La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
Fundador de un imperio minero propietario de las mayores reservas mundiales de platino y otros cinco metales de su grupo en Nueva Zelanda, Hall era un audaz empresario que había alcanzado el éxito al comprar las minas cuando estaban casi en bancarrota y convertirlas en rentables antes de buscar financiación para nuevas adquisiciones en Canadá e Indonesia. Viudo desde hacía tres años, tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Hall deja un hijo, Myron, que es un artista de fama, y una hija, Rowena, quien, como vicepresidenta ejecutiva, pasa a ser presidenta de la Junta y asumirá la dirección de las empresas que forman parte del grupo.
Sorprendentemente, según la opinión de la mayoría de los analistas de Wall Street, las acciones de Hall Enterprises subieron diez puntos al difundirse la noticia de su deceso. La mayoría de las veces, al fallecer el titular de una gran corporación bajan las acciones, pero los agentes informaron de grandes compras por parte de varios especuladores anónimos. Casi todos los expertos en empresas mineras coinciden en señalar que Rowena Westmoreland venderá las acciones de su padre a Odyssey Corporation, porque es del dominio público que el fundador de Odyssey, el señor Specter, ha hecho una oferta de compra por un importe muy superior a todas las demás.
El funeral se oficiará en la catedral de Christchurch, el próximo miércoles a las catorce horas.
Diez días más tarde, en la sección de economía y finanzas de los principales periódicos del mundo, apareció la siguiente noticia:
El señor Specter, de la Odyssey Corporation, ha comprado la Hall Mining Company por una suma no revelada a la familia del difunto Westmoreland Hall. La presidenta y principal accionista, Rowena Westmoreland, continuará al mando de las actividades de la empresa como directora ejecutiva.
No se hacía ninguna mención a que en esos momentos el platino de las minas lo compraba Lingo Ho Ltd. en Pekín y que los barcos de carga chinos lo transportaban a un centro industrial en la costa de la provincia de Fukien.
37
El viento que soplaba del Pacífico era la causa de la marejadilla en las aguas del lago. A pesar de su gran extensión, la marea era mínima y la temperatura del agua era de unos veintisiete grados. El silencio que reinaba sobre las oscuras aguas lo rompía el áspero zumbido del motor de una moto acuática. Invisible para el ojo humano, corría a través de la noche a una velocidad superior a los cincuenta nudos. Tampoco la detectaba el radar, porque llevaba una cubierta de goma que absorbía las ondas de radio e impedía que la antena captara el eco.
Pitt pilotaba la Polaris Virage TX con Giordino sentado en el asiento trasero y una bolsa con diversos elementos en el cajón de proa. Además del equipo de buceo llevaban los monos que habían robado a los trabajadores de Odyssey, con la diferencia de que esta vez las tarjetas de identificación tenían la foto de su rostro. Había sido necesario retocar la foto de Giordino para que al menos tuviera un cierto parecido con el de una mujer. Mientras esperaban a que les llevaran sus equipos desde Washington, habían ido a una casa de fotografía para que les hicieran las fotos y las colocaran en las tarjetas de identificación plastificadas. El fotógrafo les había cobrado el triple de la tarifa habitual, pero no había hecho preguntas.
Después de rodear la costa por el lado de la isla donde se alzaba el volcán Maderas, continuaron a lo largo del istmo, a una distancia de un kilómetro y medio de la playa de arena que se extendía entre los dos volcanes. Las luces del complejo resplandecían contra el fondo negro de la ladera del volcán Concepción. Allí no regía el oscurecimiento. Los directivos de Odyssey se sentían absolutamente protegidos gracias a su ejército de guardias de seguridad y la multitud de equipos de vigilancia electrónica.
Pitt redujo la velocidad de la moto cuando se acercaron a los muelles, donde un enorme barco portacontenedores de la Cosco estaba iluminado de proa a popa. Se fijó en las gigantescas grúas que levantaban los contenedores y los depositaban en los camiones aparcados en el muelle. No vio ninguna operación de carga. Comenzó a pensar que el complejo era algo más que un centro de investigación y desarrollo. Tenía que tener alguna relación con los túneles que pasaban por debajo de los edificios.
Sandecker había acabado por autorizar la misión. Yaeger y Gunn los habían puesto al corriente del propósito de los túneles. La opinión unánime era que cualquier información que consiguieran en el interior del complejo sería vital para descubrir el propósito del plan de Specter para tapar Europa con un manto de hielo.
La Virage TX estaba pintada de un color gris antracita que se confundía con la oscuridad del agua. Al contrario de lo que se ve en las películas, donde los agentes se mueven vestidos con prendas negras muy ajustadas, el gris oscuro es menos visible a las luz de las estrellas. El motor de tres cilindros había sido modificado por los mecánicos de la NUMA y ahora tenía una potencia de ciento setenta caballos. También habían modificado el tubo de escape hasta reducir el ruido en un noventa por ciento.
