La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
– ¿Adonde llevan a estas personas? -preguntó en inglés.
Giordino vaciló, sin saber qué responder. Sin arredrarse, Pitt se colocó junto a su compañero y contestó en un pésimo castellano:
– Perdónenos por inglés no parlante.
La cólera brilló en los ojos de la mujer.
– ¡No hablaba con usted! -replicó vivamente-. Hablaba con la dama.
Pillado en mitad de la discusión, Giordino tenía miedo de hablar, porque su voz delataría que no era una mujer. Cuando lo hizo, su voz de falsete resonó de una manera extraña en el interior del ascensor.
– Hablo poco inglés.
La respuesta fue una mirada incisiva. La mujer le miró el rostro y abrió mucho los ojos al ver la sombra de la barba. Levantó una mano y le tocó la mejilla.
– ¡Usted es un hombre! -exclamó. Se volvió rápidamente en un intento por detener al ascensor en el siguiente piso, pero Pitt le apartó la mano de un golpe.
La empleada de Odyssey lo miró, atónita.
– ¿Cómo se atreve a pegarme?
Pitt sonrió como un niño travieso.
– Me ha impresionado tanto, que voy a raptarla para que me acompañe a un mundo mejor.
– ¿Está loco?
– Como una chota.
El ascensor se detuvo en el octavo piso, pero Pitt apretó el botón que cerraba la puerta. La puerta permaneció cerrada, el motor se puso en marcha y el ascensor continuó subiendo hasta su última parada en la azotea, encima del décimo piso.
– ¿Qué está pasando aquí? -Por primera vez miró a fondo a la pareja de científicos, que parecían disfrutar de la situación. Frunció el entrecejo-. Conozco a estas personas. Durante la noche tienen que estar confinados en sus habitaciones. ¿Adonde los llevan?
– Al lavabo más cercano -respondió Pitt sin inmutarse.
La mujer pareció vacilar entre detener el ascensor o gritar. En la duda, se dejó llevar por el instinto y abrió la boca para gritar. Pitt no vaciló ni un instante en darle un tremendo puñetazo en la barbilla. La mujer se desplomó como una muñeca de trapo. Giordino la sujetó por debajo de los brazos antes de tocar el suelo y la apoyó de pie contra un rincón de la cabina, de forma que quedara oculta cuando se abrieran las puertas.
– ¿Por qué no le tapó la boca, simplemente? -preguntó Hilda, sorprendida por la violencia de Pitt.
– Porque me hubiese mordido la mano, y hoy no estoy de humor para actuar como un caballero y permitirle que lo hiciera.
Con lo que a todos les pareció la velocidad de un caracol, el ascensor acabó de subir los últimos metros y se detuvo en el décimo piso, desde donde se accedía a la azotea. Después de frenar suavemente, la puerta se abrió y salieron.
Y antes de que pudieran reaccionar, se encontraron a bocajarro con un grupo de cuatro guardias que habían estado fuera de la vista, detrás de una torre de aire acondicionado.
La atmósfera en el ático de Sandecker en el edificio Watergate era de una calma tensa. Sandecker se paseaba como fiera enjaulada, rodeado por la nube de humo azul de uno de sus enormes puros hechos por encargo. Otros hombres se comportaban como caballeros cuando había damas presentes, en lugar de intoxicarlas con el humo del tabaco, pero no el almirante. Si no estaban dispuestas a aceptar su pernicioso hábito, no salía con ellas. A pesar de este riesgo, eran muchas las damas solteras de Washington que cruzaban el umbral de su casa.
Considerado un magnífico partido -era viudo, con una hija y tres nietos que vivían en Hong Kong-, Sandecker recibía multitud de invitaciones a cenas y fiestas. Ya fuera afortunada o desafortunadamente, según se mirara, no dejaban de presentarle mujeres solteras que buscaban marido o una relación. Para colmo, el almirante era un galán capaz de liarse con cinco damas a la vez, una de las razones por las que era un fanático del fitness.
Su acompañante de esa noche, la congresista Bertha García, que había sucedido en el cargo a su difunto esposo, Marcus, estaba sentada en la terraza y disfrutaba de una copa de excelente oporto mientras contemplaba el magnífico espectáculo de la ciudad iluminada. Elegantemente ataviada con un corto vestido negro de cóctel, después de asistir a una fiesta con el almirante, miraba con expresión divertida el furibundo paso de Sandecker.
– ¿Por qué no te sientas, Jim, antes de que dejes un surco en la alfombra?
Sandecker se detuvo. Se acercó a ella y apoyó afectuosamente una mano en su mejilla.
– Perdona que no te haga mucho caso, pero estoy pendiente de saber algo de dos de mis hombres, que están en Nicaragua. -Se sentó pesadamente junto a la congresista-. ¿Qué pensarías si te dijera que la costa oriental de nuestro país y toda Europa pueden sufrir unos inviernos propios de la era glacial?
– Siempre se puede sobrevivir a un invierno duro.
– Estoy hablando de siglos.
Bertha dejó la copa en la mesa de centro.
– No es posible con el efecto invernadero.
– Con el efecto invernadero y lo que tú quieras.
Sonó el teléfono y Sandecker fue a atender la llamada a su despacho.
– ¿Sí?
– Soy Rudi, almirante -dijo Gunn-. Seguimos sin tener noticias.
