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La Odisea De Troya

Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso hurac?n se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
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– Para colmo se nos han acabado los filetes -se lamentó Giordino.

Pitt estaba a punto de bajar los prismáticos cuando vio una cerca metálica coronada con alambre de espino. La verja en la carretera que conducía al aeropuerto estaba vigilada por dos guardias, claramente iluminados por las luces de la entrada. Pitt ajustó el enfoque de los prismáticos y miró de nuevo. No eran hombres, sino mujeres vestidas con monos azules. Dos perros sueltos olisqueaban el suelo delante de la verja. Eran dobermann, y sonrió para sus adentros al pensar en lo mucho que asustaban a su compañero.

– Hay una cerca que cierra el paso a la carretera de la pista. -Le pasó los prismáticos a Giordino.

– ¿Te has fijado en que hay una cerca más baja, a un par de metros de la primera? -preguntó Giordino mientras miraba la entrada a través de los prismáticos.

– ¿Crees que es para proteger a los perros?

– Es para evitar que acaben asados. -Giordino hizo una pausa y miró hasta unos cien metros a cada lado de la entrada-. Es probable que la carga eléctrica de la cerca baste para asar a un búfalo. -Miró de nuevo en derredor-. Esta vez no hay ninguna máquina barredora a mano.

De pronto comenzó a temblar el suelo y un sordo retumbo se extendió por todo el complejo. Los árboles se bambolearon y se sacudieron los cristales de las ventanas de los edificios. Era un temblor similar al que habían sentido en el interior del faro y en el río. Este duró poco más de un minuto. Los dobermann comenzaron a ladrar con desesperación mientras las guardias se movían inquietas. No había manera de cruzar la entrada sin ser vistos mientras los perros continuaran excitados.

– No hace mucho hubo otro temblor de tierra -le comentó Pitt a Claus-. ¿Los provoca el volcán?

– Indirectamente -respondió el científico sin alterarse-. Uno de los miembros de nuestro equipo, el doctor Alfred Honoma, un geofísico que trabajaba en la Universidad de Hawai, es experto en volcanes. En su opinión, los temblores no tienen nada que ver con la piedra fundida que asciende por las fisuras del volcán. Afirma que el peligro inminente es un súbito deslizamiento de la ladera del volcán, que podría tener consecuencias catastróficas.

– ¿Cuándo comenzaron los temblores? -preguntó Pitt.

– Hace cosa de un año -contestó Hilda-. Han aumentado en frecuencia y se produce uno cada hora.

– También son cada vez más fuertes -añadió Claus-. Según el doctor Honoma, algún fenómeno inexplicable ocurrido debajo del volcán está provocando un cambio en la superficie.

– El cuarto túnel pasa directamente por la base del volcán -le dijo Pitt a Giordino.

Su compañero se limitó a asentir con un gesto.

– ¿El doctor Honoma ha hecho alguna proyección referente a cuándo se produciría el deslizamiento? -preguntó Pitt.

– Cree que será en cualquier momento.

– ¿Cuáles serían las consecuencias? -quiso saber Giordino.

– Si el doctor Honoma está en lo cierto -declaró Claus-, el deslizamiento enviaría más de cuatro kilómetros cúbicos de roca ladera abajo hacia el lago, a una velocidad cercana a los ciento treinta kilómetros por hora.

– Eso provocaría unas olas gigantescas -señaló Pitt.

– Efectivamente. Las olas barrerían todas las ciudades y pueblos alrededor del lago.

– ¿Qué pasaría con las instalaciones de Odyssey?

– Dado que cubren buena parte de la ladera, todos los edificios quedarían sepultados bajo las piedras. -Claus hizo una pausa y luego añadió con un tono lúgubre-: Junto con todos los que están aquí.

– ¿Los ejecutivos de Odyssey son conscientes de la amenaza?

– Llamaron a sus propios geólogos, quienes afirmaron que los deslizamientos son poco frecuentes y que sólo se producen una vez cada diez mil años. Tengo entendido que el señor Specter manifestó que no había ningún peligro, que no debíamos preocuparnos.

– Specter no destaca especialmente por su interés en el bienestar de sus empleados -manifestó Pitt, al recordar los incidentes vividos a bordo del Ocean Wanderer.

De pronto, todos se quedaron inmóviles y miraron el cielo tachonado de estrellas hacia el sonido inconfundible de un helicóptero que se acercaba a la terminal aérea. Gracias a la luz de los focos instalados en tierra se veía con toda claridad el fuselaje color lavanda. Todos permanecieron inmóviles, pegados a la pared del edificio, mientras las paletas de los rotores empujaban el aire nocturno hacia ellos.

– Nos están buscando -murmuró asustado Claus Lowenhardt, al tiempo que abrazaba a su esposa.

– No es probable -lo tranquilizó Pitt-. El piloto no está volando en una cuadrícula de búsqueda. Todavía no saben nada de la fuga.

