Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– ¿Cómo lo sabe?
– Kimmie pasó la noche conmigo varios fines de semana. Dormía mal, como si ocultara algo que no la dejaba tranquila. Decía su nombre en sueños.
– ¿Qué nombre?
– ¡El del chico! ¡El de Kyle!
– ¿Parecía asustada o atormentada?
Se echó a reír. Una risa que le salía de lo más hondo, de donde salen las carcajadas que son una defensa y no una mano tendida.
– No, no parecía atormentada. En absoluto. Kimmie no era así.
El policía iba a mostrarle el osito cuando el silbido de las cafeteras que se alineaban en la barra distrajo su atención. Si pensaban dejarlas ahí hasta que acabara la cena, no encontrarían más que brea.
– ¿Podemos tomar una taza? -preguntó sin aguardar la respuesta. Tal vez un buen café compensara las cien horas que llevaba sin comer como Dios manda.
Jeppesen le indicó por señas que él no quería.
– ¿Kimmie era mala? -preguntó Carl mientras se llenaba la taza aspirando el aroma del café.
A su espalda no se oyó respuesta alguna.
Cuando se volvió con la taza en los labios y las aletas de la nariz estimuladas por el aroma del sol que en su día brillara sobre los cafetales de algún campesino colombiano, la silla de Klavs Jeppesen estaba vacía.
La audiencia había concluido.
29
Había hecho el recorrido de ida y vuelta del planetario a Vodroffsvej de diez modos diferentes. Por las escaleras y los caminos que comunicaban el lago con Gammel Kongevej y Vodroffsvej, siempre de un lado a otro y tratando de no acercarse demasiado a la parada de autobús del pasaje del Teatro, donde imaginaba que estarían esos hombres.
De vez en cuando se sentaba en la terraza del planetario con la espalda contra los cristales y los ojos clavados en el jugueteo del sol en la fuente del lago. Alguien por detrás de ella alabó las vistas, pero a Kimmie le traían totalmente sin cuidado. Hacía años que no se dejaba llevar por esas cosas. Lo único que le interesaba era ver a los tipos que habían reventado a Tine, husmear a sus perseguidores, averiguar quién les hacía el trabajo sucio a esos cabrones.
No dudó ni un instante de que volverían. Eso era lo que más miedo le daba a Tine, y seguramente no se equivocaba. Querían atraparla a ella, Kimmie, y no iban a darse por vencidos así como así.
Tine era el nexo de unión. Pero Tine ya no estaba.
Cuando se oyó aquel estruendo y la caseta saltó por los aires, se alejó rápidamente. Tal vez la vieran unos niños al pasar a toda velocidad por delante de la piscina, pero eso era todo. Al llegar al otro lado de los edificios de Kvægtorvsgade se arrancó el abrigo y lo metió en la maleta. Después se puso una cazadora de ante y se colocó un pañuelo negro en la cabeza.
Al cabo de diez minutos estaba delante del mostrador luminoso del Hoten Ansgar mostrando un pasaporte portugués que había encontrado años atrás en una de las maletas que robaba. No estaba cien por cien igual que en la foto, pero ya habían pasado seis años…, ¿y quién no cambia en ese tiempo?
– Do you speak english, Mrs. Teixeira? -le preguntó el amable conserje. El resto fue una pura formalidad.
Por espacio de una hora se acomodó bajo una de las estufas de gas del jardín interior con un par de copas. Así la iban conociendo.
A continuación durmió casi veinte horas seguidas con la pistola bajo la almohada y la imagen de una temblorosa Tine en la retina.
Así empezó su nueva vida, cuando echó a andar hacia el planetario; allí, y tras ocho horas de espera, encontró al fin lo que buscaba.
Era un tipo flaco, casi escuálido, cuyos ojos se clavaban alternativamente en la ventana de Tine del quinto piso y en la entrada del pasaje del Teatro.
– Vas a tener que esperar un buen rato, desgraciado -murmuró Kimmie desde el banco que había en Gammel Kongevej a la altura del planetario.
