Perdona Pero Quiero Casarme Contigo
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
Guido se echa a reír.
– No creo que puedas… ¿Cuánto duraría vuestro matrimonio?
Niki sonríe y hace cuernos con la mano.
– ¡Eh, quédate tú con la mala suerte!
– Si lo piensas, deberían traer suerte y, en cambio, la mayor parte de las veces son precisamente ellos los que ponen fin a un matrimonio: ¡los cuernos! -Guido prosigue sin darle tiempo a responder-: Mira ahí -indica el grupo que está debajo de la grada de asientos, los chicos que bailan.
En medio de ellos, ligeramente colocada, una chica se mueve divertida y suelta, el pelo le ondea sobre los hombros, tiene los ojos cerrados y va descalza, con la mano izquierda sujeta un canuto y con la derecha una cerveza, alterna sin distinguir uno de otro con un único deseo: aturdirse.
– Es una de mis ex novias. Tiene veintitrés años… Va atrasada en los estudios, pero hicimos un montón de proyectos juntos, estuvimos de maravilla durante un año y medio. Después sucedió algo. Empezó a fumar. Porros también, a beber cerveza y otras cosas que jamás había probado. ¿Lo entiendes? De un extremo al otro sin motivo alguno.
– Tal vez tú no veas la razón, pero todo tiene su porqué… Sólo que a veces a vosotros, los hombres, se os escapa.
Guido esboza una sonrisa.
– Ya. ¿Y en cambio tu futuro marido tendrá siempre la capacidad de comprenderte? ¿Sabrá observar lo que está sucediendo? ¿Adaptarse y seguirte en tus cambios?
– Oh…, yo me fío de él…
– De hecho, no me cabe ninguna duda. Es de ti de quien no debes fiarte…
Niki echa la melena hacia atrás y se ríe.
– ¡De mí! Faltaría más.
– «Quien renuncia a la libertad para alcanzar la seguridad no se merece ni la una ni la otra», decía Franklin. Además, el exceso de seguridad te hace resbalar con mayor facilidad…
– Veo que no eres el hombre Perugina, sino el de las citas.
– Pues sí, sé muchas. Pero si salimos a cenar te prometo que no diré ninguna y te hablaré de otras cosas… Siempre y cuando tú no tengas miedo, claro.
Niki vuelve a ponerse seria.
– Ya te he dicho que no tengo miedo, al igual que tampoco tengo ningún motivo para salir a cenar contigo -y, dicho esto, se marcha dejándolo allí plantado, entre divertido y curioso, satisfecho en cualquier caso de haber conseguido agitar algo en ella.
Guido sonríe optimista creyendo haber adivinado de qué se trata.
Setenta y uno
Son las ocho. El ritual del aperitivo. Una música lounge envuelve el local mientras unos raudos camareros preparan cócteles y sirven el vino y el champán en las copas. En la barra se exhiben varios canapés apetitosos, salsas, patatas fritas, pistachos y avellanas. Un poco de verdura salteada y algunas pizzas llenan varias bandejas. Por todas partes cuelgan corazones y bandas rojas con las palabras «I love you». Susanna se echa el pelo hacia atrás.
– ¿Has visto cuánta gente? ¡Y no sólo hay parejas!
Cristina mira alrededor.
– Sí, en efecto, también hay varios grupos de chicos y chicas.
Susanna da un sorbo a su Negroni.
– Mmm, mira ese de ahí…
Cristina se inclina en su taburete. Un tipo alto y moreno está de pie al lado de la barra, junto a la entrada, con aire de aburrimiento.
– Apuesto algo a que está esperando a su novia.
– Yo creo que no. -Susanna le indica que se acerque con un ademán.
– ¡Susanna! Pero ¿qué haces? -Cristina se tapa la cara con la mano.
El chico mira perplejo a Susanna. A continuación sacude la cabeza y coge su vaso. Se acerca a ellas. Va bien vestido, es joven y luce un ligero bronceado. Cristina se vuelve hacia el otro lado.
– No, por favor, Susanna, te lo ruego…
– ¿Qué más te da? Pero si está como un tren…
El joven llega junto a Susanna.
– ¿Me has llamado?
