El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
– ¿Necesitas alguna cosa, madonna Lisa?
– No. Solo voy a la cocina a buscar algo de comer -mentí alegremente, y le dediqué mi mejor sonrisa.
Su expresión se volvió ceñuda.
– Ser Giuliano dio orden de…
– Que debía quedarme en mi habitación. -Mi sonrisa se hizo más amplia-. Lo sé. Pero dijo que si tenía hambre no pasaría nada por ir a la cocina. Además, estoy aburrida de Petrarca. Quiero coger otro libro en la biblioteca.
– Podemos traerte la comida que quieras. Si nos dices el libro que te interesa…
– Gracias, pero no sé qué libros hay, así que no puedo decírtelo. Por favor, solo tardaré un minuto -dije en tono de súplica.
– Muy bien -accedió a regañadientes-. Pero debo pedirte muy respetuosamente que no tardes. Ser Giuliano nunca me perdonaría si regresa y no puedo decirle dónde estás. -Me acompañó hasta la puerta y habló en voz baja con los guardias en el pasillo. Mientras me alejaba, escuché las pisadas de uno de ellos que me seguía a prudente distancia.
Bajé la escalera y pasé junto a más guardias. Por supuesto, no tenía ningún interés en ir a la cocina. Solo quería distraerme, así que salí al patio.
Estaba casi como lo recordaba. En el centro destacaba la esbelta y afeminada estatua de David realizada por Donatello, y cerca se encontraba el busto de Platón. Pero habían desaparecido muchas de las piezas antiguas, entre ellas, la escultura de terracota de Juliano el mayor.
Me habían hablado del famoso jardín de los Médicis y sabía que estaba más allá del patio. Pasé entre dos columnas unidas por un arco de pietra serena, y caminé por una galería hasta salir al aire libre.
Allí encontré el jardín, que tenía un tercio del tamaño del palacio. En el centro de una extensión de césped verde esmeralda, se cruzaban dos senderos de lajas, flanqueados por árboles frutales plantados en tiestos. Entre los árboles había setos de rosales, espinosos y muy podados ante la proximidad del invierno. Detrás de los rosales había estatuas de tamaño natural sobre peanas, distribuidas con mucho esmero. La que más me llamó la atención fue la de la hebrea, Judit, que sujetaba en el puño la cabellera de su rival caído, Holofernes. En la otra mano sostenía una gran espada, levantada por encima de la cabeza, dispuesta a asestar el golpe que acabaría con la sangrienta tarea de decapitar a Holofernes.
Apiladas con mucho orden en los senderos, junto a las paredes, había una gran cantidad de armas y armaduras: escudos, cascos, mazas, espadas, dagas y lanzas que recordaban la obra maestra de Uccello.
La visión me estremeció; durante todo ese tiempo, los Médicis se habían estado preparando para la guerra.
Miré a un pequeño grupo de soldados que charlaban tranquilamente; se callaron al advertir mi presencia y me observaron con cierta hostilidad.
Quizá, me dije, aquello era obra de Piero; el resultado de su intranquilidad y desconfianza, como las tropas de los Orsini que lo esperaban junto a la puerta de San Gallo. Probablemente Giuliano nunca lo aprobaría, o lo habría considerado necesario.
Sin embargo, me acerqué a una de las pilas de cuchillos y con mucho cuidado saqué una daga con su vaina; la más pequeña de todas. A los hombres no les gustó; uno de ellos amagó venir hacia mí para detenerme, pero los demás lo retuvieron. Después de todo, ahora era una Médicis.
Desenfundé la daga y la sostuve a la luz del sol poniente. Estaba hecha de acero, con doble filo y una punta muy aguda. Jadeaba cuando la guardé de nuevo en la vaina, y después la metí en el bolsillo interior de la capa.
El guardia que me había seguido desde la casa esperaba debajo de la arcada. Lo miré con una expresión de desafío, consciente de que me había visto coger el arma; no dijo nada.
