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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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– Concédame dos semanas más, señor Welles. Mientras duren los Juegos. Debe centrarse únicamente en los alrededores de Friburgo. Si no hay suerte, tendré que buscar otras vías. Le ofrezco cinco mil libras más por las dos semanas. ¿Lo hará por mí?

Desde el interior del restaurante se oían toques de trompeta y el rugido de miles de personas, una cabalgata de homenaje que en aquel mismo instante retumbó calle abajo, desde todas las ventanas. Un pequeño destello del vaso que Welles había movido y toqueteado insistentemente atrapó la gravedad de su rostro haciendo que brotara una sonrisita en la comisura de sus labios. Le tendió la mano apaciblemente y dijo:

– ¡En ese caso, tendrás que llamarme Keith!

A pesar del calor y los riesgos sanitarios que siempre están la-lentes cuando miles de personas se encuentran confinadas en un mismo lugar, Bryan no tuvo demasiado trabajo en la Villa Olímpica. Los casos graves de infección estomacal brillaron por su ausencia. El único contacto que, hasta entonces, había mantenido Bryan con la delegación inglesa había sido telefónico. Ya el primer día, cuando se había registrado, le habían entregado el pase para los estadios y las invitaciones habituales a diversas recepciones y eventos. Pero aunque el tiempo se le hacía eterno, nunca sentía deseos de estar acompañado. Como un pequeño viento en el ojo del huracán, Bryan se dejaba arrastrar medio adormilado a través de los acontecimientos que tenían lugar a su alrededor y que tenían a todo el mundo en vilo. «Te envidio», le decía Keith Welles cuando lo llamaba para informarle de sus pesquisas. «No te envidio», le decía Laureen durante sus conversaciones diarias, mintiendo.

La Villa Olímpica era un hervidero. Todo el mundo estaba en constante movimiento. Nadie parecía advertir su presencia. Los escasos ratos que pasaba fuera de la habitación los dedicaba a pasear por la ciudad. En las cafeterías de los grandes almacenes, en los museos, en los bancos de los parques que estaban a punto de rendirse bajo el eterno verano que se había ceñido sobre la ciudad.

La espera le resultaba insoportable. Ni siquiera los libros le servían de consuelo. La tentación de investigar la gran cantidad de empresas farmacéuticas de la zona no era suficientemente acuciante.

Todo giraba alrededor de James.

«A lo mejor me estoy haciendo viejo», pensó Bryan con la mirada fija en el televisor apagado en el rincón más alejado de la habitación. Vendrían otros Juegos Olímpicos después de éstos. Si quería presenciarlos, siempre podría pagárselo.

Cuando hubieron transcurrido diez días y Welles llamó para dar parte de sus logros, su tono de voz había cambiado.

– Es posible que tenga algo para ti, Bryan.

Las palabras le llegaron como ondas expansivas. Bryan había dejado de respirar.

– No esperes demasiado, pero creo que he encontrado a tu Hombre Calendario.

– ¿Dónde estás?

– En Stuttgart, pero él está en Karlsruhe. ¿Podríamos encontrarnos allí?

– Tendré que alquilar un coche. ¿No podría recogerte de camino?

Bryan no esperaba ninguna respuesta y juntó las piernas. Era como si estuviera a punto de tener diarrea.

– Antes voy a tener que informar de mi marcha. ¡Puedo encontrarme contigo dentro de tres horas!

Era evidente que a Welles no le gustaban las prisas. El imponente coche alquilado no hacía ruido. No era la afición a la velocidad lo que llevaba a Bryan a alquilar un Jaguar; era más bien una cuestión de orgullo patriótico. Sin embargo, el coche tiraba; demasiado, según Welles. Se reclinó en el asiento intentando no mirar la calzada.

– Me propuse encontrar a un verdadero excéntrico para quien llevar la cuenta de los años, los meses, las semanas y los días fuera el epicentro de su existencia. Partiendo de esta premisa, sólo era cuestión de averiguar si ese tal Werner Fricke todavía seguía con vida. Si así era, antes o después tendría que aparecer, sólo era cuestión de insistir con las llamadas telefónicas. Puede sonar sencillo, pero llevo días enteramente dedicado a la búsqueda. Tal vez un profesional lo habría hecho de otra forma, pero yo llamé a todos y cada uno de los centros de tratamiento que pude encontrar. Creo que éste era el número cincuenta y pico.

