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Cartas de un asesino insignificante

Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:

Durante su solitaria estancia en el pueblo costero de Roquedal, una traductora, Carmen del Mar Poveda, recibe misteriosas cartas de un desconocido que le declara su intenci?n de matarla. Las cartas son abandonadas en el muro que rodea su casa y el desconocido exige una respuesta. Comienza as? un extra?o intercambio epistolar, un juego de acertijos y falsas soluciones, de identidades y espejos, en el que, inexorablemente, se imbricar?n las oscuras leyendas del pueblo, sus antiqu?simas fiestas populares y algunos de sus m?s enigm?ticos habitantes. Escrita en clave l?dica, siguiendo una estructura argumental que recuerda el juego m?ltiple de las cajas chinas, la novela aborda do manera brillante la idea de la muerte, ese asesino particular que siempre nos acompa?a como interlocutor privilegiado de toda la vida, al tiempo que presenta la escritura como met?fora y espejo del destino humano. Estimada se?orita. Voy a matarla y usted lo sabe, as? que me asombra su silencio. La flor del almendro ya destella de blancura en las ramas, pero no advierto la flor de sus cartas en el muro. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de verdugo: haga lo mismo con el suyo de v?ctima. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva rom?ntica.
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No desperdicie su tiempo en buscarme. La identidad de un precipicio consiste en caer.

* * *

Mi inestimable ángel caído. Voy a exorcizarle.

He urdido el método preciso: demostrarle que soy la cocinera y usted la receta, el manjar que, por ahora, sólo existe en los papeles, aunque pueda ser saboreado en un futuro próximo.

Método de exorcismo

Ayer salí temprano de casa por cumplir con el ritual del café de los sábados, olvidando que éste era Santo y el bar de la Trocha se hallaba cerrado debido a la muerte de Dios. Deambulé entonces por las calles empinadas, percibiendo una confusa simbiosis de olas y campanas y comprobando, como siempre, que en Roquedal no existe la soledad exacta pues sobra siempre un resto de presencias: un ladrido suelto de perro invisible desde un patio, el maternal desorden de unas gallinas o las sombras aristadas y fugaces de las palomas. Remontaba una costanilla sin nombre, un trayecto que da a los solares por un lado y a las ruinas por otro y que en su misma cúspide no parece sino que alcanza la cima absoluta de la nada, cuando vi venir desde su altura al mago adolescente de mi tarde anterior.

Huelga decir que lo reconocí de inmediato: melena azabache de gitana; chaleco cuajado de pins pantalones ceñidos como calzas renacentistas de un raro color calostro; botas polvorientas de soldado. Llevaba aún la delgada rama con la que había dispensado alegría el día previo. Al pasar junto a mí, se detuvo y me sonrió: la brisa le embozó aquella sonrisa artera con su propio pelo. Extendió la mano izquierda abierta.

– ¿Me das algo? -dijo.

– ¿Cómo te llamas? -indagué con cautela.

– Como tú quieras. -Se azuzaba el muslo con la vara.

Por extraño que le parezca, su respuesta no me intrigó. En la ciudad he podido comprobar que la gente vende cosas más íntimas que el nombre. Decidí no bautizarlo en aquel momento.

– ¿Vives en Roquedal?

– No.

– ¿De dónde eres?

– Del lugar que más te guste.

Sonreí. Apenas le veía el rostro: él no se apartaba el antifaz vivo del pelo,

– ¿Y por qué te voy a dar algo? ¿Qué es lo que sabes hacer?

– Soy mago. -Y repitió, con honda gravedad-: Mago.

Una repentina ráfaga de escalofríos fusiló mi espalda.

– ¿Y qué trucos conoces? -dije, azorada por la coincidencia.

– Me hago invisible. Tú dame algo y ya verás.

Me brotó la espadañada de una risa nerviosa.

– Seguro que sí. ¡Seguro que te harás invisible en cuanto te dé algo!

Hizo refulgir una hilera de sorprendentes y compactos dientes blancos. Saqué unas monedas de mis tejanos.

– Pues venga. Aquí tienes.

Las guardó en el chaleco y se despejó la cara por primera vez.

– Cuando sea mayor -dijo con otra voz y otro acento que me helaron la sangre-, aprenderé a tocar la flauta y pintaré cuadros muy raros. Después me mataré con mi moto en la carretera.

Y desapareció en el aire.

La hierba alta del solar frontero -hendida un momento antes por el obstáculo de su cuerpo- osciló como un péndulo de reloj de pared contando los segundos que estuve paralizada. Cuando pude moverme y reanudé mi camino, esta vez de regreso a casa, pensé: «Era un recuerdo de Luis. Los fantasmas no existen, pero los recuerdos sí, y poseen idéntica apariencia. He venido a este pueblo a olvidar cosas muertas, pero sólo he conseguido resucitarlas». Usted opinará, sin embargo: «Como buena escritora, ha inventado esta historia para inquietarme». Yo le respondo: «Es cierto en parte (sólo en parte, porque lo que se escribe pertenece por derecho propio a la realidad; de lo contrario, ¿cómo podría creer en usted, si sólo lo conozco a través de lo que escribe?), pero no pretendo inquietarle sino exorcizarle, porque si usted es únicamente sus palabras, entonces es que puede ser borrado. Una palabra no posee más peso que un papel, y cuando se abre la ventana la brisa del mar hace volar los papeles. Así ocurre con mi Mago Negro, que vuela y desaparece de la misma forma que ciertos recuerdos. Nada pueden las hojas frente a

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