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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– Ya te dije que conforme a mis planes -me contestó-, había dos hombres importantes para tu futuro. Hace unas semanas conociste a Nobu. El otro hombre ha estado fuera de la ciudad, pero con la ayuda de este kimono roto estás a punto de conocerlo. ¡Qué buena idea me dio ese luchador de sumo! Ardo en deseos de ver cómo reacciona Hatsumono cuando vuelvas de entre los muertos. ¿Sabes lo que me dijo el otro día? Me dijo que no podía estarme más agradecida por haberte llevado a la exhibición de sumo. Que le había merecido la pena haberse tomado la molestia de llegar hasta allí sólo por ver cómo le ponías ojitos al Señor Lagarto. Estoy segura de que cuando estés con él, te dejará en paz, a no ser que se deje caer para ver por sí misma. Eri realidad, cuanto más hables de Nobu cerca de ella, mejor. Pero no has de decir nunca ni una palabra del hombre que vas a conocer esta tarde.

En cuanto oí esto empecé a sentirme fatal, aunque intentaba parecer contenta con lo que me había dicho; pues, como tal vez sabes, un hombre nunca tendrá una relación íntima con una geisha que haya sido amante de un socio. Una tarde, en los baños, muchos meses antes, había escuchado a una joven geisha que trataba de consolar a otra que acababa de enterarse de que su nuevo danna iba a convertirse en socio del hombre con el que soñaba. No se me había pasado por la cabeza al mirarla que yo también me encontraría un día en su misma situación.

– Señora -le dije- ¿me permite que le pregunte? ¿Forma parte de sus planes que Nobu-san llegue un día a ser mi danna?

A modo de respuesta, Mameha bajó la brocha de maquillaje y me lanzó una mirada a través del espejo que podría haber detenido un tren, de verdad.

– Nobu-san es un hombre encantador. ¿Me estás sugiriendo que te avergonzarías de que fuera tu danna? -me preguntó.

– No señora, en absoluto. No quería decir eso. Sólo hacía conjeturas…

– Muy bien. Pues entonces sólo tengo dos cosas que decirte. En primer lugar, que eres una chica de catorce años totalmente desconocida. Serás muy afortunada si logras tener el suficiente estatus como geisha para que un hombre como Nobu considere la idea de proponerse como tu danna. En segundo lugar, Nobu-san no ha encontrado todavía la geisha que le agrade lo bastante para tomarla como amante. Supongo que te sentirás muy halagada de ser la primera.

Me ruboricé de tal forma que me parecía que estaba incandescente. Mameha tenía razón; fuera lo que fuera a ser de mí en el futuro, podía considerarme afortunada si se fijaba en mí un hombre como Nobu. Si Nobu era inalcanzable, cuánto más lo sería mi Presidente. Después de haberlo vuelto a encontrar en la exhibición de sumo, había empezado a pensar en todas las posibilidades que la vida me ofrecía. Pero ahora, tras escuchar las palabras de Mameha, me sentí atravesando un océano de dolor.

Me vestí rápidamente, y Mameha me condujo a la okiya en la que ella había vivido hasta hacía seis años, cuando pudo independizarse. En la puerta nos recibió una criada de edad, que chasqueó los labios y meneó varias veces la cabeza.

– Hemos llamado al hospital antes -dijo-. El doctor se va a casa hoy a las cuatro. Son casi las tres y media, no sé si te das cuenta.

– Lo llamaremos antes de ir, Kazuko-san -le contestó Mameha-. Estoy segura de que me esperará.

– Eso espero. Sería terrible dejar a la pobre niña sangrando.

– ¿Quién está sangrando? -pregunté asustada; pero la criada sólo me miró suspirando y nos condujo escaleras arriba hasta el pequeño rellano del segundo piso, que estaba abarrotado de gente. En el espacio de dos tatamis, nos apretujábamos además de Mameha y yo y la criada que nos había conducido hasta allí, otras tres jóvenes y una cocinera, muy alta y delgada y cubierta con un delantal impecable. Todas ellas me miraron con cautela, salvo la cocinera, que se echó una toalla al hombro y empezó a humedecer uno de esos cuchillos que se utilizan para cortar la cabeza del pescado. Me sentí como una rodaja de atún recién entregada por el pescadero, pues ya me había dado cuenta de que era yo la que iba a sangrar.

