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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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El hombre se desplomó de bruces, casi contra los cascos de la yegua.

Volví la cabeza para mirar atrás y me encontré con la mirada del asesino: un soldado de los Médicis, casi de la misma edad de Giuliano, con los ojos llenos de un extraño y salvaje terror. No se dio cuenta de que era una mujer bien vestida, que iba desarmada o que había salido del palacio. Solo parecía saber que debía levantar y bajar la espada. Ahora yo me encontraba en su camino.

Agaché la cabeza y clavé los talones en los flancos de la yegua para ponerla al galope. Nos abrimos paso como un ariete a través de la muchedumbre; mis rodillas y codos golpearon contra carne, hueso, metal y madera.

No tardé en encontrarme en terreno despejado y me dirigí al este por la vía Larga. Pasé entre la loggia y la entrada principal del palacio, donde unos años atrás Lorenzo me había acompañado a través del umbral. Los guardias de los Médicis todavía luchaban contra algunos grupos dispersos, pero habían abandonado las grandes puertas de entrada, que un grupo de revoltosos intentaban forzar a golpes con una viga de madera. Cabalgué por la misma callejuela que había tomado Giovanni para eludir a la multitud. Desde allí, busqué mi camino por delante de la iglesia de San Lorenzo hasta el baptisterio de San Giovanni y la plaza de la catedral. Pequeños grupos rondaban por las calles: tres jinetes, una pareja de monjes, un matrimonio que huía con sus hijos en brazos.

Solo cuando llegué a la catedral la multitud me obligó a poner a la yegua al paso. De pronto me encontré completamente rodeada de hombres; dos de ellos habían improvisado teas con ramas. Las levantaron para verme mejor.

Eran giovani, rufianes callejeros.

– ¡Una bella dama! -se burló uno-. ¡Una bella dama que cabalga con las faldas recogidas hasta la cintura! ¡Mirad, qué hermosos tobillos!

Los observé con el entrecejo fruncido, impaciente, y luego miré en derredor. Había muchas personas cerca, pero el repique de la campana de la Signoria sonaba allí mucho más fuerte, y todos gritaban y corrían hacia la plaza. No había ninguna garantía de que oyesen los gritos de una mujer solitaria.

No quería gritar; todavía no.

– ¡Dejadme pasar! -ordené, y saqué la daga del bolsillo de la capa. Salió con la funda.

Los rufianes rieron con desprecio; sus risas sonaban como ladridos.

– ¡Eh, mirad! -gritó uno-. ¡Lisa de Antonio Gherardini tiene dientes!

Era muy delgado, con la barbilla puntiaguda y largos y ralos rizos rubios que dejaban ver el cuero cabelludo.

– ¡Raffaele! -Bajé la daga, con gran alivio. Era el hijo del carnicero-. Raffaele, gracias a Dios, necesito pasar…

– Necesito pasar -repitió Raffaele en tono burlón. Uno de sus compañeros rió-. Miradla, muchachos. Es uno de ellos. No hace ni dos días se casó con Giuliano de Médicis.

– ¿La hija de un comerciante? -preguntó otro-. ¡Mientes!

– Lo juro por Dios -replicó Raffaele con voz firme. Sus palabras, y la mirada en sus ojos, hicieron que desenfundase la daga-. ¿Qué pasa, Mona Lisa? ¿Tu Giuli ya te ha abandonado?

Sujeté la daga con fuerza.

– Pasaré…

Raffaele me dedicó una sonrisa perversa.

– Quiero ver cómo lo haces.

Algo voló a mi lado en la oscuridad; la yegua soltó un relincho de terror y se encabritó. Me sujeté con desesperación, pero una segunda piedra me golpeó en la muñeca; fue como si me hubiese quemado. Solté un grito y dejé caer el arma.

Sentí el impacto de otra piedra y otra más. El mundo pareció girar a mi alrededor. Solté las riendas, perdí el sentido de la orientación y caí, primero sobre la cruz de la yegua, y luego resbalé por su flanco hasta chocar contra el pavimento.

Me quedé tendida de lado, aturdida por el dolor, aterrorizada porque no podía respirar. La luz de una tea brilló en lo alto; entrecerré los párpados mientras las llamas giraban lentamente junto con todo lo demás. Muy pronto, quedaron eclipsadas por el rostro burlón de Raffaele, parcialmente en sombras.

