El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Era una idea sensata, y Sharps acostumbraba a ser sensato. Ocurría lo mismo con los planetas, con todo el sistema solar. Hasta que los hombres viajaban o enviaban sondas al espacio, todo eran suposiciones acerca de su universo. En cambio, ahora tenían conocimientos ciertos. Y ninguna otra generación haría tantos descubrimientos, puesto que la siguiente generación aprendería de los libros de texto, no directamente del universo. Los niños crecerían con aquellos conocimientos. No sería, pensó Sharps, como en su infancia, cuando no sabían nada. La época en que vivía era emocionante, y a Sharps le encantaba.
Un reloj digital señalaba los segundos. Un panel de vidrio con un mapamundi mostraba la posición actual de la cápsula Apolo.
Sharps recordó que debería decir Apolo-Soyuz y sonrió, porque si uno no hubiera sido lanzado, el otro tampoco lo habría sido. La rivalidad entre soviéticos y norteamericanos aún servía, a veces, para algo, para obligar a la cooperación entre ambos, por lo menos. Lástima que tuvieran problemas con las comunicaciones. En el laboratorio espacial, el «laboratorio del Martillo» como le llamaban familiarmente, se producían pérdidas de energía. No habían previsto aquello, pero deberían haberlo hecho. No pudieron prever que el cometa se acercaría tanto cuando efectuaron el lanzamiento de las cápsulas espaciales.
—¿A qué distancia? —preguntó Sharps.
Forrester alzó la vista de la consola del ordenador.
—Es difícil decirlo. —Pasó los dedos por el teclado, como si tocara el órgano—. Si esa última información no hubiera llegado mutilada lo sabría. El mejor cálculo lo sitúa todavía a mil kilómetros, suponiendo que fuera cierta aquella lectura confusa, y si la que yo envié porque no coincidía con las otras está equivocada. Hay muchos condicionantes.
—Sí.
—Estoy tomando fotos... filtro número treinta y uno... a mano...
Apenas pudieron reconocer la voz de Rick Delanty.
—Uno de tus logros —dijo Dan Forrester.
—¿Mío? ¿Cuál es?
—Conseguir que el primer astronauta negro participara en una misión —dijo Forrester, pero habló distraídamente, porque se estaba fijando en los rasgos ondulantes que aparecían en el osciloscopio. Apretó unos botones y una de las imágenes de televisión mejoró enormemente.
Charlie Sharps miró la nube que se aproximaba. La vio sólo como un conjunto de tonos grises no muy contrastados, pero era evidente que no se movía en sentido lateral. El reloj señalaba inexorable los segundos.
—¿Dónde diablos está el cometa? —preguntó Sharps de repente.
Le oyera o no, Forrester no respondió.
—...trayectoria de los bordes externos del núcleo. Repito, Tierra... externos... imposible... puede chocar...
La voz radiofónica se desvaneció.
—Atención, laboratorio, aquí Houston, no entendemos, utilicen plena potencia y repitan. Repito, no entendemos.
Pasaron más segundos. Entonces, de súbito, las imágenes surgieron en las pantallas de televisión, al principio borrosas, pero luego fueron aclarándose, llenas de color, debido a que el Apolo había utilizado el telescopio principal y la máxima potencia de transmisión.
—Dios mío, ¡se acerca mucho! —exclamó Johnny Baker— Parece como si fuera a chocar...
Las imágenes de las pantallas cambiaron rápidamente mientras Rick Delanty seguía con el telescopio principal la cabeza del cometa. Este fue aumentando de tamaño, aparecieron formas en el torbellino brumoso, formas más grandes, detalles, porciones de roca, chorros de gas. Todo sucedía mientras los espectadores contemplaban la imagen. Esta fue descendiendo hasta que la misma Tierra apareció a la vista.
Y en la Tierra aparecieron puntos brillantes. Durante un largo momento, un momento que pareció prolongarse para siempre, las imágenes permanecieron en la pantalla de televisión: la Tierra con puntos destellantes, de una luz tan brillante que la televisión sólo podía mostrarlos como manchas luminosas y ausencias de detalle.
