Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
– ¿Tienes un momento? -El tono de la solicitud era casi cortés.
– Por supuesto -respondió Darcy de forma neutra, tratando de ocultar su irritación. Manning le señaló una pequeña mesa que estaba un poco apartada. Después de sentarse, quedaron nuevamente el uno frente al otro.
– ¿Qué sucede, Manning? -preguntó Darcy sin preámbulos-. Me marcho a casa y no tengo deseos de entretenerme mucho más.
– Quisiera hablar contigo… acerca de un asunto de carácter personal. -La arrogante voz de su señoría pareció quebrarse, al tiempo que desviaba la mirada de los ojos de Darcy-. Sé que debe de sonar absurdo. ¡Imaginarme a mí pidiéndote algo a ti! Pero te aseguro que sólo la más apremiante necesidad me ha impulsado a buscarte. ¡Maldición! -Manning se dejó caer sobre el respaldo de la silla, sumido en lo que parecía ser una gran lucha interna. Darcy se sintió tentado a levantarse y marcharse, pero algo en el aspecto de Manning lo hizo quedarse. Se recostó y esperó a que el barón continuara-. Se trata de Bella; ¿recuerdas a mi hermana? -El barón volvió a mirarlo a los ojos.
– Espero que la señorita Avery se encuentre bien. -Darcy enarcó las cejas. ¿Qué podría querer Manning de él, a propósito de su hermana?
– Sí… ¡y no! No está enferma, en el sentido literal de la palabra -dijo Manning, frunciendo el ceño-. Pero ¡ya sabes cómo es! Siempre como un ratoncito asustado. ¡Y con ese endemoniado tartamudeo! -Darcy frunció el entrecejo. Sí, conocía de sobra la opinión que Manning tenía de su hermana menor y el desprecio con que la trataba. Al mirar al barón con intención de comunicarle su desaprobación, se sintió complacido al ver que tenía la decencia de sonrojarse y suspender sus quejas.
– El asunto es el siguiente, Darcy -dijo, bajando la voz-. He conseguido comprender que a Bella le ha faltado la orientación apropiada. Nuestros padres murieron antes de que ella cumpliera ocho años. La institutriz que ha tenido desde entonces ha sido adecuada, pero no muy inspirada. Y yo nunca he sabido qué hacer con ella. -Volvió a levantar la voz con irritación-. Y Dios sabe que mi hermana, lady Sayre, nunca mostró el más mínimo interés, incluso antes del enojoso asunto de enero pasado. Ya he desperdiciado una temporada de presentación en sociedad y este año parece que va a ocurrir lo mismo.
– Entiendo a tu hermana y la aprecio…
– ¡Sí! -Lo interrumpió Manning-. Eso me imaginaba. Tú actuaste con ella muy bien en Norwycke. Esa es la razón por la que decidí recurrir a ti. -Darcy lo miró sin comprender-. Soy consciente de que tú estás muy unido a tu hermana.
– Sí, tengo ese honor. -Darcy miró a Manning con suspicacia.
– He notado el extraordinario afecto que sentís el uno por el otro, y Bella también lo ha notado.
– ¿Cuándo…?
– Os vimos juntos en el teatro el lunes pasado, en el recital de lady Lavinia el jueves, aunque llegasteis tarde y os fuisteis pronto, y en la ópera el sábado -dijo Manning, contando con los dedos las ocasiones-. En resumen, el asunto es éste: Bella os admira mucho a ti y a la señorita Darcy. -El rencor del barón resultaba innegable-. Y para ser franco, aunque tú eres insufriblemente correcto en todas las cosas, es obvio que haces algo más que soportar la compañía de tu hermana. Un hombre de tu inteligencia… -Darcy enarcó las cejas, fingiendo algo más de asombro del que realmente sentía al recibir el primer cumplido auténtico que Manning le hacía en la vida-. Sí, reconozco todos tus talentos y virtudes -aceptó Manning-. Un hombre de tu inteligencia y carácter no sería tan atento con su hermana menor si ella fuera una jovencita bulliciosa y díscola, por un lado, o una condenada sabihonda, por el otro. A Bella le sentaría muy bien adquirir algo de la moderación e inteligencia de tu hermana. -Manning guardó silencio cuando un criado se acercó con una bandeja-. Camarero, ¿qué lleva usted ahí?
