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La Odisea De Troya

Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso hurac?n se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
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El avión trazó un amplio círculo que lo llevó sobre Pointe-á-Pitre, la capital económica de Guadalupe. Miró los tejados rojos mezclados con los de chapa de cinc. La plácida ciudad contaba con una pintoresca plaza rodeada de tiendas y cafés. Las callejuelas se veían muy concurridas y animadas. La gente volvía a sus casas a cenar. Eran pocos los que conducían coches. Muchos caminaban y la mayoría iba en motos o ciclomotores. Comenzaban a encenderse las primeras luces en las casas cercanas al puerto. Los barcos estaban amarrados en los muelles, y las pequeñas embarcaciones de pesca entraban con las capturas del día.

El piloto enfiló la pista del aeropuerto Pole Caraibes. Se escuchó el ruido del tren de aterrizaje al desplegarse, y el zumbido del motor de los alerones al bajar. Durante un momento, los últimos rayos de sol refulgieron en las ventanas antes de que el avión se posara en la pista con el habitual rebote, el chirrido de los neumáticos y el aullido de las turbinas al invertir la marcha mientras frenaba antes de rodar hacia la terminal.

A Summer le encantaban los atardeceres en los trópicos. Es el momento en que se alza la brisa marina, llevándose lo peor del calor y la humedad del día. Le gustaba el olor de la vegetación después de la lluvia y el penetrante aroma de las flores.

– ¿Qué tal tu francés? -le preguntó Dirk mientras bajaban la escalerilla y pisaban la pista del aeropuerto de Guadalupe.

– Pues igual de bueno que tu swahili -respondió Summer, que estaba encantadora con su falda estampada y la blusa a tono-. ¿Por qué lo preguntas?

– Sólo los turistas hablan inglés. Los lugareños hablan francés o el dialecto créole.

– Dado que ninguno de los dos estudió lenguas en el Instituto, tendremos que hacernos entender por señas.

Dirk miró a su hermana con una expresión de duda y luego se echó a reír. Le entregó un librito.

– Aquí tienes un diccionario inglés-francés. Te nombro mi traductora.

Caminaron hasta la terminal y siguieron a los otros pasajeros hasta el mostrador de Inmigración. El funcionario los miró antes de sellarles los pasaportes.

– ¿Vienen a Guadalupe en viaje de negocios o de placer? -preguntó en perfecto inglés.

Summer miró a Dirk y arrugó su nariz respingona.

– Placer -respondió, al tiempo que movía la mano como si quisiera exhibir el anillo con un gran diamante que llevaba en el dedo anular-. Estamos en luna de miel.

El funcionario le miró los pechos con toda frescura, y sonrió amigablemente mientras ponía el sello en una de las páginas en blanco de los pasaportes.

– Que disfruten de la estancia -dijo con un tono que rozaba lo libidinoso.

En cuanto se alejaron del mostrador, Dirk preguntó:

– ¿Qué historia es ésa de que estamos en luna de miel? ¿Dónde has conseguido el anillo?

– Me pareció que hacernos pasar por recién casados era una buena tapadera. El diamante es un trozo de vidrio. Me costó ocho dólares.

– Espero que nadie quiera mirarlo de cerca, o creerán que soy el más miserable de los maridos.

Fueron hasta la sala de equipajes, donde tuvieron que esperar veinte minutos a que aparecieran sus maletas. Las cargaron en un carrito, pasaron por la aduana y salieron al vestíbulo de la terminal. Un grupo de unas treinta personas esperaban a parientes y amigos. Un hombre bajo con traje blanco y la tez morena oscura de los criollos sostenía un pequeño cartel donde se leía: PITT.

– Somos nosotros -dijo Dirk-. Ella es Summer y yo Dirk Pitt.

– Charles Moreau. -El hombre le tendió la mano. Sus ojos eran de color negro azabache y su nariz parecía lo bastante afilada para librar un duelo. Le llegaba al hombro a Summer, y su cuerpo era delgado y flexible como una caña de bambú-. El avión ha llegado con sólo diez minutos de retraso. Habrán querido establecer una marca. -Luego se inclinó, cogió la mano de Summer y rozó con los labios sus nudillos en un gesto lleno de galantería-. El almirante Sandecker dijo que erais una pareja muy apuesta.

– Supongo que también mencionó que somos hermanos.

– Lo hizo. ¿Hay algún problema?

Dirk miró a Summer, que sonrió con burlona inocencia.

– Sólo quería dejarlo claro.

Summer y Moreau salieron del edificio escoltados por Dirk, que empujaba el carrito con las maletas. Una atractiva mujer de cabellos negros con el típico vestido lugareño -una falda plisada de tela de Madrás a rayas naranjas y amarillas, con un tocado haciendo juego, una blusa de encaje blanca y un chai sobre un hombro- chocó contra Dirk. Como buen conocedor de los trucos de los carteristas, el joven se palpó inmediatamente el bolsillo donde llevaba el billetero. Se tranquilizó al comprobar que no había desaparecido.

La mujer se apartó un paso mientras se masajeaba el hombro.

– Lo siento mucho. Ha sido culpa mía.

– ¿Se ha hecho daño? -preguntó Dirk amablemente.

