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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– Está bien, adiós, cariño. ¡Te dejo con tu cena!

– Muy bien, hasta luego, diviértete.

– Tú también.

Alex vuelve a la mesa.

– Perdonad.

– ¿Era Niki?

La esposa del director lo mira de soslayo. Alex desdobla su servilleta y se la coloca sobre el regazo.

– Sí.

El director prosigue, impertérrito.

– ¡Los preparativos están al rojo vivo!

– ¿Los preparativos para qué? -esta vez, la esposa del director no parece despechada, sino sólo curiosa.

– ¿Puedo? -el director mira a Alex.

– Claro -y le gustaría añadir: «¡Si ya lo has dicho, no veo cómo puedo detenerte!»

– ¡Alex se casa!

– ¡Caramba! ¡Pero eso es fantástico! ¡Genial! -Soldini le estrecha la mano-. ¡Lo vuestro es una historia de cuento de hadas!

– Gracias, gracias… -Alex está ligeramente cohibido.

Su mirada se cruza con la de Raffaella, la ayudante. La joven del «buen tipo» parece sinceramente contenta.

– Felicidades -dice-. Es la chica de La Luna, ¿verdad?

– Sí…

– Es guapísima. Me alegro por los dos. El director recupera el mando de la situación. -Bueno, sugiero que pidamos la comida, así podremos hablar un poco sobre nuestro proyecto, ¿os parece bien?

Y todos abren casi automáticamente la carta y empiezan a elegir los platos curiosos e indecisos, recordando lo que han tomado a la hora de la comida y procurando no excederse con las calorías. ¿Mejor un entrante y un segundo o un primero con guarnición? ¡En cualquier caso, el postre no me lo quita nadie!

– Mmm, qué rico, ¡pato con arándanos!

– ¿Qué son los paccheri?

– Es un tipo de pasta, como macarrones pero más grandes.

– Ah, gracias.

Mientras siguen decidiendo curiosos e indecisos, Raffaella observa a Alex desde detrás del menú mientras una serie de ideas pasan por su mente. Él no se percata. Raffaella sonríe y hace una simple consideración finaclass="underline" sí, pero todavía no se ha casado. De manera que cierra el menú, particularmente satisfecha.

– Yo ya he elegido.

– ¿Qué vas a tomar?

Y mientras alguien le pregunta por los platos que piensa pedir, Alex finge también interés. En realidad sabe de sobra que ella lo está mirando. No hay remedio, algunos juegos son claros de inmediato. Queda, sin embargo, por determinar si se trata de un mero deseo de jugar o si la apuesta es demasiado alta.

– Espaguetis Norma para empezar…

– Mmm, ¡parecen deliciosos! Tomate, ricotta salada y berenjenas…

– ¿No serán un poco pesados?

Raffaella se encoge de hombros.

– Pero me gustan demasiado… ¡Me arriesgaré! -Mira de nuevo a Alex, que, en esta ocasión, no consigue evitar su mirada.

– Ah, no, yo pediré algo más ligero… Directamente un segundo. Un filete con un poco de ensalada… He engordado unos kilos…

Raffaella sonríe sin añadir nada más. Después enrojece a su pesar, pero por suerte nadie se da cuenta. Se le acaba de ocurrir una idea para hacerle adelgazar.

Sesenta y nueve

El móvil de Cristina suena. Tras enrollarse una toalla alrededor de la cabeza, se precipita hacia la sala, donde lo ha dejado.

– ¡Dígame!

– Hola, ¿dónde estabas?

– Hola, Susanna, estaba en la ducha, pero había terminado ya. Me ha dado tiempo a contestar.

– ¡Menos mal! Oye, quería hacerte una propuesta… Esta noche es San Valentín.

Cristina se frota el pelo, que gotea sobre la alfombra.

– Lo sé.

– La verdad es que las dos rompimos poco antes de la fiesta, ¿eh?

– Sí…, por lo visto no tenemos nada que celebrar.

– Eso lo dices tú, tesoro. Te estoy llamando por eso mismo. ¡Salgamos juntas las dos, venga! Vayamos a cenar a alguna parte y relajémonos; Le dejaré los niños a mi madre.

