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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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«Giuliano -susurré, consciente de que, en medio de tanto griterío, nadie me escucharía-. Giuliano», repetí, y me eché a llorar.

Me encerraron en una celda en el Bargello, la cárcel que había junto al palacio. Era un espacio pequeño, sucio, sin ventanas, con el suelo manchado y tres paredes, cuyos rincones estaban llenos de telarañas. La cuarta pared consistía en un murete de piedras que me llegaba a la cintura, donde se empotraban unos gruesos y ásperos barrotes que llegaban hasta el techo; la puerta era de hierro. Habían esparcido unos puñados de paja en el suelo; en el centro había un gran cubo de madera que servía de letrina común. La única luz la suministraba una antorcha sujeta a un soporte en la pared del pasillo.

Éramos tres en la celda: Laura, yo y una dama que me triplicaba en edad, sorprendentemente ataviada con un vestido de seda morada y vivos de terciopelo. Me pareció que era una de las Tornabuoni, la familia a la que había pertenecido la madre de Lorenzo.

Cuando el guardia me hizo entrar, terriblemente dolorida, fingí no reconocer a Laura. Ni siquiera nos miramos hasta mucho después de que se hubiese marchado el hombre.

Nadie vino a vernos la primera noche. El guardia había desaparecido. Después de un rato, cesó el repique atronador de la campana en el campanario vecino. Más tarde, transcurridas algunas horas, cesaron los gritos de la multitud… y tras un breve silencio, escuchamos las aclamaciones.

Creí escuchar el zumbido de una cuerda al tensarse.

La Tornabuoni, blanca y delicada como una perla, retorcía un pañuelo en sus manos y lloraba sin cesar. Sin hacer caso de las arañas, me senté en un rincón, con las piernas laceradas cubiertas con los harapos de mis faldas. Laura se sentó a mi lado, con el pecho apoyado en las rodillas y los brazos alrededor de las piernas. En un momento en el que la multitud guardó silencio por unos instantes, le pregunté en voz baja:

– ¿Giuliano…?

– No lo sé, madonna -me respondió con una profunda angustia-. No lo sé…

Ambas nos encogimos cuando sonaron de nuevo los gritos.

Por la mañana se llevaron a Laura, y ya no volví a verla.

Me dije que en la ilustrada Florencia nunca ejecutaban a las mujeres a menos que fuesen las más viles asesinas… o traidoras. Sin duda habían dejado a Laura en libertad, o en el peor de los casos, la habrían desterrado.

Me tranquilicé cuando cesaron los gritos de la multitud. El silencio indicaba que habían acabado las ejecuciones.

Me levanté tambaleante, y contuve el aliento al sentir un intenso dolor en el hombro, que estaba rígido. El menor movimiento era como una puñalada. Tenía los miembros entumecidos por el frío; las paredes y el suelo eran como bloques de hielo. Pero me preocupaba mucho más haber perdido el anillo de bodas y el último medallón de oro.

Pasé junto a la mujer mayor para acercarme a la reja. La Tornabuoni había dejado de llorar y ahora se tambaleaba porque había permanecido de pie gran parte de la noche; sus ojos eran como dos enormes morados en su tez blanca, que contrastaba con el color oscuro del vestido. La miré y me respondió con una mirada tan llena de desesperación y rabia que me apresuré a volver la cabeza.

Esperé pacientemente a que apareciese el guardia. Mientras Laura había estado conmigo, no había querido pronunciar el nombre de Giuliano para no comprometerla, pero ahora ya no podía contenerme. Cuando finalmente apareció el carcelero, le pregunté en voz baja:

– ¿Qué ha sucedido? ¿Qué sabes de Giuliano de Médicis?

No me respondió de inmediato, sino que se acercó a la puerta. Buscó entre las llaves que llevaba colgando de un aro, sin dejar de rezongar, se decidió por una, y la probó. No giró, así que buscó otra parecida, oxidada por la falta de uso; tras algunos intentos giró en la cerradura y la puerta se abrió con un agudo chirrido.

