Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
– ¡Me lo imagino! -Darcy cruzó los brazos y se recostó contra el borde del escritorio-. ¡Llevas siete años con este juego! -Brougham hizo una mueca de incomodidad, lo que impulsó a Darcy a decir-: Pero, por favor, adelante.
– Todo comenzó a mediados de nuestro último trimestre en la universidad. -Brougham dio media vuelta y se dirigió hacia la ventana para mirar a la calle-. Estábamos compitiendo por el premio de matemáticas, ¿recuerdas?
– Sí -recordó Darcy-. No te vi durante varios días mientras preparábamos nuestros ejercicios.
– Sí, bueno… Yo no estaba trabajando en mi ejercicio; no todo el tiempo. Ni siquiera estaba en Cambridge sino aquí, en Londres.
– ¡En Londres!
Su amigo asintió con la cabeza, pero siguió mirando por la ventana.
– Una noche, mientras estaba trabajando en mi tesis, aparecieron en mi habitación unos hombres que me llevaron a una reunión muy privada, a la que no me podía negar a asistir. Aparentemente, mi trabajo acerca de la relación entre las matemáticas y la lingüística había llamado la atención de ciertos funcionarios del gobierno, que querían que aplicara mis teorías a algunos mensajes codificados que habían interceptado aquí en Inglaterra. ¡Siendo joven e impresionable, accedí enseguida! -Brougham se detuvo y se dio la vuelta para mirar a su amigo-. No, ésa no es toda la verdad. Accedí porque era, por fin, la oportunidad de exorcizar un fantasma personal. Jamás te he contado nada sobre mi padre, Darcy. ¿Nunca te has preguntado por qué?
– Claro que sí. -Darcy se incorporó, sorprendido por el giro que había tomado la explicación de Dy e intrigado por ver adónde iba a parar todo aquello-. El hecho de que no usaras tu título, Westmarch, sino que prefirieras usar Brougham, siempre me extrañó. Pero desde muy pronto tú dejaste claro que cualquier cosa que tuviera que ver con tu familia era un asunto privado.
– ¡Mi familia! -resopló Brougham-. Sí, supongo que puedes llamarla así. Se dice que mi padre, el conde de Westmarch, era un hombre brillante, y quizá lo haya sido alguna vez. Pero yo no tuve más pruebas de su intelecto que las ingeniosas formas que encontraba para perseguir a mi madre y humillarme a mí. También tenía un temperamento endemoniado, le encantaba pegarle a la gente con su fusta y tenía pasión por el juego. La fortuna que mi madre aportó al matrimonio desapareció rápidamente y, cuando yo nací, él ya no la necesitaba para nada y prefería pastar en otros prados.
– ¡Santo Dios, Dy!
Brougham se encogió de hombros.
– Es una historia bastante frecuente en nuestra clase social, Fitz. ¿Entiendes ahora por qué prácticamente te rogué que me invitaras a pasar ese verano con tu familia en Pemberley, después de nuestro primer año? Aunque el conde ya había muerto y yo no tenía nada que temer al ir a casa, ansiaba experimentar la sensación de tener una familia de verdad. ¡Tu padre fue toda una revelación para mí! Me siento honrado por haberlo conocido y confieso que él siempre ha representado mi ideal de lo que debe ser un esposo y un padre.
Darcy asintió con la cabeza para agradecer el elogio. Los dos tragaron saliva y miraron hacia otro lado.
– Perdona el paréntesis. -Brougham rompió el silencio-. Después de la muerte de mi madre, mi padre se quedó en una situación económica desesperada, pues los ingresos que ella recibía de las propiedades de su familia pasaron directamente a mí y mis tíos se aseguraron de que él no pudiera poner las manos sobre ese dinero. Fue entonces cuando se dedicó a conspirar.
– ¿A conspirar? -Darcy arrugó la frente-. ¿Con quién?
– ¡Con cualquiera! -Brougham levantó las manos-. Cualquiera que tuviera dinero: los franceses, los irlandeses, los prusianos, ¡los mismos piratas, por lo que sé! El castillo de Westmarch se convirtió en el paso obligado de todo el que quisiera eludir la vigilancia del gobierno.
– ¡Un traidor! -Darcy no pudo contener la exclamación de condena.
