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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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– De nada. -Darcy estrechó la mano del barón. Había hecho lo correcto; ahora estaba seguro. Pero esa convicción no implicaba pasar más tiempo con Manning del que fuera estrictamente necesario-. Ahora, me voy a casa. ¿Puedo dejarte en algún lado, Manning?

– No, no -respondió rápidamente el barón, que evidentemente se sentía tan incómodo como Darcy con aquel nuevo giro que había dado su relación-. Pasaré un rato por White's y luego mi bailarina me estará esperando… -Dejó la frase en el aire y se encogió de hombros-. Hasta el jueves.

– Hasta el jueves. -Darcy asintió, luego se alejó de Manning y salió del club. Cuando llegó a la acera a grandes zancadas, sonrió al ver cómo Harry saltaba del coche y se apresuraba a abrir la portezuela y bajar la escalerilla.

– Buenas noches, señor Darcy. -El hombre hizo una respetuosa inclinación.

– Buenas noches, Harry -le respondió el caballero, subiendo la escalerilla-. Dígale a James que nos lleve a casa. Ya he tenido suficiente por esta noche.

– Espero que haya tenido una buena velada, señor.

– ¡Ah, ha sido una velada extraordinaria, Harry! Incluso se puede decir que he obtenido una prueba de su afirmación.

– ¿A qué afirmación se refiere, señor?

– Que, a veces, la alta sociedad tiene unas extrañas costumbres. -Darcy le recitó a Harry la aguda observación que le había hecho una vez.

– Hummm -resopló Harry-. ¡No se necesita prueba de eso! -El hombre hizo ademán de cerrar la portezuela, pero luego se detuvo en seco y bajó la cabeza, aparentemente escandalizado por la libertad con que había hablado-. ¡Espero que me disculpe, señor Darcy!

– Cierre la puerta, Harry.

– Sí, señor.

La puerta se cerró enseguida, pero Darcy esperó a que Harry se subiera al pescante para reírse de la acertada filosofía del sirviente. El calificativo de «extraño» ciertamente describía con precisión el hecho de que Manning lo hubiese buscado esa noche y el curioso giro que había dado su relación.

– No tengo palabras para describirle el alivio que supone para mí estar de regreso en Londres. -La señorita Bingley aceptó una taza de té de manos de Georgiana y se acomodó en su asiento-. Las tiendas y los teatros de Scarborough son insignificantes, ¡a pesar de lo que diga mi tía! Usted no se puede ni imaginar, Georgiana, cuánto anhelaba volver a la civilización.

Darcy observó cómo su hermana respondía con una sonrisa cortés, antes de llenar la taza de Bingley.

– No ha sido tan espantoso. -Bingley levantó la vista y miró a Darcy-. Aunque tengo que admitir que me siento más a gusto aquí, en Londres, que entre nuestros parientes y los antiguos conocidos de nuestros padres en Scarborough. Me temo que nos hemos alejado demasiado de ellos. Parece que llevamos una vida completamente distinta -concluyó con un tono pensativo, pero luego volvió a animarse-. ¡Han pasado varias semanas desde la última vez que estuvimos aquí! ¿Cómo fue tu viaje a Kent, Darcy? Me imagino que más caluroso que el nuestro al norte.

– Sí… más caluroso -respondió Darcy con una voz ligeramente ahogada. Georgiana lo miró a los ojos, dirigiéndole una sonrisa de apoyo. Su hermano asintió con la cabeza en señal de gratitud-. Pero no fue muy largo. Tanto Fitzwilliam como yo nos alegramos de volver a la ciudad.

– Y su retrato, Georgiana. -La voz de la señorita Bingley llenó el silencio que amenazó con instalarse entre ellos-. Me mortifica tanto pensar que hemos regresado demasiado tarde para verlo. ¿Fue muy concurrida la ceremonia de presentación? -Hizo una pausa y luego soltó una risa ronca-. Seguramente que así fue, así que mejor debería haber preguntado quién asistió. ¡Vamos, puede usted hacer alarde de su triunfo ante nosotros!

¡Vaya invitación! Darcy miró a la hermana de Bingley con un gesto de reprobación, mientras se preguntaba otra vez cómo era posible que entendiera tan poco a Georgiana. Malinterpretando la mirada de Darcy, la señorita Bingley le dirigió una sonrisa que sugería una conspiración secreta, en la cual Darcy se negó a participar.

– Se equivoca usted, señorita Bingley. Accedí a los deseos de mi hermana y no enviamos invitaciones. El retrato fue exhibido sólo ante la familia y ahora mismo va camino a Pemberley.

