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Cartas de un asesino insignificante

Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:

Durante su solitaria estancia en el pueblo costero de Roquedal, una traductora, Carmen del Mar Poveda, recibe misteriosas cartas de un desconocido que le declara su intenci?n de matarla. Las cartas son abandonadas en el muro que rodea su casa y el desconocido exige una respuesta. Comienza as? un extra?o intercambio epistolar, un juego de acertijos y falsas soluciones, de identidades y espejos, en el que, inexorablemente, se imbricar?n las oscuras leyendas del pueblo, sus antiqu?simas fiestas populares y algunos de sus m?s enigm?ticos habitantes. Escrita en clave l?dica, siguiendo una estructura argumental que recuerda el juego m?ltiple de las cajas chinas, la novela aborda do manera brillante la idea de la muerte, ese asesino particular que siempre nos acompa?a como interlocutor privilegiado de toda la vida, al tiempo que presenta la escritura como met?fora y espejo del destino humano. Estimada se?orita. Voy a matarla y usted lo sabe, as? que me asombra su silencio. La flor del almendro ya destella de blancura en las ramas, pero no advierto la flor de sus cartas en el muro. Eso no es lo convenido. Yo me tomo en serio mi papel de verdugo: haga lo mismo con el suyo de v?ctima. Le sugiero, por ejemplo, que se vuelva rom?ntica.
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Naturalmente que fue inútil. Habrá comprobado ya lo difícil que resulta caminar con rapidez por el pueblo: un remanso de saludos, encuentros dispares y personas que se acercan desde todas las dimensiones impide la premura con la misma sutil languidez que experimentamos en ciertas pesadillas. El laberinto de los obstáculos no sólo se produce en las aglomeraciones, de ahí su misterio: incluso en las madrugadas en que el pueblo parece muerto, individuos estratégicamente situados entorpecen cualquier intento de velocidad. Este ritmo oleoso de Roquedal es lo que hace que la gente parezca -como insinúa en su última carta- desfilar con pies de plomo en una inacabable procesión, al son de tambores íntimos, por las calles solitarias, repletos de pausas, como si tuvieran marcada de antemano la «carrera oficial» y fuera inútil apresurarse. Por ello, arribé a Palomares después de lo que me pareció una eternidad, acezante, y ya no hallé ni rastro de la escuálida silueta. Como me disgustaba que tan modesto propósito se frustrase, eché a correr cuesta abajo sobre los grandes bloques de piedra de la acera, sorteando la impasible geometría de las mecedoras -temía ofrecer el espectáculo de una caída-, por ver de atrapar a mi escurridizo amigo en una de las bocacalles cercanas, pero en vano. Me detuve por fin ante dos ancianas apostadas en sendas sillas junto a un portal pintado de verde, una de ellas con las piernas cilíndricas y veteadas de varices. Me miraban con cierta sorpresa y cierto reproche; parecían pensar: «¿Correr aquí? ¿Para qué?». Y por eso me detuve. ¿Correr en Roquedal? ¿Para qué? Atajé por Mazo a paso normal, llevada por la simple intención de dar un rodeo y regresar a casa. Y eso fue todo. Supongo que usted (que, según parece, me vigilaba) se habrá burlado de mí a más y mejor, pero piense que yo también me burlé de mí misma, y eso le enfriará la risa.

Cese de reír riéndose.

* * *

Estimada señorita. Debo confesárselo: mi identidad es tan liviana que podría decirse que no existo, pero usted, que me ha discernido en el inextricable tapiz del pueblo, ya no puede dejar de percibirme. A fuerza de no ser nada, soy inevitable. Un asesino es un ser levísimo. Matar es aún más tenue que morir, porque ni siquiera es el destino sino su cumplimiento. Le adjunto un modesto poema en prosa que, confío, será de su agrado. Siendo, como es, escritora, no me enfadará que lo plagie: firme usted, si quiere, mis creaciones, a cambio de cederme la autoría de su destrucción.

Poema

Un día, Roquedal amanecerá silencioso y blanco como un pueblo amortajado. Habrá olor a flores de funeraria por las calles. Despertaremos como lápidas, nos erguiremos rígidos y alabastrinos en las sillas, los balcones, las camas, las cunas, las mecedoras. Los perros vagabundos se alzarán petrificados como ángeles custodios. Las paredes de cal se esponjarán de nichos negros. El mar, ya viejo, perderá los dientes de las olas.

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