La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
– Es algo absolutamente nuevo para nosotros -manifestó Pitt-. No sé nada de que un producto milagroso que genera energía esté en las estanterías de las tiendas o que mueva automóviles.
– Yo tampoco -añadió Giordino.
– No lo entiendo. Nos dijeron que ya se habían fabricado millones de unidades en fábricas chinas.
– Lamento desilusionarlos, pero su gran descubrimiento continúa siendo un secreto para el mundo -dijo Pitt, compadecido-. Sólo se me ocurre que los chinos están acumulándolos por alguna razón inexplicable.
– ¿Qué tiene todo esto que ver con los túneles? -murmuró Giordino, que intentaba encontrar una explicación.
Pitt se sentó en una silla y miró con expresión pensativa el dibujo de la alfombra. Luego miró a su compañero.
– El almirante dijo que el ordenador de Yaeger había sacado la conclusión de que el propósito de los túneles era bajar la temperatura de la corriente del Golfo y así conseguir que el este de los Estados Unidos y el continente europeo padecieran de ocho meses al año de inviernos gélidos. -Se volvió hacia los Lowenhardt-. ¿Su tecnología está diseñada para ser utilizada en los automóviles?
– Todavía no. Claro que más adelante, con nuevos estudios y perfeccionamiento, generará una energía limpia que se podrá utilizar en toda clase de vehículos, incluidos aviones y trenes. Hemos superado la fase del diseño. Ahora mismo estamos trabajando en la fase final de ingeniería antes de realizar las pruebas.
– ¿Para qué sirve el artilugio? -preguntó Pitt.
Claus pareció encogerse al escuchar la palabra “artilugio”.
– El Macha es un generador autosostenible que puede proporcionar energía eléctrica a un coste muy bajo a todos los hogares, oficinas, lugares de trabajo y escuelas en todo el mundo. Convierte la contaminación del aire en una pesadilla del pasado. Ahora cualquier hogar, sea grande o pequeño, ya esté en la ciudad o en el rincón más remoto del país, puede tener su propia fuente de energía…
– ¿Ustedes le dieron el nombre de Macha?
– Fue el nombre que le dio el propio Specter cuando vio la primera unidad fabricada. Nos informó que Macha era el nombre de la diosa celta de la astucia, también conocida como reina de los fantasmas.
– Otra vez los celtas -musitó Giordino.
– La trama se complica -declaró Pitt enfáticamente.
– Se acercan los guardias -avisó Giordino desde su puesto junto a la puerta-. Me parece que son dos. -Se apoyó con todo el peso contra la hoja de madera.
En la habitación se hizo el silencio absoluto y todos escucharon las voces de los guardias que se acercaban por el pasillo. Al parecer estaban comprobando los cerrojos. Las pisadas se detuvieron delante de la puerta.
En los ojos de la pareja alemana apareció la expresión de pánico cerval del conejo al escuchar los aullidos de los coyotes, pero se esfumó cuando las pistolas automáticas de Pitt y Giordino aparecieron como por arte de magia, y comprendieron que estaban en compañía de unos hombres que dominaban la situación.
– Esta puerta está dañada -dijo uno en español.
Pitt susurró la traducción al inglés.
Uno de los guardias movió el picaporte y empujó, pero la puerta no se movió porque soportaba el peso de Giordino.
– Parece segura -comentó otra voz.
Pitt volvió a traducir.
– La repararemos por la mañana.
Pitt no había acabado de traducir cuando las voces y los pasos de los guardias se alejaron por el pasillo.
Pitt se volvió para mirar a los Lowenhardt con mucha atención.
– Tendremos que marcharnos de la isla. Ustedes vendrán con nosotros.
– ¿Crees que es sensato? -preguntó Giordino.
– Al menos es expeditivo. Estas personas son la clave del misterio. A la vista de lo que saben, no hay motivos para continuar rondando por aquí y correr el riesgo de que nos atrapen. Además, no conseguiríamos averiguar ni una décima parte de lo que saben.
– ¡No, no! -exclamó Hilda-. ¡No podemos marcharnos! En cuanto los guardias descubran que nos hemos fugado, los monstruos de Odyssey querrán vengarse y asesinarán a nuestros hijos.
Pitt cogió las manos de la mujer y se las apretó con ternura.
– Su familia estará protegida. Se lo prometo. Ninguno de ellos sufrirá el menor daño.
– No acaba de gustarme -dijo Giordino, que analizaba las circunstancias y las posibles consecuencias-. Cuando abandonamos la moto de agua, el único plan para escapar de la isla era hacernos con una embarcación o un avión, puesto que los guardias impedirían cualquier intento de rescate desde un helicóptero. No será fácil ejecutar ese plan si tenemos que hacernos cargo de un par de personas mayores.
Pitt se dirigió de nuevo a los científicos.
– Han pasado algo por alto y es que, cuando dejen de serles útiles, tendrán que eliminarlos a ustedes y a los demás científicos que tienen secuestrados. Specter no puede correr el riesgo de que divulguen lo que se ha hecho aquí.