– ¿Han conseguido entrar?
– No sabemos nada desde que salieron de Granada en una moto de agua.
– Esto no me gusta -murmuró Sandecker-. A estas horas deberíamos saber algo de ellos.
– Tendríamos que dejar estos trabajos a las agencias de inteligencia -afirmó Gunn.
– Estoy de acuerdo, pero no hay quien detenga a Dirk y Al cuando se les mete algo entre ceja y ceja.
– Lo conseguirán -manifestó Gunn animosamente-. Siempre lo hacen.
– Sí -admitió Sandecker-, aunque llegará el día en que se les acabará la suerte.
39
La sorpresa de los guardias al ver al grupo que salía del ascensor fue un calco de la de Pitt al verles a ellos. Tres vestían los monos azules de los guardias de seguridad; el cuarto integrante era una mujer vestida de verde. Pitt adivinó que ella tenía el mando: a diferencia de los hombres, no llevaba un fusil de asalto. Su única arma era una pequeña pistola automática, en una cartuchera que le colgaba sobre la cadera.
Pitt se apresuró a tomar la iniciativa. Se acercó a la mujer.
– ¿Es usted quien está al mando? -preguntó con voz calma y autoritaria.
La mujer, pillada por sorpresa, respondió sin vacilar:
– Yo estoy al mando. ¿Qué están haciendo aquí?
Más tranquilo al ver que hablaba inglés, Pitt señaló al matrimonio Lowenhardt.
– Encontramos a estos dos rondando por el cuarto piso. Nadie parecía saber cómo es que habían llegado allí. Nos dijeron que los entregáramos a los guardias en la azotea. Esos son ustedes.
La mujer miró a los Lowenhardt, que a su vez miraban a Pitt con una expresión de asombro y miedo.
– Conozco a estas personas. Son científicos que trabajan en el proyecto. Tendrían que estar encerrados en sus habitaciones.
– Hubo un incidente, un vehículo incendiado. Debieron de escapar en medio de la confusión.
La mujer, que vacilaba, no preguntó cómo era que los Lowenhardt habían acabado en el edificio de oficinas.
– ¿Quién le dijo que los trajera a la azotea?
Pitt se encogió de hombros.
– Una señora con un mono lavanda.
Los tres guardias que empuñaban los fusiles de asalto parecieron relajarse. Al parecer se habían tragado el cuento, aunque su superior dudaba.
– ¿Cuáles son sus puestos de trabajo? -preguntó la mujer.
Giordino dio unos cuantos pasos hacia el helicóptero y lo miró como si lo estuviese admirando. Pitt miró a la mujer directamente a los ojos.
– Trabajamos en los túneles. Nuestro supervisor nos mandó a la superficie para que disfrutáramos de dos días de descanso.
Por el rabillo del ojo vio que Giordino se situaba detrás de los guardias con mucho disimulo. La historia había funcionado antes; rezó para que lo hiciera de nuevo. Funcionó. La mujer asintió.
– Pero eso no explica por qué están ustedes en las oficinas centrales a estas horas de la noche.
– Nos han ordenado que bajemos mañana y nos dijeron que viniéramos aquí para recoger nuestros pases. -Esto último fue un error.
– ¿Qué pases? A los trabajadores de los túneles no les dan pases. Basta con la tarjeta de identificación.
– Oiga, sólo hago lo que me dicen -replicó Pitt, con tono enojado-. ¿Se hará cargo de los prisioneros o no?
Antes de que ella pudiera responder, Giordino ya tenía el pistolón en la mano. Con un movimiento velocísimo, descargó un golpe tremendo con el cañón en la cabeza de uno de los guardias, y sin solución de continuidad golpeó al segundo. El tercero dejó caer el fusil cuando vio que la pistola calibre.50 de Giordino le apuntaba entre los ojos.
– Esto pinta mucho mejor -comentó Pitt en tono bajo. Le sonrió a Giordino-. Un buen trabajo.
– Gracias. -Giordino le devolvió la sonrisa.
– Quítales las armas.
La mano de la mujer amagó un gesto hacia la cartuchera.
– Yo en su lugar no lo haría -le advirtió Pitt.
El rostro de la mujer estaba desfigurado por la cólera, pero era lo bastante lista como para saber que no tenía posibilidades. Levantó las manos mientras Giordino le quitaba la pistola.
– ¿Quién es usted? -preguntó, furiosa.
– Me gustaría que dejaran de preguntármelo. -Pitt señaló al único guardia que seguía en pie-. Quítese el uniforme. ¡Deprisa!
El guardia se apresuró a abrir la cremallera del mono y se lo quitó. Pitt hizo lo mismo con su mono negro, y se vistió con el azul.
– Pónganse boca abajo en el suelo, junto a sus compañeros -ordenó a la mujer y al guardia en calzoncillos.
– ¿Qué te propones? -preguntó Giordino tranquilamente.
– Al igual que las compañías aéreas, detesto despegar con un avión con la mitad del pasaje.
Giordino no necesitó hacer más preguntas. Se situó delante de los prisioneros para que vieran el arma que les apuntaba a la cabeza. Miró a los Lowenhardt.
– Es hora de abordar -dijo con voz firme.
La pareja mayor obedeció sin rechistar. Subieron al helicóptero, mientras Pitt entraba en el ascensor. Un par de segundos más tarde, se cerró la puerta y desapareció.