La imagen permaneció en la mente de Charlie Sharps. Destellos en el Atlántico. Europa salpicada de manchas brillantes por todas partes, con una de gran tamaño en el Mediterráneo. Un punto brillante en el golfo de México. El oeste era invisible para el Apolo, pero Dan Forrester accionaba el ordenador. Suponían que estaban llegando todos los datos disponibles, desde todas las fuentes. Los locutores gritaban. Varios de ellos en distintos canales, de fuentes diferentes, hacían oír sus voces sobre las repentinas interferencias.
—¡Bola de fuego sobre nuestras cabezas! —gritó una voz.
—¿Dónde ha sido eso? —preguntó Forrester, con voz lo bastante alta para imponerse al barullo que reinaba en la sala.
—Flota de recuperación del Apolo —respondieron—, y hemos perdido las comunicaciones con ellos. Las últimas palabras que llegaron a nosotros fueron: «Bola de fuego al sudeste», y luego «Bola de fuego sobre nuestras cabezas». Luego nada.
—Gracias —dijo Forrester.
—Houston, Houston, se ha producido un gran choque en el golfo de México. Repito, gran choque en el golfo de México, a quinientos kilómetros al sudeste de vosotros. Solicitamos el envío de un helicóptero para recoger a nuestras familias.
—Dios mío, ¿cómo puede Baker estar tan tranquilo? —preguntó alguien.
¿Quién sería el estúpido que preguntaba aquello?, se dijo Sharps. Debía ser nuevo en el campo y nunca había oído a los astronautas cuando hay un verdadero problema. Echó una mirada a Forrester. Este asintió.
—El Martillo ha caído —dijo.
Las imágenes desaparecieron de todas las pantallas de televisión, y los altavoces sólo emitieron los ruidos de las interferencias.
Tres mil kilómetros al nordeste de Pasadena, en un agujero forrado de cemento armado a ochenta metros bajo el suelo, el comandante Bennet Rosten tocaba distraídamente la pistola que colgaba de su cadera. Se dio cuenta de su distracción y colocó las manos sobre la consola de control de lanzamiento de los misiles Minuteman. Las mantuvo allí un momento, y luego tocó la llave colgada de una cadena alrededor de su cuello. «Maldita sea, pensó Rosten, el viejo me pone nervioso.»
Rosten tenía justificación para pensar así. La noche anterior había recibido una llamada directa del general Thomas Bambridge, y el comandante en jefe del Mando Aéreo Estratégico no solía dirigirse personalmente a los jefes de brigada al frente de los misiles. El mensaje de Bambridge fue corto. «Quiero que vaya al agujero mañana. Y, para su información, sepa que volaré en el avión especial.»
—Arrea —respondió el comandante Rosten—. Señor... ¿esto significa que ha llegado la hora del gran chupinazo?
—Probablemente no —le dijo Bambridge, y pasó a darle explicaciones, las cuales no fueron muy tranquilizadoras para Rosten. Si los rusos creían en serio que los Estados Unidos estaban ciegos y paralíticos...
Miró a su izquierda. Su ayudante, el capitán Harold Luce, estaba ante una consola idéntica a la de Rosten. Las consolas se encontraban a gran profundidad, rodeadas de cemento armado y acero, y estaban construidas para resistir el impacto cercano de una bomba atómica. Los dos hombres eran necesarios para echar a volar sus pájaros. Ambos tenían que girar llaves y apretar botones, y la secuencia cronométrica estaba dispuesta de tal modo que un hombre no podía hacerlo solo.
El capitán Luce estaba relajado ante su consola, con varios libros desparramados delante de él. Estaba siguiendo un curso de historia del arte oriental por correspondencia. Coleccionar grados universitarios por correspondencia era el pasatiempo habitual de los hombres destinados a los agujeros, ¿pero podía Luce dedicarse a aquello cuando estaban oficiosamente en alerta?