– Sí, genial… Menuda diversión, ver a todas esas parejas pasándoselo en grande. Además, estaba a punto de cenar, de ponerme el pijama y ver una película.

– Menudo plan. Venga, ¿lo celebramos como solteras o no?

– ¡Pero si mañana es San Faustino, el patrón!

– Bueno, lo peor que nos puede pasar es que crean que somos pareja. ¡Como nos ha ido mal con los hombres, ahora nos dedicamos a las mujeres!

Cristina esboza una sonrisa. Hay que reconocer que Susanna es fuerte.

– Pero estará ya todo reservado, seguro…

– ¡Y qué más da! Salgamos sin rumbo fijo, empecemos con un aperitivo. Venga, dentro de una hora paso por tu casa. Y ponte guapa ¿eh? No quiero verte en chándal o desaliñada, sino vestida con lo mejor que tienes y bien maquillada. -Cuelga sin darle tiempo a contestar.

Cristina mira el móvil y sacude la cabeza. Luego se encamina hacia su dormitorio y abre el armario. Echa un vistazo a los vestidos. Elige dos o tres. Se percata de que hace mucho que no se los pone. A Flavio le gustaba el negro. Cristina se lo apoya encima del cuerpo y se mira al espejo. Acto seguido lo suelta y coge otro de color lila con unas diminutas flores blancas y los puños un poco fruncidos. Un poco más alegre. Con las botas beis debajo quedará muy bien. Acaba de secarse. Se viste y después se pone un poco de rimel, sombra de ojos lila y brillo de labios. Ya está. Se mira en el espejo. Sí, esta noche quiero relajarme como sea.

Setenta

La música enloquece en un rincón de la sala. Algunos bailan. Unos chicos sentados en el pasillo charlan, se ríen, beben cerveza, uno se lía un cigarrillo con tabaco de picadura, otro que se encuentra un poco más apartado está encendiendo uno de efectos especiales.

En la gran aula hay algunos sentados sobre los escalones o sobre los pupitres, otros, más cumplidores o, cuando menos, más puntuales, han tomado ya asiento en las sillas. La puerta que se encuentra al fondo de la sala, en el centro de la pequeña grada de asientos, se abre de repente y sale Renato Materia, el joven y robusto artista de izquierdas, según asegura al menos en la octavilla que ha pasado de mano en mano por todas las universidades. Se hace con el micrófono de cable que está apoyado sobre el escritorio del profesor y empieza a rapear sin más preámbulos. Se mueve agitando tan sólo la cabeza, de vez en cuando se detiene y alza un brazo con el puño cerrado, como si pretendiera subrayar la fuerza de su convicción personal.

– Mentirosos y ladrones, falsos políticos, gurús fanáticos, alejaos de este mundo y sacad las manos de nuestro círculo. Nosotros somos los de la sustancia, los que odian la simple apariencia, los que hablan al salir de la estancia y no se apagan en la indiferencia. Nosotros somos los que estamos dentro y a los que las palabras les suponen un tormento, somos los que siempre se divierten y jamás se avergüenzan de decir basta. Mentirosos y ladrones, falsos políticos, gurús fanáticos, mejor enamoraos e id a ese bonito puente, encadenaos con un candado y bañaos con la llave… Un buen salto desde la barandilla. ¡Y nosotros seremos libres! ¡Libres! ¡Volveremos a ser libres, libres!

Entonces, en el fondo del aula, un megáfono aparece de la nada y se eleva con firmeza la voz de Adriano Mei, uno de los más radicales.

– ¡Sí, libres de ti!

Es la señal, el grito de guerra.

– ¡Al ataque!

De todos los rincones de la sala empiezan a llover hortalizas: tomates, apio…, toda clase de verduras podridas. Adriano Mei sigue con su personalísima lucha sin soltar el megáfono.

– ¡Payaso, mentiroso, falso artista de izquierdas! Eres un vendido… No apoyaste una iniciativa de beneficencia porque querías más dinero. Eres un puerco, un hijo del sistema… Aféitate esa barba, déjate crecer otra cosa, que te reconozcan, no te escondas, maldito impostor.

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