La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
El tiburón no tardó en reaparecer y comenzó a dar vueltas a su alrededor en círculos cada vez más pequeños. La piel gris hacía juego con el aspecto repulsivo de la enorme bestia, que los miraba con un ojo negro grande como una taza de café; la boca entreabierta permitía ver las hileras de dientes triangulares. Se volvió bruscamente y se acercó todavía más para ver mejor a los buceadores. Nunca había visto unos peces con apéndices, que no se parecían en nada a sus víctimas habituales.
Tenía el aspecto de un monstruo glotón que intentaba decidir si los dos extraños peces colados en sus dominios serían un bocado apetitoso. Le llamaba la atención que sus presas no hicieran el menor intento de escapar.
Pitt sabía que la siniestra máquina asesina aún no estaba del todo preparada para el ataque. Por el momento mantenía la boca entreabierta y los labios no se habían apartado de los dientes como sierras. Decidió que la mejor defensa era el ataque y se lanzó sobre el tiburón. Con un rápido movimiento en diagonal abrió un profundo corte en el hocico del escualo, que era el único punto blando en la piel, recia como el cuero.
El tiburón se apartó en el acto, con un reguero de sangre en su estela, desconcertado y furioso por la inesperada muestra de resistencia de lo que debía haber sido una presa fácil. Después dio la vuelta, permaneció inmóvil durante un par de segundos, para luego mover la cola y lanzarse contra Pitt con la velocidad de un proyectil, dispuesto a destrozarlo.
A Pitt solo le quedaba un truco en la chistera. Enfocó el rayo de luz de la linterna directamente al ojo derecho del tiburón. El destello inesperado cegó temporalmente al asesino lo justo para inducirlo a desviarse hacia la derecha, con la boca abierta preparada para morder la carne y los huesos. Pitt movió las piernas con todas sus fuerzas y se giró de lado cuando el tiburón pasó como un rayo, al tiempo que se valía de su aleta pectoral para apartarlo. Las mandíbulas se cerraron en el agua vacía. A continuación Pitt asestó una puñalada en el ojo negro del monstruo.
Podrían haber pasado dos cosas. El tiburón enfurecido podría haber continuado el ataque sin más vacilaciones, provocado por el dolor y la rabia, u optar por alejarse, medio ciego, para ir en busca de una presa más fácil.
Afortunadamente, se decidió por lo segundo y se alejó para no volver.
– Eso ha sido lo más cerca que hemos estado de convertirnos en el plato del día -comentó Giordino, con un tono que aún denotaba la tensión.
– Probablemente a mí me habría engullido y a ti te habría escupido por incomible -replicó Pitt.
– Nos hemos quedado sin saber si le gustaba la comida italiana.
– Mejor vámonos antes de que aparezca alguno de sus colegas.
Continuaron nadando pero con mayor precaución que antes, y se sintieron mucho más tranquilos cuando las luces del muelle les permitieron ver a una distancia de diez metros. Por fin llegaron a los pilotes debajo del muelle y nadaron entre ellos antes de salir a la superficie y mirar las traviesas de madera mientras aprovechaban para descansar y ver si su presencia había sido detectada por los sensores. Flotaron durante unos minutos, sin escuchar pasos ni voces que delataran la llegada de los guardias.
– Seguiremos el recorrido del muelle hasta la orilla, antes de salir a la superficie.
Esta vez Giordino ocupó la vanguardia y Pitt lo siguió. El fondo ascendió bruscamente y dieron las gracias cuando encontraron una playa de arena libre de rocas. Agachados bajo el muelle, que los protegía de las luces, se quitaron el equipo y los trajes de buceo. Luego sacaron de las mochilas los monos y los cascos de Odyssey. Se pusieron los calcetines y los zapatos, y comprobaron que las tarjetas de identificación estuviesen en la posición correcta antes de salir a campo abierto.
Un único guardia ocupaba la garita junto a la carretera pavimentada, en la entrada del muelle. Estaba viendo una vieja película norteamericana doblada al español que daban por televisión. Pitt miró a un lado y al otro, pero no había más guardias a la vista.
– ¿Ponemos a prueba nuestra presencia? -le preguntó Pitt a Giordino, cara a cara por primera vez desde que se habían zambullido en el agua.
– ¿Quieres observar su reacción cuando pasemos por delante de la garita?
– Esta es nuestra única oportunidad para descubrir si podremos movernos sin tropiezos por las instalaciones.
Pasaron por delante de la garita con toda naturalidad. El guardia, que vestía el mono negro de los hombres, captó el movimiento por el rabillo del ojo y se apresuró a salir a la carretera.
– ¡Alto! -gritó, en español.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó Giordino.
– Quiere que nos detengamos.
– ¿Qué hacen aquí? Deberían estar en sus cuartos.
– Aquí tienes la oportunidad para utilizar tu español -dijo Giordino, al tiempo que apoyaba la mano en la culata de la pistola debajo del mono.
– ¿Qué español? -preguntó Pitt risueñamente-. No recuerdo casi nada de lo que me enseñaron en el instituto.
– Inténtalo. ¿Qué ha dicho?
