Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
b) Juan Hernández es más serio, pero quizá no tan aficionado como Manolo a las especulaciones metafísicas. Naturalmente que le agrado, me lo ha dicho en más de una ocasión y no es ningún secreto. Sin embargo, conmigo es aún menos osado, a su modo, que el propio Guerín, y pertenece a ese grupo de caballeros que se ríen con los hombres y se entristecen con las mujeres. Mucho me sorprendería que hubiese elegido este retorcido sistema para que nos conociéramos, pero los caminos del machismo son insondables. Además, en su mirada de andaluz noble se esconde un cuarto de Barbazul que me hace sospechar que sería capaz de las más abyectas perversiones. No obstante, cultiva un miedo sincero por su mujer, que es esférica y se viste con blusas de lunares cosmogónicos todos los domingos y festivos; la evita al dirigirse a mí, y su actitud pierde un miligramo de seriedad cuando ella se ausenta, como si su peso, no sólo corporal, le abrumara de continuo. En la farmacia se vuelve consejero, y, al igual que todos los consejeros que sólo lo son en un mismo lugar, pretende tiranizar: le hace mal efecto que me lleve somníferos, que para él son «perjudiciales, sabe usted» (aunque al mismo tiempo afirme que «mejoran mucho los nervios»), pero ha depositado la confianza de Abraham en la aspirina Bayer, y es de los que piensan que un «salicilato» arregla casi cualquier cosa. No, no: a Juan lo descarto, a menos que haya un segundo Juan dentro del primero, amargo y duro como el hueso del albaricoque.
c) ¿Quién más me queda? Como la gracia de todo esto (si es que la hay, que yo no la veo) estriba, señor mío, en que pueda desenmascararlo, las posibilidades se agotan por sí mismas: ¿Roberto Torres, el médico? ¿Fernando, el párroco? ¿Quizá don Baltasar, el loco de la carretera del cementerio? Prefiero descubrir sus ideas, que no su identidad, la cual, me temo, llegaría a frustrarme si la conociese. Eso de «todo intento es fútil» de su carta anterior me parece pesimista pero auténtico: llevo veinte páginas de mi frustrado manuscrito intentando expresar el mismo pensamiento. Y me pregunto: ¿qué queda del sentido de las cosas a los cuarenta años de edad? Hablemos de esto, no de quién pueda ser mi Negro. Según sus propias palabras, siempre perderemos el tiempo, pero ésta es la forma que yo elijo de perderlo.
Tiene RAZÓN, como siempre; yo apenas poseo otra cosa que DESEOS DE MATARLA. Me dice: «Hablemos de esto y no de lo otro»; le respondo: «Adelante, es una intención loable». Pero… ¡descubrir mis ideas! Imagíneme como un enorme abismo: si me pregunta, oirá su propia voz devuelta con el eco. No avance hacia mí sino hacia usted. Y, si quiere, inténtelo: descubrirá que camina en círculo. Soy insignificante. Mi único valor, si alguno poseo, reside en su afán de vivir, no en mi intención de matarla, que es cierta pero invisible como la razón de la lluvia. Por lo mismo, me hallo inseparablemente unido a su persona. Que la abandonen los que más la aman resulta doloroso pero comprensible, porque el tiempo es capaz de extinguirlo todo. Sin embargo, yo, que busco su muerte, ¿cómo podría dejarla antes de que ésta se produjera? Le aseguro, señorita, que pretendo serle fiel hasta la muerte.
Le propongo nuevos ejercicios.
Ejercicios románticos II
Ayer hubo procesiones y me consta que las contempló. Recuerde a los nazarenos; piense en el destello de sus miradas a través de las capuchas; razone que anteayer eran rostros conocidos pero ayer fueron extraños cuyas identidades sólo podemos conjeturar. Ahora, encapirote con su fantasía a sus amigos; estudie detenidamente sus ojos; y enmudézcalos: que sus palabras se asemejen a una oración murmurada. Obsérvelos caminar con lentitud por la calle, abrumados por la procesión cotidiana. Transfórmelos en un abstracto de ojos y silencios, y comprenderá hasta qué punto el rostro oculta mucho mejor que las capuchas. Diseque las miradas de los seres que la rodean, señorita, y comprenderá que cualquiera puede ser cruel.
¿Pensó algo semejante ayer, frente al paso de la Virgen? ¿Y qué motivó su repentina huida? ¿El aburrimiento? Lo dudo: se hallaba a la sazón en la plaza, cerca de la iglesia, y en un parpadeo retrocedió hacia las callejuelas del este, tomó por Palomares y después por Mazo, pero siempre con prisas. ¿Qué buscaba?