Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
Después regresaron los recuerdos.
El mar, que es una vacilación constante, te contagia. Anoche ya no quise escribir más cartas anónimas. Tampoco quise la luz, y apagué el flexo. Penetraba un poco de resplandor lunar por la ventana, pero no me permitía leer. Sin embargo, mi pereza me impidió devolver los libros a la estantería y permanecí sentada ante ellos, asombrada de lo misteriosos que parecían, apilados en un inútil montón sobre la mesa, cerrados. Pensé: «No. No puedo huir de los recuerdos con fantasías». Y hoy
Estimada señorita, A pesar de su falacia, el juego de la identidad puede resultar interesante en algún momento. Yo no la engaño, pero no puedo impedir que usted se engañe conmigo. Razones tendrá para ello y yo ninguna para desmentirla, ya que su error puede no concluir (es posible que muera equivocada con mi identidad), así que, ¿qué importancia tiene un error que dura toda la vida? Si existen verdades breves, ¿por qué no errores eternos? El hecho ineludible es que va a morir: yo la mataré. Y, sobre esto, ¿qué se puede razonar? He aquí un sencillo ejercicio de lógica.
Ejercicio de lógica
Si no podemos razonar, tampoco podemos equivocarnos. Es decir, si no hay razonamiento posible, no hay error posible. Por tanto, todo aquello en lo que podríamos fallar es intrascendente, y lo único importante y cierto (su muerte) es infalible.
Contemplado el tema desde esta perspectiva, se impone emplear nuestra relación, o su preámbulo, en lo que más le agrade: escríbame o deje de hacerlo; rompa mis cartas o léalas con avidez; juegue a buscarme o ignóreme por completo; crea, si le apetece, que yo soy usted. Haga algo, señorita, que la consuele por fin de lo inevitable. Recuerde que «perder el tiempo» es una justísima metáfora de la muerte.
Manolo: eres un cabrón. Me has dado un susto terrible. Soy muy miedosa para todo lo que atañe a la realidad, ¿no lo sabías? Cuando descubrí ayer tu carta en el lugar exacto del muro donde dejaba las que me escribía a mí misma casi me desmayo. Afortunadamente, te había visto la noche anterior rondando por los alrededores, y no me fue difícil resolver el misterio tras algunas horas de tila y prudente reflexión. Pero que sepas que el peor susto te lo hubieras podido llevar tú, ya que al principio me entraron ganas de coger tu anónimo y presentarme en comisaría, ¡tan horrorizada estaba de que mi fantasía se hubiera hecho realidad!… Ahora me parece una idiotez, pero en aquel momento no podía ni siquiera pensar en lo que estaba haciendo, porque el miedo nos traiciona la razón. ¡Te has vengado de mi cinismo con mis propias armas! Ya sé que no puedo reprocharte nada, pero dime, por favor, quién te mandaba espiar mis sueños por el ojo de la cerradura. Es verdad que los sobres, que sin duda hallarías por casualidad cualquier noche pasada en el muro, no tenían remite ni destino. También reconozco que, hablando estrictamente, no se encontraban en el interior de mi propiedad sino en el límite. Pero aun así, dime cómo has podido cogerlos, leerlos y dejarlos en el mismo lugar, una y otra vez, sin decirme nada. Oh, Manolo, cabronazo. La lectura atenta de tu carta me permite deducir que llevas fisgando en mis locuras desde hace bastante tiempo, incluso has logrado imitar con mérito el estilo inexorable de mi asesino Negro. No me atrevo a pensar en todas las cosas que sabrás sobre mí y que no me dices a la hora de las cañas en la Trocha, ni siquiera con oíos ensopados de cerveza.
Bien, ¿quieres que formemos pareja en es-:e diálogo subterráneo? ¡De acuerdo! ¿Quién mejor que tú para completar el tándem? ¿Y qué pensabas la otra noche, cuando distinguí tu pelo blanco como un catadióptrico de carretera y tu figura rechoncha pero a la vez quijotesca recortada por la cancilla del huerto? (¡llegué a creer que, conociendo mi horario laboral, venías a visitarme a las dos de la madrugada!). ¿Qué ideas cruzaban por la reliquia de tu cerebro? ¿Quizá pensabas: «Llevo días sin ver el sobre. Vamos a ver qué hace cuando encuentre uno que no recuerda haber dejado. A ver cómo se toma esta nueva carta». Y tu conciencia, muy tranquila, por supuesto: quien deja sus blancas intimidades puestas a secar en el muro de su casa tiene que arriesgarse a que un extraño las contemple, ¿no? Además, seguro que te ha parecido un sistema cojonudo para cantarnos las cuarenta cuando queramos. Expresar las opiniones íntimas como avisos de faro; el otro las ve desde lejos y contesta con las suyas; después, frente a frente, a disimular. Pues bien, como suele decirse, Manolo: será más divertido entre dos Disimularé, y seguiremos escribiéndonos enigmas.