– Giuliano de Médicis -repitió despectivamente-. Si sabes algo de ese bribón, más te valdrá decirlo cuando llegue tu hora.

Después se olvidó de mí, y dijo con una voz no carente de amabilidad:

– Madonna Carlotta, ¿me acompañarás? No es nada grave. Los regentes solo quieren hacerte algunas preguntas. No pretenden hacerte ningún daño.

La mirada y el tono de la dama no podían ser más duros.

– ¡Ningún daño! ¡Ya me han causado todo el daño posible!

– Puedo llamar a otros hombres para que me ayuden -replicó el guardia.

Se miraron por un momento; luego la mujer salió de la celda y se detuvo a su lado. El hombre cerró la puerta y giró la llave en la cerradura.

No me importó. No me importó. «Si sabes algo de ese bribón, más te…»

Me abracé a mí misma, sin siquiera sentir el dolor en el hombro. Esas palabras solo las habría dicho de un vivo. Giuliano se había marchado, y ellos no sabían dónde.

Volví a mi rincón y me senté lo más cómoda que pude, con el hombro apoyado en la pared para que su frescor adormeciera el dolor. Escuché las campanas de una iglesia, pero me dormí y no pude recordar cuántas veces habían sonado.

Cuando me desperté, tomé una decisión. Admitiría haberme casado con Giuliano. Era un delito que no necesariamente debía castigarse con mi muerte -incluso Lorenzo, en su terrible venganza, había perdonado a las mujeres Pazzi-, aunque sí con el destierro, cosa que me dejaría libre para buscar a mi marido.

Pensé en cuál sería la mejor manera de ofrecer mi confesión a los regentes. Hablaría con elocuencia del interés de Giuliano por Florencia; destacaría que al casarse conmigo, la hija de un comerciante, había demostrado que no se consideraba por encima de las clases menos pudientes.

Cuando oí las pisadas del carcelero y el tintineo de las llaves, me obligué a levantarme. A pesar de mi decisión y mi excelente plan, me temblaban las manos y tenía la lengua pegada a mi reseco paladar.

Junto al guardia caminaba Zalumma, con los ojos llenos de desesperación. Cuando me vio, abrió la boca en un gesto de alivio, de alegría, de horror, supongo, al ver mi aspecto.

El carcelero la hizo detenerse delante de mi celda, y dio un paso atrás. Yo intenté tocarla, pero el espacio entre los barrotes solo permitía pasar los dedos.

– ¡No os toquéis! -gruñó el carcelero.

Bajé la mano. Verla me hizo soltar un gemido tan fuerte y desgarrador que me sorprendió incluso a mí. En cuanto comencé a llorar, no pude detenerme.

– No, no. -Acercó las manos con mucha ternura; la expresión ceñuda del carcelero hizo que se apartase-. No, no. Llorar no te ayuda. -Sin embargo, mientras lo decía sus lágrimas resbalaban a ambos lados de su perfecta nariz recta.

Hice un esfuerzo para recuperar la compostura.

– Estoy bien. Solo quieren hacerme unas preguntas. Dado que no sé nada, será rápido.

Desvió la mirada, con una expresión inescrutable, y después me miró de nuevo.

– Tienes que ser valiente.

Me puse rígida.

– Ahora está aquí en la cárcel, con los hombres. Anoche incendiaron la casa, pero los sirvientes consiguieron apagar el fuego y se salvaron muchas cosas. Pero… -Agachó la cabeza; vi cómo se tragaba las lágrimas.

– ¡Dios mío! Giuliano, dímelo, ¿está herido? ¡Dime que está bien!

Me miró con una expresión extraña.

– No sé nada de Giuliano. El confaloniero se presentó anoche y arrestó a tu padre.

49

¡No! -Di un paso atrás.

– El confaloniero y sus hombres revisaron la casa. Destrozaron las habitaciones. Encontraron las cartas de Giuliano.

– No.

– Como Lorenzo fue el mejor cliente de tu padre durante tantos años, lo han acusado de ser un espía de los Médicis. -Bajó la mirada. Le tembló la voz-. Lo torturaron.

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