– ¿En serio? -La señorita Bingley miró a Darcy y a su hermana con total incredulidad.

– Ése era mi deseo, señorita Bingley, y mi hermano tuvo la gentileza de concedérmelo. -Georgiana le alcanzó una taza de té a Darcy con una sonrisa tierna-. Él es muy bueno conmigo, ¿verdad?

Con los labios apretados en una sonrisa de desconcierto, la señorita Bingley asintió con la cabeza.

– ¿Y qué planes tenéis ahora que habéis vuelto? -Darcy dirigió la conversación hacia un tema que no tuviera que ver con él-. Londres pronto se convertirá en un frenesí de actividad y tendréis muchas invitaciones.

– Aún no hemos decidido nada. -Bingley bajó la taza-. Ya tengo el escritorio inundado de invitaciones y mensajes.

Darcy asintió para mostrar que entendía la situación.

– Debes tratar de mantener el control de las riendas, Bingley, y no dejarte llevar por el vértigo de la sociedad. De otra manera, amigo mío, terminarás muy mal.

Bingley hizo una mueca.

– Tendré en cuenta tu advertencia. Apenas está comenzando…

– A propósito de eso, he hablado con Hinchcliffe.

– ¡Hinchcliffe! -exclamó su amigo, y una luz de esperanza iluminó su rostro.

– El mismo. -Darcy sonrió al ver la expresión de cautela que cruzó por el rostro de Bingley al oír mencionar el nombre de su temible secretario-. Dice que, si estás de acuerdo, cree que su sobrino podría comenzar a trabajar a tu servicio como secretario, encargado de los asuntos sociales.

– ¿De acuerdo? ¡Por supuesto que sí!

– Entonces, está hecho. ¿Que tal si se entrevista contigo mañana?

– ¡Mañana… Sí, claro! ¡Puede venir esta misma noche! Le mandaré una nota ahora mismo, si tú me lo permites.

– ¡Desde luego! -Darcy señaló la puerta y luego se volvió hacia su hermana-. Con el permiso de las damas.

Cuando estuvieron en su estudio, deslizó una hoja de papel sobre el escritorio y destapó el tintero, mientras Bingley tomaba asiento.

– Esto no podría haber llegado en mejor momento. -Bingley sonrió, agarrando la pluma que Darcy le ofrecía y mordiéndose el labio con expresión de seriedad. Luego mojó la pluma en el tintero y se dispuso a escribir. Darcy se recostó contra el respaldo del asiento para observar cómo Bingley garabateaba un mensaje, contento al pensar en la utilidad de la ayuda que había podido ofrecer a su amigo y en el placer con que éste había aceptado-. Listo -exclamó Bingley, al tiempo que colocaba el punto de la «i» de su apellido y le pasaba la nota a Darcy-. Dime si te parece bien. No quisiera arriesgarme a causarle una mala impresión a Hinchcliffe, con un mensaje que tuviera algún error.

Darcy leyó la corta nota rápidamente, pero cuando volvió a mirar a Bingley con un gesto de confirmación, lo sorprendió en una actitud que sólo se podría calificar de desaliento, con los ojos fijos en el vacío y una sonrisa postiza en el rostro. Incluso mientras él observaba, Bingley dejó caer los hombros y arrugó la frente. Darcy dirigió de nuevo la mirada rápidamente hacia la nota, sintiendo cómo se evaporaba su sensación de satisfacción. La receta que tenía en su mano para alivio de las obligaciones sociales de Bingley no podía hacer nada para curar el dolor que todavía albergaba el corazón de su amigo. Mientras fijaba los ojos en la nota, notó cómo lo envolvía una oleada de aflicción. ¡Qué pareja tan lamentable formaban él y Bingley! Unidos ahora por algo más que la amistad, cada uno había encontrado su alma gemela en una de las hermanas Bennet; y, como consecuencia de la intervención de Darcy, los dos padecían por la certeza de tener que pasar el resto de sus días sintiéndose medio vivos. Sí, Charles amaba a Jane Bennet tal como Darcy amaba a Elizabeth. Ahora podía apreciarlo. Pero era peor en el caso de Bingley, porque Jane Bennet sí le correspondía, según le había dicho Elizabeth; y él la creía. ¡Qué despreciable acto de vanidad había sido constituirse en arbitro del amor! Había sido injusto con su amigo, le había hecho daño de una manera imperdonable y violenta y en un asunto que el corazón de Charles debería haber resuelto por sí solo, libre de su influencia o injerencia. ¿Cómo podría compensarlo por ese terrible error? Incluso aquel acto de gentileza tenía un cierto sabor a condescendencia y superioridad.

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