– Sí, un traidor. -El rostro de Dy se endureció-. Y ni siquiera por una buena causa, por un ideal, sino exclusivamente por dinero. Cuando las autoridades por fin lo descubrieron, se disparó un tiro en la cabeza, antes de que pudieran apresarlo. Pero como su suicidio salvó al Ministerio del Interior de enfrentarse a un escándalo, todo se mantuvo en secreto. Dijeron que había tenido un accidente mientras estaba limpiando su pistola o algo así. Pero yo sabía la verdad, Fitz, ¡yo la sabía! -Dio media vuelta, con la cabeza y los hombros rígidos-. Podrás imaginarte, entonces, que esa oferta representó para mí la oportunidad de redimir el honor de mi apellido. Además, descifrar mensajes secretos también era un reto fascinante. Medirse intelectualmente con un enemigo desconocido era muy excitante. Terminé el último año de universidad repartiendo el tiempo entre la preparación de la tesis y mi trabajo para el Ministerio del Interior.
– ¡Y aun así lograste ganar varios premios! -Darcy sacudió la cabeza con mortificación.
Brougham lo miró y sonrió.
– Creo que todavía no me has perdonado por eso.
– ¡No! -respondió Darcy-. Pero después de esto, ya no puedo envidiarte ni guardarte resentimiento. Sigue -le instó a continuar, para que no se alejara del tema-. Porque todavía no veo qué tiene que ver todo eso con estos últimos siete años, o esas misteriosas estratagemas tuyas.
– Ah, pero ya preparé el escenario, por decirlo de algún modo. -Otra vez volvió a aparecer aquella mirada intensa y concentrada-. Después de valorar el contenido y la complejidad de los mensajes, se hizo evidente que procedían de las clases altas de la sociedad británica y que circulaban entre sus miembros antes de ser enviados a Francia. Cuando las fuerzas de Napoleón se reunieron en Boulogne en el año 1804, con la intención de iniciar una invasión, a los Ministerios del Interior y Exterior les entró el pánico. Los planos de las fortificaciones costeras de Pitt en Sussex y en Kent fueron descubiertos en un paquete que iba con destino a Holanda. Yo mismo los vi y descifré la nota que los acompañaba; una nota muy elegante e ingeniosa, debo añadir. -Brougham sonrió con sarcasmo al recordar.
– ¡Bien hecho, Dy, pero el problema seguía latente! -exclamó Darcy, entusiasmado por el relato de su amigo-. ¡Todavía había que atrapar a los traidores!
– ¡Exacto! -contestó Brougham-. Pero ¿cómo descubrirlos? Se movían en los círculos más altos de la sociedad. Eran muy inteligentes y posiblemente se trataba de hombres poderosos. ¡Incluso podían formar parte del propio gobierno! Infiltrar a un agente sería inútil, porque nunca sería aceptado y mucho menos lograría ganarse su confianza. Sólo quedaba, entonces…
– ¡Tenía que ser uno de ellos! -Darcy miró a su amigo con asombro y un poco de inquietud-. Alguien al que aceptaran sin reparos y que los igualara en astucia e ingenio. ¡Por Dios, Dy! ¿Te convertiste en espía? -Brougham inclinó la cabeza como confirmación-. ¡Todo este tiempo! ¿Con esa pose de petimetre imbécil?
– Desgraciadamente, sí. -Suspiró-. Fue un poco deprimente ver la rapidez con que me aceptaron bajo esa caracterización, pero así es. ¡Por el rey y por el reino, ya sabes!
– ¿Pero lograste descubrirlos? -insistió Darcy. ¡Aquello era demasiado increíble! ¡Su mejor amigo era un espía!
– Ah, sí, lo conseguí. -Una mirada de tensión apareció de pronto en el rostro de Brougham. Luego la escondió-. Pero no puedo revelar su nombre ni los de otros que he dejado al descubierto. Otras personas se ocupan de ellos silenciosamente, mientras que el petimetre sigue asistiendo a bailes y partidas de juego y de caza, y juega a ser el bufón de la sociedad. Te aseguro, Fitz, que no creo que te gustara saber las cosas relativas a los de nuestra clase de las que se entera un bufón.