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La Odisea De Troya

Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso hurac?n se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
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Mientras esperaba hasta el último momento para evitar que se produjera una explosión en el interior del garaje, giró el volante del vehículo para apuntarlo hacia una hilera de camiones aparcados a un lado de la carretera. Giordino abrió las puertas y luego volvió para coger el bidón. Roció con gasolina la cabina vacía y a continuación esperó con el dedo apoyado en el encendido automático de un soplete de acetileno.

– Arriba el telón -dijo escuetamente.

Pitt, de pie en el estribo de la cabina, puso la marcha y saltó al suelo, al mismo tiempo que Giordino abría las válvulas de oxígeno y acetileno y apretaba el botón del encendido: una llama de sesenta centímetros de largo surgió por la punta del soplete. Se escuchó un súbito estampido cuando una bola de fuego envolvió la cabina de la máquina antes de que saliera del cobertizo a toda velocidad.

La barredora avanzó por la carretera como un cometa, en medio de una nube de polvo y tierra levantada por los cepillos, y unos cuarenta metros más allá se estrelló contra el primero de los camiones, que salió despedido y acabó contra una de las palmeras. Después impactó de lleno contra el siguiente camión de la fila con un horrible chirrido de metales y cristales rotos, y provocó un choque en cadena hasta que se plantó el motor y se detuvo, mientras las llamas se elevaban hacia el cielo entre una densa columna de humo negro.

Los dos guardias que vigilaban la puerta del quinto barracón contemplaron atónitos el súbito estallido del incendio. En cuanto se recuperaron del asombro y se pusieron en movimiento, la primera deducción fue que el conductor se encontraba atrapado en la cabina. Abandonaron sus puestos y echaron a correr por la carretera, con los guardias que vigilaban la cerca pisándoles los talones.

Pitt y Giordino aprovecharon inmediatamente la ventaja que les daba la distracción provocada por la barredora en llamas. Pitt cruzó la cerca, se zambulló a través de la puerta abierta del barracón y rodó por el suelo. Un segundo más tarde, Giordino, que no alcanzó a detenerse a tiempo, cayó sobre él.

– Tienes que perder peso -protestó Pitt.

Giordino lo ayudó a levantarse.

– ¿Ahora qué, genio?

Pitt no respondió sino que, al ver que el camino estaba despejado, echó a correr por el pasillo. Las puertas a ambos lados estaban cerradas con cerrojos. Se detuvo delante de la tercera puerta y se volvió hacia Giordino.

– Esta es tu especialidad -dijo, y se apartó.

Giordino le reprochó el comentario con una mirada, y luego descargó un tremendo puntapié contra la puerta que casi la arrancó de las bisagras. Un segundo golpe con el hombro remató la faena. Incapaz de resistir el ataque del musculoso italiano, la puerta cayó al suelo con gran estrépito.

Pitt entró en la habitación y se encontró con un hombre y una mujer sentados en la cama, pasmados ante la aparición de unos extraños. El terror se reflejaba en los rostros de la pareja.

– Perdonen la intrusión -dijo Pitt en voz baja-, pero necesitamos un lugar donde ocultarnos. -Mientras daba las explicaciones, Giordino se ocupó de poner la puerta en su lugar.

– ¿Adonde nos llevarán? -preguntó la mujer, con fuerte acento alemán.

Asustada a más no poder, se envolvió con la manta. El rostro redondo y arrebolado, con grandes ojos castaños y los cabellos canosos recogidos en un moño, le daba el aspecto de la bondadosa abuela que probablemente era. A pesar de estar tapada con la sábana y una manta liviana, Pitt vio que su cuerpo nunca entraría en un vestido de talla pequeña.

– A ninguna parte. No somos lo que cree.

– Usted es uno de ellos.

– No, señora -respondió Pitt, que procuraba calmar su terror-. No somos empleados de Odyssey.

– En ese caso, ¿quiénes son ustedes? -preguntó el hombre, que había tardado un poco más en reaccionar. Se levantó de la cama y se puso un viejo albornoz sobre la anticuada camisa de dormir. Si Pitt había sospechado a la mujer baja y regordeta, él era muy alto y esquelético. Su abundante cabellera gris estaba por lo menos diez centímetros por encima de la cabeza de Pitt. La tez blanca, la nariz como pirámide y los labios finos decorados con un bigotillo definían su rostro.

– Me llamo Dirk Pitt. Mi amigo es Al Giordino. Trabajamos para el gobierno de los Estados Unidos y estamos aquí para averiguar por qué se mantienen estas instalaciones en secreto.

– ¿Cómo llegaron a la isla? -preguntó la mujer.

– Por el agua -contestó Pitt, sin dar detalles-. Entramos en este edificio después de crear una diversión que alejó a los guardias. -Mientras hablaba, el aullido de las sirenas que se acercaban resonó en el pasillo-. Nunca he conocido a nadie que se resista a presenciar un buen incendio.

– ¿Por qué escogieron nuestra habitación?

– Fue por puro azar, se lo aseguro.

– Si fueran ustedes tan amables -intervino Giordino-, quisiéramos pasar la noche aquí. Nos iremos con el alba.