– ¡Caray con la niña de papá! -dijo en tono amargo-. No sabes cómo mantenerte en la montura ni cómo empuñar un arma. Mira. -La daga apareció ante mis ojos-. Así es como se sujeta un puñal. -Una pausa; la hoja giró de forma que ahora me señalaba-. Se usa de esta manera…

Aire. Me asustaba mucho más no poder respirar que la daga; mis costillas, mi pecho, se negaban a moverse. El mundo se oscureció un poco más; se volvió borroso.

Oí otra voz plañidera.

– ¿No podríamos antes divertirnos un poco con ella?

– ¿Aquí, a la vista de todos? -dijo otro.

– ¡A quién le importa! ¡Ni siquiera nos miran!

– ¡Además, acaba de poseerla un Médicis! -añadió Raffaele con repugnancia.

La daga, un relámpago de plata, se acercó hasta que sentí la punta apoyada en mi garganta; si tragaba, me cortaría. Vi la mano de Raffaele y la empuñadura de cuero negro.

Después, la mano y la daga desaparecieron; me hundí en las tinieblas.

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¿Estoy muerta?», me pregunté. No, el terrible dolor en la cabeza y el hombro eran absolutamente reales.

De pronto, mi pecho se movió como un fuelle, y respiré con la desesperación de alguien que se ahoga.

Preocupada solo por llevar aire a mis pulmones, apenas vi algo más que unas sombras borrosas. Oí a lo lejos alguna palabra ininteligible por encima del ruido de los cascos de los caballos, el tañido de la campana y los sonidos de la muchedumbre.

Por encima de mí, unos hombres a caballo sostenían antorchas. En mi desorientación, me pareció que eran centenares; alargadas siluetas de gigantes negros que portaban unas llamas resplandecientes como enormes diamantes color naranja.

Uno de los jinetes, con una voz que tenía la dignidad de una persona de alto rango, preguntó:

– ¿Qué estáis haciendo con esa dama?

A mi lado, Raffaele respondió tímidamente.

– Es una enemiga del pueblo… la esposa de Giuliano… una espía.

El hombre montado replicó escuetamente. Solo oí: «… della Signoria… proteger…».

Me levantaron. Las heridas me hicieron gritar de dolor.

– Calma, madonna. No te haremos daño.

Me vi colgando sobre el lomo de un caballo, con el estómago apretado contra el cuero de la montura; la cabeza y las piernas caían a ambos lados del animal. Un hombre se sentó en la silla, con su vientre contra mi cintura y mis caderas. Las riendas me rozaban la espalda.

Nos pusimos en marcha. El peso de mis cabellos hizo que se soltasen de la redecilla de oro de Alfonsina, que se desprendió; un tesoro para el afortunado que la encontrase. Mi rostro golpeó contra la piel bañada en sudor hasta que se me partieron los labios; noté el gusto de la sal y la sangre. No veía más que las piedras negras, solo escuchaba el tañer de la campana y los gritos. Ambos se hicieron más fuertes; llegó un momento en que el repique de la campana fue tan estruendoso que sentí como si me estuviesen golpeando en la cabeza. Habíamos llegado a la piazza della Signoria. Intenté moverme, levantar la cabeza, dispuesta, en mi confusión, a gritar el nombre de Giuliano. Pero el jinete me empujó firmemente hacia abajo.

Mientras cruzábamos la plaza, la exaltación corrió entre la muchedumbre con la velocidad del rayo. Los gritos eran agudos, frenéticos.

– ¡Mirad, mirad! ¡Ahí está, el muy cabrón!

– ¡Allá arriba! ¡En la tercera ventana! ¡Mirad cómo se balancea!

– Abasso le palle! ¡Muerte a los Médicis!

Me sacudí como un pescado en el anzuelo. Los cabellos me tapaban los ojos; los aparté como pude, dispuesta a mirar desde mi incómoda posición, pero fue inútil. No veía más que sombras apretujadas.

Me dominó el terror al pensar en Francesco di Pazzi, colgado desnudo desde la ventana con los dientes del arzobispo Salviati clavados en el hombro. Recordé a mi padre cuando me decía: «Ochenta hombres en cinco días, arrojados desde las ventanas del palacio de la Signoria». Aflojé el cuerpo.

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