– Quiere saber qué estamos haciendo aquí, y luego dijo que deberíamos estar en nuestros alojamientos.
– No está mal. -Giordino sonrió. Se acercó al guardia con la mayor tranquilidad-. Yo no hablo español -dijo con una voz aguda que pretendía imitar la de una mujer.
– Muy bien -lo felicitó Pitt.
– He estado en Tijuana. -Giordino miró al guardia y se encogió de hombros para recalcar lo dicho antes-. Somos canadienses.
El guardia frunció el entrecejo mientras observaba a Giordino. Si alguien hubiese podido leer sus pensamientos, habría sabido que en su opinión la mujer del mono blanco era un auténtico espanto. Después la expresión ceñuda dio paso a una sonrisa.
– Ah, sí, canadienses. Yo hablo inglés.
– Sé que deberíamos estar en los barracones -dijo Pitt, devolviéndole la sonrisa-. Solo queríamos dar un paseo antes de irnos a dormir.
– No, no, eso no está permitido, amigos -les recordó el guardia-. No se les permite salir de la zona asignada después de las ocho.
Pitt levantó las manos como si quisiera disculparse por la falta.
– Lo siento, amigo, estábamos hablando y no nos dimos cuenta de que habíamos entrado en un sector no autorizado. Ahora nos hemos perdido. ¿Podría indicarnos el camino de regreso a los barracones?
El guardia se acercó para iluminar con la linterna las tarjetas de identidad y comprobar que fuesen correctas.
– ¿Ustedes trabajaban en los túneles?
– Sí, trabajamos en las excavaciones. Nuestro jefe nos ha dado permiso para que descansemos unos días en la superficie.
– De acuerdo, señor, pero deben volver a los barracones. Son las normas. Sigan la carretera y doblen a la izquierda en el depósito de agua. Su barracón está a unos treinta metros a la izquierda.
– Gracias, amigo -respondió Pitt-. Ya nos vamos.
Convencido de que Pitt y Giordino no eran intrusos, el guardia regresó a la garita.
– Bien, hemos superado la primera prueba -manifestó Giordino.
– Lo mejor será ocultarnos en alguna parte hasta que amanezca. No es prudente rondar por aquí en plena noche. Resulta demasiado sospechoso. El próximo guardia que nos dé el alto puede no ser tan amable.
Siguieron las indicaciones del guardia hasta que llegaron a una hilera de edificios. Avanzaron entre las sombras de un palmar, con la mirada puesta en las entradas de los cinco barracones de los empleados de Odyssey.
No había vigilancia en ninguna de ellas excepto la última. En el quinto barracón había dos centinelas apostados junto a la puerta, mientras que otros dos controlaban el perímetro al otro lado de una cerca.
– Las personas alojadas allí no han de ser muy populares -opinó Pitt-. Tiene todo el aspecto de una cárcel.
– Quizá los tengan cautivos.
– Estoy de acuerdo.
– Por lo tanto, lo lógico es que entremos en alguno que no esté vigilado.
Pitt sacudió la cabeza para mostrar su desacuerdo.
– No, entraremos en ése. Quiero hablar con las personas que tienen prisioneras. Son las más indicadas para que nos informen de las actividades de Odyssey.
– No hay manera de entrar sin que nos vean los guardias…
– Hay un pequeño cobertizo junto al barracón. Vamos a ver qué hay adentro. Los árboles nos ocultarán.
– Tienes una verdadera manía por escoger siempre lo más difícil -protestó Giordino al ver la expresión distante y pensativa en el rostro de su compañero, iluminado por el resplandor de las farolas de la calle.
– Si no es difícil uno no se divierte -afirmó Pitt, muy serio.
Como una pareja de ladrones que rondan por un barrio residencial, caminaron entre los árboles, al amparo de los delgados troncos, hasta que llegaron al final del palmar. Cruzaron a la carrera los veinticinco metros que los separaban de la parte trasera del cobertizo, rodearon una de las esquinas y encontraron una puerta lateral. Giordino movió la manija. Estaba abierta y se apresuraron a entrar. A la luz de las linternas vieron que se encontraban en un garaje donde había una máquina barredora. Pitt vio en la penumbra la sonrisa de Giordino.
– Creo que estamos de suerte.
– ¿Estás pensando lo mismo que yo?
– Por supuesto -dijo Pitt-. Pondremos en marcha la barredora y la lanzaremos a la calle, pero con un añadido que llame la atención de los guardias.
– ¿Cuál?
– Le pegaremos fuego.
– Tu mente tortuosa no deja de asombrarme.
– Es un don que tengo.
Tardaron diez minutos en trasvasar quince litros de gasolina a un bidón que encontraron en el garaje. Pitt subió a la cabina de la máquina y giró la llave de arranque, mientras Giordino esperaba la señal para abrir las puertas. Ambos agradecieron que el motor arrancara a la primera y que fuera silencioso. La barredora tenía una caja de cambios de cuatro marchas, y Pitt permaneció junto a la puerta abierta, preparado para poner directamente la segunda y así conseguir que el vehículo tardara menos en ganar velocidad.