Dejé que me siguiera a la biblioteca. Había acabado con Petrarca; quería algo árido y exigente, que apartase mis pensamientos desagradables. Esta vez escogí un silabario latino. Si todo resultaba de acuerdo con los planes -si la Signoria y Piero se reconciliaban-, quería mejorar mi conocimiento de los clásicos, porque tendría que agasajar a muchos eruditos. No quería avergonzar a mi marido pareciendo una campesina ignorante, y también me preocupaba impresionar a mi cuñada.
Volví a mi habitación y cerré la puerta, para gran alivio de mis guardias. Me quité la capa y la dejé sobre la silla, luego me senté junto al fuego. El libro era una introducción al latín pensado para los niños; lo abrí y comencé a leer:
Video, vides, videt, videmus, videtis, vident…
Yo veo, tú ves, él ve… De haber estado tranquila, hubiese pasado las páginas más rápidamente, pero mis pensamientos estaban tan dispersos que me quedé mirando las palabras como una tonta. Para concentrarme, las leí en voz alta.
No llevaba más que unos minutos de lectura cuando me interrumpió un sonido al otro lado de la ventana: el lento y melancólico toque de una campana, la que se conocía popularmente con el apodo de «la vaca» porque tenía el mismo tono que el mugido de ese animal.
Era la campana que llamaba a todos los ciudadanos de Florencia para que acudiesen a la piazza della Signoria.
47
Dejé caer el libro, corrí a la ventana y abrí las persianas. Aún había luz en el exterior y observé la calle en dirección a la piazza della Signoria. El tañido se aceleró; observé mientras los sirvientes salían del gran palacio y miraban, como también hacían los peatones, hacia la plaza, inmóviles. Abajo, un pequeño ejército salió por la puerta central y lateral de nuestro edificio, con los escudos a la altura del pecho y las espadas desenvainadas.
Me aferré ferozmente a la razón. Habían convocado a los ciudadanos, pero no podía creer que fuese para anunciar la caída de Piero. Los llamaban seguramente para celebrar su triunfo.
Permanecí asomada a la ventana durante lo que me pareció una eternidad, como hacían mis vecinos, a la espera de una señal. Pasaron unos dolorosos momentos antes de que llegase suavemente, por el este y por el sur, un distante y confuso rumor. Después el viento trajo un único grito, alto y claro.
– Popolo e libertà! Popolo e libertà!
Recordé inmediatamente a micer Iacopo montado en su caballo en la gran plaza, cuando intentaba en vano sumar al pueblo a su causa. Ahora, en cambio, eran mi marido y su hermano quienes estaban en la plaza, y sus esfuerzos también habían sido en vano.
Pensé en el cadáver de micer Iacopo, hinchado y blanco cuando lo sacaron de la tumba para arrastrarlo por las calles.
Debajo de mi ventana, los sirvientes entraban corriendo al palacio y cerraban las puertas; los peatones se dispersaban en direcciones opuestas. Había quienes iban hacia la plaza, y otros se alejaban.
Me aparté de la ventana y me puse la capa sin perder ni un segundo. No había traído nada conmigo, así que no tenía nada que llevarme; pero el instinto hizo que me detuviese en la puerta. Abrí el cajón de la mesa, encontré la carta de Leonardo, y la arrojé al fuego.
«Ve con Giovanni», me había dicho mi marido.
Salí a la antecámara y me encontré con que los guardias habían desaparecido. En el pasillo vi a Miguel Ángel que corría en mi dirección. La urgencia se había impuesto sobre su timidez; sostuvo mi mirada directamente. Estuvimos a punto de chocar; su respiración era agitada como la mía.
– ¿Dónde está Giuliano? ¿Ha vuelto? -pregunté.
Él habló al mismo tiempo.
– ¡Madonna, tienes que huir! ¡Ve ahora mismo con Giovanni!
– Giuliano…
– No lo he visto. No creo que haya vuelto. Pero sé que quería que fueses con su hermano.
Me sujetó por el codo y me llevó escaleras abajo. Cruzamos el patio y subimos otra escalera. Tanta era la prisa con la que me hacía caminar que en un par de ocasiones tropecé con mis faldas.