– Ahora sé lo que es chocar contra una pared. -La mujer lo miró a los ojos y sonrió-. Soy Simone Raizet. Quizá nos volvamos a ver en la ciudad.

– Quizá -respondió Pitt, sin darle su nombre.

– Tiene usted un hombre muy guapo y encantador -le comentó Simone a Summer.

– Puede serlo cuando quiere -manifestó Summer, con un leve tono de sarcasmo.

La mujer se despidió con un gesto y entró en la terminal.

– ¿Alguien sabe a qué ha venido eso? -preguntó Pitt, divertido.

– Yo diría que es una fresca -murmuró Summer.

– Es muy extraño -opinó Moreau-. Ha dado toda la impresión de que vive aquí. Yo he nacido en esta isla, y nunca la había visto antes.

Summer frunció el entrecejo.

– Yo creo que el choque fue intencionado.

– Estoy de acuerdo -dijo Dirk-. Pretendía alguna cosa. No sé qué, pero el encuentro no ha sido casual.

Cruzaron la calle y fueron hasta el aparcamiento, donde estaba el BMW 525 de Moreau. El hombre abrió el maletero. Dirk cargó el equipaje y luego subieron al coche. Moreau salió del aparcamiento y tomó la carretera que llevaba a Pointe-á-Pitre.

– Les he reservado una pequeña suite de dos habitaciones en el Canella Beach, uno de nuestros hoteles más populares, y el más adecuado para una pareja joven con un presupuesto reducido. De acuerdo con las instrucciones del almirante Sandecker, deberán comportarse con la máxima discreción mientras buscan el tesoro.

– Es un tesoro histórico, no valioso -lo corrigió Summer.

– El almirante tiene razón -dijo Dirk-. Si se corre la voz de que la NUMA está buscando un tesoro, aparecerán centenares de buscadores.

– El problema principal es que los expulsarían de las islas -señaló Moreau-. Nuestro gobierno tiene leyes muy estrictas en cuanto a la protección del patrimonio histórico.

– Si tenemos éxito -declaró Summer-, su gente se beneficiará de un descubrimiento que hará época.

– Razón de más para mantener en secreto la expedición.

– ¿Es usted un viejo amigo del almirante?

– Conocí a James hace muchos años, cuando yo era cónsul de Guadalupe en Nueva York. Desde mi retiro, a veces me llama para que colabore con la NUMA en sus asuntos en esta zona del Caribe.

Moreau condujo a través de las verdes colinas en dirección al puerto y alrededor de la ciudad, a lo largo de la costa sudeste de Grande-Terre, hasta los suburbios de Gosier. Allí siguió por un camino de tierra que desembocaba en la carretera principal.

Summer admiró las mansiones, que se alzaban en medio de bellos jardines.

– ¿Nos está agasajando con un recorrido turístico? -preguntó.

– Hay un taxi que nos ha venido siguiendo de cerca desde que salimos del aeropuerto -respondió Moreau-. Quise comprobar que efectivamente nos sigue a nosotros.

Dirk se volvió en su asiento para mirar a través de la ventanilla trasera.

– ¿El Ford verde?

– El mismo.

Moreau salió de la zona residencial para sumarse a los autobuses, turistas en ciclomotores y taxis que circulaban por una de las calles principales. El conductor del Ford verde hacía todo lo posible para no perderlos, pero se veía en figurillas por la lentitud del tráfico. Moreau se coló entre dos autobuses que ocupaban ambos lados de la calle y a continuación dobló bruscamente a la derecha para meterse por unas callejuelas flanqueadas por casas de estilo colonial francés. Luego dobló a la izquierda y giró de nuevo en la siguiente esquina para volver a la calle principal. Pero el taxi se metió por un camino lateral para evitar los autobuses, recuperó la distancia perdida y se pegó como una lapa al coche de Moreau.

– Es evidente que está interesado en nosotros -afirmó Dirk.

– A ver si podemos perderlo… -dijo Moreau.

Esperó a que se abriera un hueco en el tráfico. Entonces, en lugar de girar, siguió recto y cruzó entre los demás coches para meterse en una calle transversal. El taxista, encajonado por los ciclomotores, los coches y los autobuses tardó más de medio minuto en abrirse paso y reanudar la persecución.

Después de girar una vez más y perder de vista al taxi, Moreau entró en el camino privado de una casa y aparcó tras de unas adelfas. Al cabo de pocos minutos el taxi verde pasó por delante de la entrada a toda velocidad y se alejó en medio de una nube de polvo. Esperaron unos minutos y Moreau puso el coche en marcha para volver a sumarse al tráfico en la carretera principal.

– Lo hemos perdido, pero mucho me temo que sólo sea temporalmente.

– Quizá se le ocurra utilizar el mismo truco y esperarnos -apuntó Dirk.

– Lo dudo -opinó Summer, muy confiada-. Me juego lo que quieras a que nos hemos deshecho de él.

– Pues has perdido -replicó Dirk con una carcajada. Le señaló a través del parabrisas el Ford verde aparcado en el arcén y a su conductor que hablaba por el móvil-. Aparque a su lado, Charles.

Moreau se acercó lentamente por detrás y luego aceleró para colocarse a la par y frenar. Dirk se asomó por la ventanilla y golpeó con los nudillos la puerta del taxi.

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