– ¿Y Gerhart Peuckert? ¿Qué ha sido de él?

Bryan fijó la mirada en la calzada y apretó las manos alrededor del volante.

– Lo siento, Bryan, pero nadie parece saber nada de él.

– ¡Tranquilo! No espero que llegue todo de golpe. Has hecho un buen trabajo, Keith. Paso a paso, ¿no es así? -Bryan intentó sonreír y prosiguió-: Estoy ansioso por volver a verlo, ¿lo entiendes? Y está vivo, el querido Hombre Calendario. ¡Si él vive, todavía hay esperanzas de que James también siga con vida!

– Pueden hacerle las preguntas que quieran, pero no puedo prometerles que vaya a contestarles.

Al igual que el resto de la clínica, el despacho de la médico en jefe era luminoso y estaba decorado con gran profusión de colores.

– La familia de Werner Fricke ha sido informada acerca de su visita. No tienen nada que objetar -prosiguió la doctora Würtz con un acento impresionante, evitando sonreír-. ¡A lo mejor el señor Welles podría asumir la tarea de intérprete, señor Scott!

– ¿Podríamos echarle una ojeada a su expediente?

– Sé que es médico, señor Scott. ¿Usted lo entregaría?

– ¡Supongo que no!

– Tenemos una tarjeta con todos los datos más importantes.

Bryan le pidió a Welles que se saltara todos los términos de psiquiatría. Fricke estaba enfermo y lo trataban como tal. Era el expediente médico lo que tenía interés, no si Fricke alguna vez había tenido ocasión de volverse normal.

Todas las anotaciones eran posteriores a 1945; ni una palabra acerca de su lugar de procedencia, ni de lo que había provocado su enfermedad. La ciudad de Friburgo ni siquiera aparecía. Werner Fricke había surgido de la nada, así de sencillo, en una clínica cercana, de las afueras de Karlsruhe, el 3 de marzo de 1945. Después de haber estado registrado durante más de un año como desaparecido, fue trasladado de una guarnición de las SS en Tübingen. Eso era todo lo que decía su expediente en cuanto a sus antecedentes. Ninguna cartilla que pudiera esclarecer nada acerca del año que había sido arrancado del almanaque vital del Hombre Calendario.

Durante el avance de las tropas aliadas, el lugar en el que había estado ingresado Wemer Fricke, Tübingen, había sido evacuado y la totalidad de los pacientes habían sido trasladados a aquella clínica. Cuando, a principios de los años sesenta, se privatizó la clínica, la mayoría de los pacientes tuvieron que resignarse a ser trasladados. Por entonces, él era el único que quedaba de los primeros pacientes. La familia del Hombre Calendario había dispuesto de los medios suficientes para dejarlo donde estaba.

La lista de los demás pacientes de entonces era asequible. Bryan no reconoció ni un solo nombre.

Probablemente el Hombre Calendario fuera el único que había llegado allí desde la Casa del Alfabeto.

La emoción sobrecogió a Bryan. Los años desaparecieron de un plumazo al reencontrarse con aquel cuerpo macizo y paticorto, con aquellos ojos dulces.

– Ahhhh -dijo al instante frunciendo las cejas pobladas y canas, cuando Bryan se colocó entre él y el televisor.

Bryan lo saludó con la cabeza y notó cómo las lágrimas pedían paso.

– Eso se lo dice siempre a todo el mundo -le cortó la doctora Würtz.

Un cuerpo encogido después de décadas de inactividad no había despojado a aquel hombre de su dignidad. A pesar de la blusa sin mangas y unos pantalones con la bragueta abierta, el hombre que estaba sentado delante de él contemplándolo con curiosidad seguía siendo un oficial de las SS. Las experiencias vividas en el hospital de Friburgo se volvieron acusadamente nítidas y presentes. Y allí estaba el Hombre Calendario, vivito y coleando, viendo la retransmisión de los Juegos Olímpicos de Munich en un diminuto televisor en blanco y negro. Por supuesto, la fecha anotada en el bloc que colgaba sobre el aparato era correcta: «4 de setiembre de 1972, lunes.»

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