Los únicos sonidos audibles mientras surcaban las oscuras aguas a toda velocidad eran los golpes de la proa contra el agua y el zumbido amortiguado del tubo de escape. Habían llegado a la isla de Ometepe a la media hora de salir de un embarcadero desierto al sur de Granada.
Pitt cerró un poco el acelerador para facilitar la tarea a Giordino, que estaba haciendo un barrido con un detector de radar portátil.
– ¿Qué tal va? -le preguntó.
– Sus ondas nos pasan sin detenerse, así que no deben detectarnos.
– Hemos hecho bien al tomar la precaución de acabar el viaje por debajo del agua -dijo Pitt, con una inclinación de cabeza hacia los haces de un par de reflectores que barrían el agua a unos quinientos metros de la playa.
– Calculo que estamos a unos cuatrocientos metros.
– La sonda indica que tenemos una profundidad de menos de siete metros. Debemos de estar fuera del canal principal.
– Es hora de abandonar el barco y mojarnos -dijo Giordino, señalando una patrullera que acababa de aparecer por el extremo de un largo muelle.
Como ya iban vestidos con los trajes de buceo, no tuvieron más que sacar los equipos y las mochilas de los cajones de la moto. La Virage era una embarcación estable y pudieron mantenerse de pie mientras se ayudaban mutuamente a ponerse los respiradores de circuito cerrado, los mismos que utilizaban los militares en las operaciones en aguas poco profundas. Después de cumplir rápidamente con las verificaciones previas a la inmersión, Giordino se zambulló en el agua mientras Pitt sujetaba el volante en una posición recta. Luego apuntó la moto hacia la costa oeste del lago y aceleró el motor al tiempo que se zambullía. Aunque llevaban equipos de comunicación, no estaban dispuestos a correr el riesgo de perderse el uno al otro en la oscuridad de las profundidades, así que engancharon los extremos de una cuerda de tres metros a los cintos de lastre.
Pitt prefería los respiradores de oxígeno de circuito cerrado. Los de circuito semicerrado eran mejores para los trabajos a gran profundidad, pero tenían el problema de las burbujas, que al salir a la superficie delataban la presencia del submarinista. Al suministrar sólo oxígeno puro, el respirador de circuito cerrado era el único que no despedía burbujas, razón por la que los utilizaban los buzos militares en las misiones encubiertas. No se los podía detectar desde la superficie porque el sistema eliminaba las burbujas. Hacía falta un entrenamiento especial para utilizar el sistema sin problemas, pero Pitt y Giordino eran expertos: los usaban desde hacía más de veinte años.
Ninguno de los dos dijo palabra. Giordino iba detrás y seguía los movimientos de su compañero, al que alumbraba con una linterna tipo bolígrafo que proyectaba un rayo muy concentrado y prácticamente imposible de detectar desde la superficie. Pitt vio cómo aumentaba la profundidad a medida que se acercaban al canal principal. Se niveló para verificar el rumbo en la brújula, y luego comenzó a nadar hacia el muelle de Odyssey. Desde muy lejos, amplificado por el agua, les llegaba el ruido de las hélices gemelas de la patrullera.
Confiados en las indicaciones de la brújula y del receptor GPS, se dirigieron hacia el muelle central, allí donde tocaba la costa. Nadaron lenta y rítmicamente, mientras el agua de la superficie se hacía más clara por las luces del muelle. También vieron los haces de luz amarilla de los reflectores que alumbraban la zona por encima de sus cabezas.
El agua se volvió más transparente, y vieron cómo el resplandor amarillo se hacía más brillante en la superficie. Tras avanzar otros cien metros, distinguieron el perfil de los pilotes del muelle. Rodearon el casco del barco portacontenedores de Cosco, con la precaución de mantenerse apartados para evitar que los viera algún tripulante apoyado en la borda.
Había cesado la actividad en el muelle. Las grandes grúas habían apagado los motores y los camiones se habían marchado después de cerrarse las puertas de los depósitos.
Pitt notó repentinamente un cosquilleo en la nuca y percibió un movimiento en el agua cuando una figura enorme apareció en la penumbra y descargó un coletazo contra su hombro antes de desaparecer. Se quedó rígido, y Giordino notó en el acto que la cuerda se aflojaba.
– ¿Qué pasa? -preguntó.
– Creo que nos ronda un jaquetón toro.
– ¿Un tiburón?
– Un tiburón del lago de Nicaragua, con el hocico romo, grande y de color gris, que mide entre dos metros y medio y tres metros.
– ¿Los tiburones de agua dulce muerden?
– Muéstrame alguno que no sea carnívoro.
Pitt trazó un círculo completo con el rayo de la linterna, pero no se veía más allá de tres metros en el agua fangosa.
– Lo mejor será formar un círculo con las carretas.
Giordino comprendió inmediatamente cuál era la intención de su compañero. Nadó hasta situarse a su lado y luego se apoyaron espalda contra espalda para mirar en direcciones opuestas y así tener una visión de trescientos sesenta grados. Como si se hubieran leído el pensamiento, ambos desenfundaron el cuchillo que llevaban en la vaina atada a la pantorrilla y lo sostuvieron a modo de espada.