldas y corrí escaleras abajo. Recorrí los pasillos hasta llegar al patio, lo crucé y fui por la galería hasta el jardín. Ya no quedaban armas; solo vi a Giovanni, exhausto, que caminaba hacia la casa con la escolta de dos soldados.
– ¿Lo has visto? -grité. El ruido al otro lado de los muros era ensordecedor.
Giovanni no me hizo caso; la anterior bondad que había visto en él se había esfumado, reemplazada por una fría determinación. Pasó a mi lado sin una mirada, sin disminuir el paso, y cuando corrí tras él, me dijo escuetamente:
– No conseguí llegar a la plaza.
– Entonces ¿no lo has visto? ¿No has visto a Giuliano?
– Piero está aquí. -Señaló detrás de nosotros.
Corrí hasta la cerca de madera y abrí la reja; entré en un amplio patio sin pavimentar delante de los establos. Olía a excrementos, a heno y a sudor de los caballos. Había unas treinta o cuarenta monturas, sujetadas por los jinetes, que escarbaban nerviosos la tierra; los hombres se llamaban los unos a los otros, discutían estrategias para aventurarse a salir de nuevo con un mínimo de bajas. Observé sus rostros, pero no encontré el que buscaba.
– ¡Giuliano! -grité-. ¿Dónde está Giuliano?
La mayoría de los hombres, preocupados solamente por el combate, no me hicieron caso; unos pocos me miraron con curiosidad, pero no respondieron.