El helicóptero voló directamente sobre ellos, a poco más de sesenta metros de altura. Giordino tuvo el presentimiento de que podría alcanzarlo con una pedrada. Las luces de aterrizaje se encenderían en cualquier momento y ellos se verían en la misma situación que unos ratones encerrados en un granero y alumbrados por una docena de linternas. Pero entonces, la diosa Fortuna se apiadó de ellos. El piloto no encendió las luces de aterrizaje hasta que el helicóptero ya los había dejado bien atrás. Viró en ángulo cerrado hacia la azotea de lo que parecía ser un edificio de oficinas con las paredes de cristal y se posó.

Pitt le quitó los prismáticos a Giordino y enfocó al helicóptero mientras aterrizaba y los rotores giraban cada vez más lentamente hasta detenerse del todo. Se abrió la puerta y varias mujeres con monos color lavanda se apresuraron a rodear la escalerilla para recibir a una mujer ataviada con un mono dorado. Movió poco a poco la ruedecilla de ajuste para conseguir una imagen más nítida. No estaba del todo seguro, pero hubiera apostado la paga de un año a que la persona que había bajado del helicóptero era la mujer que dijo llamarse Rita Anderson.

En su rostro había una expresión de furia cuando le devolvió los prismáticos a Giordino.

– Mira a ver si descubres quién es la reina del mono dorado.

Giordino observó a la mujer atentamente y siguió sus movimientos mientras ella y su comitiva caminaban hacia el ascensor.

– Nuestra amiguita del yate -dijo con una voz colérica-. La que asesinó a Renée. Mi reino por un fusil de francotirador.

– No podemos hacer nada al respecto -se lamentó Pitt-. Nuestro objetivo prioritario es llevar a Washington sanos y salvos a los Lowenhardt.

– Ya que has sacado el tema, ¿cómo haremos para cruzar una cerca electrificada y vigilada por tres dobermann y dos guardias fuertemente armadas?

– No la cruzaremos -respondió Pitt en voz baja, mientras su mente analizaba las opciones posibles-. Pasaremos por encima.

Los Lowenhardt permanecían en silencio, sin tener claro el sentido de la conversación. Giordino imitó a Pitt, que no apartaba la mirada del helicóptero posado en la azotea del edificio de oficinas. Sin decir ni una palabra, ambos comenzaron a urdir el mismo plan. Pitt miró el edificio a través de los prismáticos.

– Allí están las oficinas centrales -dijo-. No veo que esté vigilado.

– No tienen ningún motivo para convertirlo en una cárcel. Todos son leales empleados de Odyssey.

– Tampoco tienen motivos para creer que unos visitantes inesperados se presenten en la puerta principal. -Pitt enfocó de nuevo la azotea. Los pilotos acababan de entrar en el ascensor detrás de Rita, sin preocuparse por la vigilancia del helicóptero-. No volveremos a tener otra oportunidad como ésta.

– No me parece que sea una oportunidad única entrar en un edificio de oficinas, pasar inadvertidos entre doscientos empleados, y subir hasta un décimo piso para robar un helicóptero sin que nadie sospeche que se ha metido un zorro en el gallinero.

– Quizá tendríamos menos problemas si pudiera conseguirte un mono color lavanda.

Giordino le dirigió una mirada capaz de fundir la piedra.

– Ya he ido más allá de lo que impone el deber. Tendrás que pensar en alguna otra cosa.

Pitt se acercó a los Lowenhardt, que permanecían abrazados. Parecían aprensivos, pero no asustados.

– Vamos a entrar en el edificio de las oficinas centrales y subiremos a la azotea, donde nos apropiaremos del helicóptero. No se aparten de mí. Si nos topamos con problemas, tírense al suelo. No queremos tenerlos en nuestra línea de fuego. Nuestra única posibilidad es actuar con audacia. Al y yo fingiremos que los llevamos a una reunión, a un interrogatorio o lo que sea que cuele. En cuanto lleguemos a la azotea, suban inmediatamente al helicóptero y abróchense los cinturones. El despegue puede que sea bastante brusco.

Claus y Hilda le aseguraron solemnemente que harían lo que dijera. Estaban metidos en ello hasta las orejas y ya no podían volverse atrás. Pitt no dudaba de que seguirían sus indicaciones al pie de la letra. No tenían otra alternativa.

Caminaron por la acera hasta que llegaron a la escalinata en la entrada del edificio. Los faros de un camión los iluminaron por un momento, pero el conductor no se fijó en ellos. Dos mujeres, una con un mono lavanda y la otra con un mono blanco, estaban fumándose un cigarrillo junto a la entrada. Esta vez con Giordino en cabeza, que sonrió a las mujeres cortésmente, cruzaron las puertas de cristal automáticas y entraron en el vestíbulo. Vieron a unas cuantas mujeres y a un hombre, que conversaban animadamente. Unos pocos miraron en su dirección cuando Pitt y los otros pasaron junto a ellos, y lo hicieron sin la menor sospecha.

Como si fuese la cosa más normal del mundo, Giordino hizo que el grupo entrara rápidamente en unos de los ascensores vacíos antes de que se cerrara. Pero no habían acabado de hacerlo cuando, antes de que pudiera apretar el botón correspondiente a la azotea, entró también una atractiva rubia vestida con un mono lavanda que se inclinó por delante de Giordino para apretar el botón del octavo piso.

La mujer se volvió y, al ver a los Lowenhardt, los observó detenidamente. En su rostro apareció una expresión alerta.

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