– Sí. Escucha, mi amiga y yo estamos buscando un sitio a donde ir esta noche…, un sitio que esté bien, ya sabes, para celebrar…
El tipo mira a Cristina, que no sabe dónde meterse.
– Ah, bueno…, podéis probar en Joia, en via Galvani. Van muchos vips y las mujeres pagan menos por entrar. En el último piso tienen también un restaurante, pero es estilo privé, no sé si esta noche…
Susanna lo observa complacida.
– Óptimo consejo. Es más, si no estás ocupado, ¿por qué no te apuntas? Nos vemos allí a eso de las doce… Mi amiga y yo iremos a cenar y después nos pasaremos seguramente por Joia. Nos has convencido, ¿verdad, Cri? -Susanna se vuelve una vez más hacia Cristina, que asiente avergonzada-. Mi amiga es tímida, ¿sabes?, pero también le apetece. En fin, ¿nos vemos allí? ¿O estás esperando a tu chica?
El joven sonríe.
– No, sólo he venido a tomar un aperitivo. Está bien, podemos quedar después en el Joia, así nos conocemos mejor. Adiós, guapas… -y le guiña un ojo a Susanna.
Apenas se aleja, Susanna suelta una carcajada.
– ¡Por el amor de Dios, Cri, relájate! No hacemos daño a nadie. ¿Has visto qué chulito?
– Susanna, no lo conoces de nada, ¿cómo has podido quedar así?
– ¡Pero si no me he casado con él! Venga, divirtámonos, vayamos a dar una vuelta… -Coge a Cristina del brazo y echan a andar.
Otros chicos del local se percatan de su presencia y les dicen algo cuando pasan por delante de ellos. Un cumplido. Una frase. Un intento de entablar conversación. Susanna ríe y les da cuerda. Dos hombres de unos cuarenta años se aproximan a ellas. Susanna pega la hebra y empieza a bromear con ellos. A todos les dice que vayan al Joia a medianoche.
– Susanna, ¿has pensado qué vamos a hacer después?
– ¡Muy sencillo! ¡No haremos nada! ¡Venga, vayamos a cenar!
Al cabo de media hora, Susanna y Cristina se encuentran en una taberna. Comen alegres, beben vino tinto y brindan. Cristina empieza a soltarse. Admira a su amiga, que sabe distraerse. La verdad es que debería aprender de ella. Tengo que volver a vivir, a sentirme mujer. También en el restaurante Susanna se las arregla para quedar en el Joia con unos hombres que ocupan la mesa contigua. A continuación pagan la cuenta. Corren hacia el coche haciendo el tonto, jadeando.
– ¡Estás loca, Susanna!
– ¿Sabes cuánto tiempo hace que no me sentía así? ¿Y tú? ¿Estás bien?
– ¡Puedes estar segura!
Susanna pone en marcha el coche.
– Es casi medianoche. ¡Vamos a ver a esos memos que hemos pescado esta noche! -Y arranca a toda velocidad.
Poco después llegan al Joia. Frenan y los ven a todos en la puerta. El guaperas, el grupo de chicos, los dos cuarentones y los de la mesa de al lado. Todos esperan de pie delante de la puerta mientras fuman o hablan.
– ¡No me lo puedo creer! ¡Han venido de verdad! -exclama Cristina mirando por la ventanilla.
– ¿Te imaginas qué pasaría si ahora nos apeáramos y nos acercáramos a ellos? ¿Si nos vieran?
– ¡Se pegarían!
Susanna y Cristina se miran.
– ¡No, nos pegarían a nosotras! -Y sueltan una carcajada.
Susanna acelera y se pierden en la noche romana, locas de felicidad como dos adolescentes.
Setenta y dos
– Gracias, ¿eh?… -dice Niki interrumpiendo a Giulia, a Barbara y a Sara, sus compañeras de facultad.
– ¿Gracias por qué? -responde Sara sorprendida.
– ¿Teníais que contarle que me caso precisamente a Guido?
Giulia es la primera en tranquilizarla.
– Yo no le he dicho nada.
Barbara y Sara se exculpan a su vez.
– Yo tampoco, te lo juro…
– Ni yo, quizá haya hablado con los chicos…
Barbara se encoge de hombros.
– ¿Cómo íbamos a callarnos una noticia tan bonita como ésa? Pero ¿por qué lo dices? ¿Te ha molestado?