Alrededor de las once de la noche vinieron a relevarlo. No cabía duda de que el recién llegado tenía un estatus más bajo que el que se iba. La cuestión era ver cuánto se acercaba el nuevo. Como un perro que quiere la comida, pero antes debe husmear para saber si es bien recibido.
Por eso era él y no el otro quien tenía que ocuparse del turno del sábado por la noche. Y por eso Kimmie decidió irse también.
Siguió al tipo flaco a una distancia prudencial y llegó al autobús en el mismo instante en que se iban a cerrar las puertas.
Al subir se fijó en cómo tenía la cara. El labio inferior partido, una herida en una ceja y cardenales que iban siguiendo el nacimiento del pelo desde la oreja hasta el cuello como si se hubiera teñido con henna y no se hubiese aclarado bien el exceso de tinte.
Iba mirando por la ventanilla, acechando la acera con la esperanza de encontrar a su presa en el último instante. Solo al llegar a Peter Bangs Vej empezó a relajarse.
Está libre y no tiene prisa, pensó Kimmie. Nadie lo esperaba, se veía en su actitud. En su indiferencia. De haber tenido una niña, un cachorro o un salón caldeado donde tomar de la mano a alguien con quien compartir risas y suspiros, habría respirado más hondo, más libre. No, no podía ocultar la angustia que le acongojaba el alma y el cuerpo. Nadie lo esperaba en casa. No tenía prisa.
Como si ella no supiera lo que era eso.
Se apeó al llegar al Damhuskroen y no preguntó por el espectáculo de la noche. Llegaba tarde, y al parecer lo sabía. Muchos ya se habían reunido con sus ligues de una noche e iban rumbo a su aventura. Colgó el abrigo y entró en el enorme local sin mayores ambiciones. ¿Cómo era posible que su estado de ánimo fuera tan deplorable como su aspecto? Pidió una cerveza de barril y se sentó en la barra a observar de reojo hacia las mesas y hacia la multitud para ver si una mujer, daba igual cuál, le devolvía la mirada.
Kimmie se quitó el pañuelo y la cazadora y le pidió a la empleada del guardarropa que le cuidara bien el bolso. Después se adentró en el local con gesto seguro, los hombros echados hacia atrás y emitiendo discretas señales con los pechos a cualquiera que aún pudiese centrar la mirada. Sobre el escenario, una orquesta de cuarta que armaba un estruendo de primera acompañaba a las parejas de baile que se tanteaban con cautela. Ninguno de los que bailaban bajo el firmamento cristalino de tubos de vidrio parecía haber dado con su media naranja.
Sintió la punzada de los ojos que se clavaban en ella y la inquietud que se extendía por las mesas y en los asientos de la barra.
Comprobó que llevaba menos maquillaje que las demás mujeres. Menos maquillaje y menos grasa en las costillas.
¿Me reconocerá?, se preguntó mientras paseaba lentamente la mirada por todos aquellos ojos suplicantes hasta llegar al flaco. Allí estaba, como todos los demás, listo y pronto a actuar a la mínima señal. El flaco se acodó en la barra con indiferencia y alzó un poco la cabeza. Sus ojos expertos evaluaron si esperaba a alguien o si era una presa disponible.
Cuando ella le regaló una sonrisa por entre las mesas, el tipo respiró hondo una sola vez. Le costaba creerlo, pero joder, qué ganas tenía.
Al cabo de no más de dos minutos, Kimmie recorría la pista de baile con un maromo sudoroso al mismo ritmo calmado que todo el mundo.
Pero el flaco había tomado nota de su miradita y sabía que había elegido. Se irguió, luego se arregló el nudo de la corbata y trató como pudo de que su rostro maltrecho y demacrado resultara más o menos atractivo a aquella luz ahumada.
La abordó en mitad de una canción y la cogió por el brazo. Le pasó el suyo por la espalda con cierta torpeza y la atrajo hacia sí. Kimmie advirtió que no eran dedos expertos. El corazón de aquel tipo le latía desbocado contra el hombro.