La mujer observó con una expresión de profunda sospecha a Giordino, vestido con el mono blanco.

– Usted no es una mujer -señaló.

Giordino le respondió con una gran sonrisa.

– A Dios gracias no lo soy. Explicarle cómo es que visto un mono del personal femenino de Odyssey sería una historia larga y aburrida.

– Deben disculparnos -manifestó la mujer, más tranquila-. Mi marido y yo estamos terriblemente confusos. El es el doctor Claus Lowenhardt, y yo soy su esposa, la doctora Hilda Lowenhardt. Sólo nos encierran por la noche. Durante el día trabajamos en los laboratorios.

A Pitt le pareció divertida la formalidad de las presentaciones.

– ¿Cómo es que están aquí?

– Trabajábamos en la Technical Research Institution en Aachen, Alemania, cuando recibimos la visita de los agentes de la Corporación Odyssey con la oferta de que viniéramos a trabajar aquí como consultores. Mi esposa y yo somos parte de un grupo de cuarenta científicos de primer orden en nuestra especialidad que renunciamos a nuestros empleos, atraídos por la cuantía de los salarios y las promesas de financiar nuestros proyectos después de acabar nuestros contratos aquí y estar de nuevo en casa. Nos dijeron que íbamos a Canadá, pero sólo fue una burda mentira. Cuando el avión aterrizó, nos encontramos en esta isla en medio de ninguna parte. Desde entonces, nos tienen trabajando aquí casi como esclavos.

– ¿Desde hace cuánto tiempo?

– Cinco años.

– ¿Qué clase de investigaciones los han obligado a realizar?

– Nuestra disciplina académica es la ciencia de las celdas de combustible.

– ¿Este es el motivo para la construcción del complejo, experimentar con celdas de combustible?

– Odyssey comenzó la construcción hace casi seis años -contestó Lowenhardt.

– ¿Qué hay de los contactos con el exterior?

– No nos permiten hablar por teléfono con nuestros familiares y amigos -respondió Hilda-. Solo nos autorizan a escribir cartas que luego pasan por su censura.

– Cinco años son muchos para estar lejos de los seres queridos. ¿Cómo es que no intentaron sabotear la investigación?

– Porque nos amenazaron a todos con una muerte horrible si hacíamos algo que pudiera perjudicar el progreso de las investigaciones -declaró la mujer con voz solemne.

– También amenazaron con matar a nuestras familias -añadió Claus-. No tuvimos más alternativa que dedicar al trabajo nuestros mejores esfuerzos. Por otro lado, deseábamos continuar con el trabajo de toda una vida: queríamos crear una fuente de energía limpia y barata para todos los pueblos del mundo.

– Para que viéramos qué pasaría si no colaborábamos, cogieron como ejemplo a un pobre hombre que no tenía familia -puntualizó Hilda-. Lo torturaban durante la noche y lo obligaban a trabajar durante el día. Un día lo encontraron colgado de la lámpara de su habitación. Todos comprendimos que lo habían asesinado.

– ¿Ustedes creen que los ejecutivos de Odyssey ordenaron su asesinato?

– Ejecución -lo corrigió Lowenhardt. Señaló el techo con una sonrisa amarga-. Fíjese, señor Pitt, ¿cree que esa instalación, que sólo es un cable y una bombilla, soportaría el peso de un hombre?

– Ya entiendo -dijo Pitt.

– Hacemos lo que nos dicen -añadió Hilda, con voz queda-, para evitar cualquier daño a nuestro hijo, a nuestras dos hijas y a nuestros cinco nietos. Los demás están en la misma situación.

– ¿Ustedes y los otros científicos han avanzado en el desarrollo de la tecnología de las celdas de combustible? -preguntó Pitt.

Hilda y Claus se volvieron para mirarse el uno al otro con la misma expresión de extrañeza. Luego Claus replicó:

– ¿El mundo no se ha enterado de nuestro éxito?

– ¿Éxito?

– Junto con nuestros colegas científicos hemos desarrollado una fuente generadora de energía que combina el amoníaco productor de nitrógeno y el oxígeno tomado de la atmósfera para crear sustanciales cantidades de electricidad a un coste muy bajo por unidad, con el agua pura como único residuo.

– Creía que aún faltaban décadas para desarrollar unas celdas de combustible que fuesen prácticas y eficientes.

– Eso es verdad para las celdas de combustible que utilizan hidrógeno y oxígeno para producir electricidad. El oxígeno se saca del aire. En cambio, el hidrógeno no se obtiene con la misma facilidad y hay que almacenarlo como un combustible cualquiera. Sin embargo, gracias a nuestro afortunado y casi milagroso descubrimiento, hemos abierto el camino a una energía no contaminante que ahora mismo está disponible para millones de personas.

– Habla usted como si ya se estuviera produciendo -señaló Giordino.

– Fue perfeccionado y probado con un éxito total hace más de un año. -Lowenhardt lo miró como si Giordino fuese el tonto del pueblo-. La producción comenzó inmediatamente después de ser perfeccionada. Sin duda ustedes la conocen…

Los científicos vieron que las expresiones de asombro y desconcierto en los rostros de Pitt y Giordino eran sinceras.

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