Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
¿Se burlaba? No lo creo. Si Juan escribiera un libro, la mitad lo dedicaría a contradecir lo escrito en la otra mitad. Su personalidad, como la de la piedra filosofal soñada por los alquimistas, consiste en la oposición de los contrarios, el yin y el yang de la metafísica oriental. Sus días pueden ser «frescos» aunque él mismo admita que hace «un calor espantoso»; la lluvia es «saludable» aunque «mala para el cuerpo». No obstante, se resume en un hombre cortés y tranquilo, el farmacéutico estándar, y no carece de ironía. No es tan serio como aparenta, lo que ocurre es que su delgadez de quijote lo entenebrece. ¡Quizá él es mi asesino Negro!
Pero ¿por qué le estoy contando a usted todo esto? Sepa que mis investigaciones me llevarán, por fin, a desenmascararlo. Y aunque así no fuera, no me importa. Me hallo demasiado atareada con Faulkner para seguir haciéndole caso. ¡Adiós!
Prescinda de Faulkner y continúe con mi enigma; comprobará que es bastante más satisfactorio. La razón es sencilla: descubrirme le costará mucho más esfuerzo, y no le servirá de nada, porque yo la mataré. De este modo, su afán resultará completamente inútil, así que podrá malgastarlo cuanto quiera. Muy al contrario de lo que comúnmente se piensa, el tiempo se pierde a gusto cuando se tiene la seguridad de perderlo por gusto. Todo intento es fútil; cada hazaña está preñada de un fracaso inexorable; cualquier empeño constituye un desastre lejano… Pero, ah, qué diferencia saberlo.
Véase, si no, la mosca.
La mosca
Ahora, por ejemplo, me distrae una mosca que golpea obcecadamente el cristal de mi ventana. Buen símbolo. Si no desea adoptar el papel de víctima, adopte al menos el de insecto: observe el ineludible vidrio contra el que se decapita una y otra vez, la luz mortal hacia la que se abalanza hipnotizada. Percíbase mínima, reacia y luchadora, y así comprenderá la vanidad de sus esfuerzos. Y cuando mi mano la aplaste -como hago ahora con su avatar-, agradecerá la anestesia del golpe finaclass="underline" el dolor no cabe en un cuerpo tan pequeño.
Venga, venga, reconozca que soy divertido. Piense un poco en mí. Le ayudaré con un pequeño test.
Test
¿Puedo ser Manolo Guerín?
¿Puedo ser Juan Hernández?
¿Quién podría ser si no fuera ninguno de ellos?
¿No le tienta resolver mi enigma? Haga cábalas: es la mejor forma de aguardar la muerte en la vida.
Respuestas
a) Manolo Guerín es un individuo trágico, pero si mi asesino Negro es él, entonces es que no conozco a las personas: odia la improvisación, según creo, y no lo dejaría todo al arbitrio de mi santa voluntad; tampoco aguardaría bajo el relente para dejar o coger cartas en el muro que rodea mi casa, no es ése su estilo de riesgo ni creo que se halle en forma para llevarlo a cabo con frecuencia, y si me está leyendo, que me contradiga. No obstante, si él es usted, tendré que perdonarle: sus intenciones de sorprenderme son genuinas, aunque posea las dudosas virtudes de la palabra inoportuna, la pesadez moral y la crítica apresurada. Yo creo que Manolo juega a ser mayor, lamentarse de serlo, obligar a los demás a que lo admitan y conseguir el respeto de la edad a base de rechazarlo; muy sutil lo suyo. Sin embargo, su introversión no le impide tener fama de mujeriego, y él contribuye con un aspecto intrigante: pelo blanco y lacio con mechones amarillo-orín; tupidas cejas negras sobre los ojos azul oscuros, muy brillantes al fondo del todo, como túneles; ropa sencilla pero al mismo tiempo chocante, siempre un jersey y una camisa, haga el tiempo que haga, y unos tejanos desteñidos. Es un viejo rey cíclope en el país de los ciegos, pero me admite como la subdita más importante, lo que no debió de serle fácil al pobre, porque aquí se le tenía por el único intelectual con denominación de origen, y ello, pese a todas las connotaciones negativas que conlleve tal reputación en un pueblo, es un título que se ostenta con demasiado orgullo para que venga una advenediza madrileña -una mujer- a disputárselo de buenas a primeras.