– Mameha-san… -balbucí.

– Ya sé lo que me vas a decir, Sayuri -me dijo, lo que me pareció interesante, pues ni yo misma sabía qué iba a decir-. ¿No me prometiste antes de ser tu hermana mayor que harías todo lo que yo te dijera?

– Si hubiera sabido que también se incluía que me abrieran el hígado…

– Nadie te va a cortar el hígado -dijo la cocinera, en un tono que se suponía que debía de haberme tranquilizado, pero que no logró hacerlo.

– Sayuri, te vamos a hacer un cortecito en la piel -me dijo Mameha-. Sólo será un pequeño corte, lo bastante para que puedas ir al hospital y conocer a cierto doctor. El hombre que te decía, ¿sabes? Es médico.

– Pero ¿no puedo hacer que me duele el estómago?

Lo dije totalmente en serio, pero todo el mundo se creyó que había hecho un chiste, pues se echaron a reír, incluso Mameha.

– Sayuri, todas lo estamos haciendo por tu bien -dijo Mameha-. Sólo tenemos que hacerte sangrar un poquito, lo bastante para que el doctor quiera echarte un vistazo.

Un momento después, la cocinera había terminado de afilar el cuchillo y se puso de pie a mi lado, tan tranquila como si me fuera a ayudar a maquillarme -salvo que tenía un cuchillo en la mano-. Kazuko, la criada anciana que nos había recibido, me apartó con ambas manos el cuello del kimono. Me entró pánico; pero afortunadamente Mameha habló.

– Vamos a hacerle el corte en la pierna -dijo.

– No, en la pierna no -dijo Kazuko-. En el cuello es mucho más erótico.

– Sayuri, por favor, vuélvete y enséñale a Kazuko el roto que tienes en el kimono -me dijo Mameha. Cuando hice lo que me pedía, continuó-. ¿Cómo vamos a explicar el rasgón en la parte de atrás del kimono si el corte es en el cuello y no en la pierna?

– ¿Cómo se relacionan las dos cosas? -preguntó Kazuko-. Lleva un kimono rasgado y tiene un corte en el cuello.

– No sé qué charlotea Kazuko -dijo la cocinera-. Tú sólo dime dónde quieres que le haga el corte, Mameha-san, y yo se lo haré.

Estoy segura de que debía de haberme gustado oír esto, pero no me gustó.

Mameha envió a una de las jóvenes criadas a buscar una barra de pigmento rojo del que se usa para perfilar los labios, y entonces lo pasó por la raja del kimono y me hizo una marca detrás del muslo, justo debajo de la nalga.

– Tienes que hacérselo exactamente aquí -le dijo Mameha a la cocinera.

Yo abrí la boca, pero antes de poder hablar, Mameha me dijo:

– Túmbate y no te muevas, Sayuri. Si nos retrasas más, me enfadaré.

Mentiría si dijera que la obedecí gustosa; pero, claro, no tenía otra elección. Así que me tumbé sobre una sábana extendida en el suelo y cerré los ojos, mientras Mameha me subía el kimono, descubriéndome casi hasta las caderas.

– Recuerda que si el corte tiene que ser más profundo, siempre estás a tiempo de repetirlo -dijo Mameha-. Empieza con el más superficial que puedas hacer.

Me mordí el labio en cuanto sentí la punta del cuchillo. Y creo que también se me escapó un pequeño quejido, pero no estoy segura. En cualquier caso, sentí un presión y luego Mameha dijo:

– Tampoco tan superficial. Apenas has pasado de la primera capa de piel.

– Parecen unos labios -le dijo Kazuko a la cocinera-. Has hecho una línea justo en el medio de la mancha roja, y parecen un par de labios. El doctor se va a reír.

Mameha estuvo de acuerdo y borró la mancha de pigmento después de que la cocinera le asegurara que sabía dónde era. Un momento después volví a sentir la presión del cuchillo.

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