– Brandy, milord. -El hombre se inclinó y les acercó la bandeja.
– ¡Excelente! ¡Estoy seco después de toda esta parrafada! -Manning agarró un vaso-. ¿Darcy?
– No, gracias -rechazó Darcy, mirando al barón que intentaba aliviar la incomodidad que le producía la desagradable posición en que se encontraba.
– A pesar de nuestra larga relación antagónica, ¿permitirías que la señorita Darcy conociera a Bella, propiciarías una amistad entre ellas? -La mirada orgullosa del barón, que había abandonado sólo por un instante, regresó en ese momento y desafió a Darcy a adoptar una actitud compasiva o triunfante.
Darcy se quedó inmóvil, mientras trataba de recuperarse de la sorpresa que le había causado la solicitud de Manning. ¿Cómo podía responderle? Había muchas cosas en juego: años de lo que Manning había descrito con tanta precisión como una «relación antagónica», durante los cuales Darcy había soportado la peor parte; el hecho de imponerle a Georgiana una «amiga» que ella no había elegido y el mayor contacto con Manning que implicaría dicha relación. ¡Eso sin mencionar que los parientes del barón de la familia Sayre habían caído en total desgracia social y financiera, y que una de las damas de la familia estaba metida hasta su adorable cuello en un caso de sedición! Entrecerrando los ojos para estudiar al hombre que tenía al otro lado de la mesa, Darcy trató de buscar en él algo que indicara que albergaba algún sentimiento por las dificultades de su hermana, que no fuese la irritación y el deseo de deshacerse de sus responsabilidades hacia ella. El hecho de que aquel hombre hubiese recurrido a él en busca de ayuda era extraordinario en sí mismo y hablaba en favor de algo más que la preocupación por el efecto que tenía su hermana sobre su fortuna, pero la dureza de la mirada y la arrogancia de la actitud de Manning mientras esperaba la respuesta de Darcy reducía la posibilidad de que existiera un sentimiento más profundo o delicado. Si aceptaba, parecería que ignoraba el desprecio que Manning sentía por él, un desprecio que Darcy nunca había entendido, ni tampoco la razón que lo había provocado. Si hubiese un poco de justicia en el mundo, debería aprovechar esta oportunidad para…
Aunque pidas justicia… rogamos para solicitar clemencia. Cuando Darcy apretó la mandíbula para expresar su negativa, recordó de repente la delicada promesa de Georgiana de ser su Porcia, su abogada. Para ser justos, ¿qué otra cosa podría exigir Darcy en este caso que vengarse por las afrentas contra su orgullo herido? Pero en su propia lucha, ¿lo que le había permitido salir adelante no había sido precisamente la clemencia de Georgiana y la manera en que Dy lo había ayudado a recuperarse?
– ¿Y bien? -le ladró Manning, preparándose para torcer la boca en una risita sarcástica al escuchar la negativa.
– ¿Le vendría bien a la señorita Avery un encuentro el jueves por la mañana? -preguntó Darcy-. ¿Tal vez a las once? -Al decir esto, descubrió que la cara de asombro que puso Manning compensaba totalmente el esfuerzo de rendirse a los ángeles de la clemencia.
– ¿Estás de acuerdo? ¡Que el diablo me lleve! -Manning se dejó caer sobre el respaldo de la silla, perplejo-. ¡Eso es muy amable por tu parte, Darcy! -logró decir, después de varios minutos sin conseguir articular palabra-. No esperaba que… Bueno, eso no tiene importancia. Sí, a las once el jueves; Bella estará encantada. -Se levantó y le tendió la mano de manera torpe-. Gr-gracias.