La expresión en el rostro de Claus demostró claramente que por fin había comprendido el dilema en que se encontraban, aunque aún le costaba aceptar la realidad de las palabras de Pitt.
– No a todos. Es diabólico… No se atreverían a matarnos a todos. El mundo acabaría por descubrir la verdad.
– No si el avión que los lleva de regreso a casa se estrella misteriosamente en el mar. Más allá de la investigación para determinar las causas del accidente, nadie sabrá lo que ocurrió en realidad.
Claus miró a su esposa y apoyó un brazo sobre sus hombros.
– Mucho me temo que el señor Pitt tenga razón. Specter no puede permitir que ninguno de nosotros regrese vivo.
– En cuanto ustedes se lo cuenten todo a los reporteros, Specter no se atreverá a matar a los demás miembros de su equipo científico. Todos los organismos policiales de sus respectivos países se unirán para acabar con Specter y su imperio con todos los medios legales a su alcance. Créanme, marcharse ahora con nosotros es el único camino que tienen.
– ¿Puede garantizarnos que nos sacará de la isla sanos y salvos? -preguntó Hilda con voz vacilante.
Pitt parecía muy preocupado por la pregunta.
– No puedo prometerle algo que no puedo prever a ciencia cierta. Pero está claro que morirá si permanece aquí.
Claus apretó afectuosamente el hombro de su mujer.
– Bien, mamá, esta parece ser la oportunidad para ver de nuevo a nuestros seres queridos.
La mujer levantó la cabeza y le dio un beso en la mejilla.
– Entonces nos iremos juntos.
– Ya vuelven -anunció Giordino, con la oreja apoyada en la puerta.
– Si tienen ustedes la bondad de vestirse -le dijo Pitt a la pareja-, mi amigo y yo nos ocuparemos de los guardias. -Dio la espalda a los científicos, que comenzaron a vestirse, y se unió a Giordino, con la Colt.45 en la mano.
Pasaron los segundos mientras los guardias se acercaban por el pasillo. Pitt y Giordino esperaron pacientemente hasta que el sonido de los pasos les indicó que los guardias estaban al otro lado de la puerta. Giordino tiró violentamente del pomo y dejó que se estrellara contra el suelo. La sorpresa paralizó a los guardias, que se vieron arrastrados al interior de la habitación. Miraron con asombro las pistolas que les apuntaban a la cabeza.
– Al piso, rápido -les ordenó Pitt, mientras Giordino comenzaba a rasgar una sábana. En cuestión de segundos los desarmaron, ataron y amordazaron.
Cinco minutos más tarde, Pitt, escoltado por Claus y Hilda, y Giordino en la retaguardia, salieron del recinto, cruzaron la calle donde una multitud de guardias y bomberos rodeaban la barredora que continuaba ardiendo, y desaparecieron al amparo de las sombras.
38
Tenían un largo camino por delante. Los hangares, situados en el istmo al final de la pista, estaban a casi dos kilómetros del barracón donde habían estado prisioneros los Lowenhardt. Además de la fotografía aérea de las instalaciones para guiarse, en esos momentos contaban con la ayuda de los científicos, que conocían el trazado de las calles. Claus Lowenhardt acortó un poco el paso para hablar en voz baja con Giordino.
– ¿Su amigo tiene realmente el control de la situación?
– Digamos que Dirk es un hombre de infinitos recursos, capaz de salir con bien de las situaciones más complicadas.
– Usted confía en él. -Era una declaración más que una pregunta.
– Completamente. Lo conozco desde hace casi cuarenta años y jamás me ha dejado en la estacada.
– ¿Es un agente de inteligencia?
– Qué va. -Giordino no pudo contener la risa-. Dirk es ingeniero naval. Es el director de proyectos especiales de la National Underwater and Marine Agency. Yo soy su segundo.
– ¡Dios nos proteja! -murmuró Lowenhardt-. Si hubiese sabido que ustedes no eran agentes de la CIA, especializados en misiones secretas, no habría venido con ustedes ni arriesgado la vida de mi esposa.
– Sus vidas no podrían estar en mejores manos -le aseguró Giordino, en voz baja y dura como el cemento.
Pitt iba de un edificio a otro, siempre al amparo de las sombras y lejos de las farolas y los focos instalados en los techos. No era algo sencillo. El complejo estaba iluminado de un extremo a otro. Habían instalado focos en todos los edificios que bordeaban las calles para disuadir a cualquiera que intentase escapar. Debido a la iluminación, Pitt utilizaba los prismáticos en lugar de las gafas de visión nocturna para observar la zona y detectar la presencia de los guardias que pudieran estar agazapados en las sombras.
– Es curioso que no veamos a ningún guardia recorriendo las calles -murmuró.
– Eso es porque los guardias sueltan a los perros hasta la mañana -dijo Hilda.
Giordino se detuvo bruscamente.
– Usted no mencionó a los perros en ningún momento.
– No me lo preguntaron -respondió la mujer.
– Estoy seguro de que son dobermann -gimió Giordino-. Detesto a los dobermann.
– Hemos tenido mucha suerte de llegar hasta aquí -dijo Pitt con toda sinceridad-. A partir de ahora tendremos que redoblar las precauciones.