Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
Dejo esta carta en el lugar de costumbre. Confío en que usted sea un asesino de palabra -nunca mejor dicho- y no me abandone.
Estimada señorita. La vi hace dos tardes, al mediodía -una hora del todo desusada en sus costumbres-, subiendo por la Trocha hacia la plaza. Hacía bastante calor, no podía ser menos teniendo en cuenta la hora y el abril que hemos sufrido, y llevaba lo que me pareció un mono azul marino de tirantes y zapatos deportivos. El mono, con ser vulgar, no le sentaba mal a su figura estilizada de pelo castaño cortado casi al rape por detrás. Sin embargo, pensé que tal atuendo no hacía sino acentuar la ya excesiva sobriedad de su silueta, con esa ostensible estrechez de caderas. Me permito indicarle que un vestido holgado y unos zapatos de tacón alto la favorecerían más. Lo cierto es que la seguí hasta verla vacilar al final de la calle Principal. Entonces me percaté de que no quería dar a entender que vacilaba: se acercó a la mente de la plaza y simuló entretenerse contemplando a los obreros que colocaban la iluminación para las fiestas de los Reyes de Mayo. Permaneció un instante abstraída, tomó bruscamente por Palomares, volvió a recorrer Mazo tal como hizo el Viernes Santo y regresó a su casa solitaria de la playa. Caminaba con tal parsimonia que me distraje por un momento con el espejismo de que me invitaba a seguirla, pero cuando la vi penetrar en el huerto y cerrar la puerta la ilusión se desvaneció. Aguardé tras un árbol. Pasó el tiempo sin que nada más sucediese, Las ramas de los naranjos temblaron con la brisa y las avispas llenaron los aleros del techo. El mar terminó imponiéndose. Atardeció más, y ladró un perro.
Mi inestimable señor. ¿Y a usted qué le importa lo que hago o dejo de hacer, o si voy vestida de una forma u otra?
Bueno, ahora en serio. Te deslizas con pies de en la oscuridad, oh Manolo. Pero no me sorprende: la noche del mar, temible como el mundo de un ciego, ciñe mi casa por completo y cualquiera puede camuflarse en su interior. Además, mi amoroso insomnio deja de seducirme a las cuatro o cinco de la madrugada, hora en que me zampo dos hipnóticos y me muero hasta las ocho o las nueve, cuando vuelvo a resucitar, así que todo es posible. No obstante, el hecho de no haberte sorprendido ni una sola vez delinquiendo en el muro con tus cartas (ni en esta última ocasión ni en la precedente) me ha parecido poco divertido, y me han entrado ganas de romper la baraja y terminar con el juego (no me gustan los misterios de verdad), Pero esta mañana, cuando quise comunicarte mi decisión, sucedió algo que excitó mi cobardía y cambié de idea. Nada más llegar al bar de la Trocha te sorprendí chismorreando de política con Joaquín, que te soporta con toda su santa paciencia, el pobre; sostenías un botellín de cerveza aunque parloteabas como si tu cuerpo sostuviera muchísimos más, y tardaste en advertirme; entonces me saludaste con un horrísono «¡Doña Carmen!», provocando la risa boba de tu comparsa. Te devolví el espantoso saludo con la mano, en un silencio más que significativo, pero al mismo tiempo pensé: «¿Y si no eres tú quien creo que eres?».
Tu aspecto de borrachín mañanero, soltando coces contra la política del gobierno, no me cuadró con el extraño lenguaje de tus cartas. ¿Y si es otro el que creo que eres tú, y tú no eres el que creo que eres? ¿Quién me escribe entonces? Después hiciste algo que me alivió: te marchaste con enigmática rapidez y ni siquiera quisiste compartir la primera caña conmigo. Parecías opinar: «Ahora que ya podemos escribir lo que pensamos, ¿para qué hablar?».