Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
– ¡Ejem! -Darcy carraspeó y se arregló el chaleco para dar a su amigo tiempo a recuperarse. Cuando Bingley levantó la cabeza, le devolvió la nota por encima del escritorio-. Es perfecta. ¿Quieres enviarla?
– Sí, por favor -respondió Bingley con una sonrisa rápida y fugaz-. No quisiera aceptar las invitaciones equivocadas. -Tomó la nota y la dobló lentamente en tres partes iguales, mientras Darcy lo observaba con un sentimiento de desaliento ocasionado por lo que acababa de decir. ¿Acaso Charles tenía realmente tan poca fe en su propio juicio? ¿O quizá el intento de Darcy de actuar como su mentor lo había convencido de que era más seguro poner su vida en las manos de otras personas que él creía que eran más sabias que él mismo? Si ése era el caso, Darcy le había causado a Bingley un daño todavía mayor.
– Debes tomar las recomendaciones del joven Hinchcliffe sólo como sugerencias, Charles. La última palabra la tienes tú, tanto en esto como en todos tus asuntos. Si algún día te encuentras en un lugar en el que descubres que preferirías no estar, tú sabrás qué hacer. En todas las ocasiones en que te he visto, siempre has sabido cómo comportarte.
– ¿Tú crees? -El rostro de Bingley se iluminó fugazmente-. ¿Es eso un cumplido, Darcy? -El desconcierto de Charles sacudió fuertemente al caballero. ¿Cuándo había adquirido la costumbre de tratar a su amigo como menos que un igual? ¿Cómo había podido tolerar Bingley semejante actitud de superioridad?
– No, en serio, Charles. -Darcy lo miró directamente a los ojos-. Si más gente poseyera tu buen carácter innato, tu capacidad de hacer que los que te rodean se sientan bien y tu buena disposición hacia el mundo, la sociedad no sería ni la mitad de difícil de lo que es. -Hizo una pausa para observar el efecto de sus palabras. El rostro de Bingley había pasado del entusiasmo al rubor, pero la sonrisa de sus labios le aseguró a Darcy que ese cambio era producto del placer y no de la rabia o la incomodidad-. ¡Dios sabe que a mí me sentaría muy bien un poco de tu talento! -Suspiró a causa de la verdad que contenía su confesión, y también por el alivio que le produjo ver que Bingley volvía a recuperar su forma de ser-. ¡Tal vez debería pedirte que me dieras unas clases!
– ¡Clases! -Bingley soltó una carcajada y se levantó de la silla-. ¿Acaso el maestro y el alumno van a intercambiar los papeles?
– No. -Darcy negó con la cabeza y se levantó-. ¡Tú ya te graduaste, Bingley! Ha sido un error alentarte a que permanezcas en el aula. Preferiría que fuéramos dos amigos que acuden a ayudarse mutuamente. -Le ofreció la mano, que Bingley tomó rápidamente, aunque con un poco de sorpresa-. Dos iguales que están dispuestos a ayudarse el uno al otro a lo largo del camino.
– ¡Por supuesto, Darcy, por supuesto! -exclamó Charles con aire radiante.
Darcy asintió con la cabeza y estrechó la mano de su amigo con más fuerza.
– He sobrepasado el límite, amigo mío. Y prometo rectificar lo que pueda. Te lo aseguro.
Una semana después, un golpecito en la puerta de su estudio hizo que Darcy levantara la cabeza de su libro y que su sabueso suspendiera la íntima contemplación de la escena. Trafalgar se levantó de su sitio junto a su amo y se dirigió hasta la puerta, arañando con sus patas el pulido suelo de madera que quedaba al descubierto entre las mullidas alfombras dispersas por la estancia. Bajo la atenta mirada de Darcy, el perro se levantó sobre las patas traseras, se apoyó contra la puerta y golpeó con pericia el pomo hasta abrirla, luego saltó hacia atrás para empujarla con el hocico. Un feliz gemido que brotó del fondo del pecho del animal le advirtió al caballero quién iba a aparecer enseguida.
– Trafalgar se ha convertido en todo un caballero, Fitzwilliam. -Georgiana se agachó para acariciar la suave cabeza del animal, que la miró con los ojos humedecidos llenos de ilusión.
– Un caballero muy selectivo, me temo. -Darcy le dedicó una mirada de censura al fiel seguidor de su hermana, al tiempo que se levantaba para saludarla-. Sólo se comporta bien con aquellas personas a las que aprueba. Lo que sucede es que tú, querida, sencillamente formas parte de ese selecto grupo.
Georgiana se rió y, tras darle una última palmadita a Trafalgar; se levantó.
– He venido a informarte de que la señorita Avery acaba de marcharse y ya puedes salir de la seguridad de tu cueva y visitar otras partes de la casa.
Darcy miró a su hermana de reojo.
– ¿Estás diciendo que crees que me estoy escondiendo?
– No he podido evitar notar que has logrado ausentarte, o encontrar asuntos urgentes que debes resolver aquí, cada vez que la señorita Avery viene de visita. -Georgiana le sonrió mientras se colocaba junto a él-. Sin embargo, ella piensa que tú eres un caballero absolutamente perfecto.
– ¡Georgiana!
– Y que yo soy una joven perfecta. -Georgiana suspiró-. ¿No crees que resulta un poco difícil ser objeto de semejante adoración?
Darcy la agarró suavemente del brazo y la llevó a un diván.
– ¿Te resulta muy difícil atenderla? Soy consciente de que ha sido una abominable imposición.
– No, hermano, no es «abominable». La señorita Avery es un tipo de amiga muy distinta, pero no es una persona desagradable. -Georgiana se recostó contra el hombro de Darcy-. Fitzwilliam, a veces ella se siente muy humillada por el desprecio de su hermano y otras veces por la manera en que la ignora. Y cree que la opinión que él tiene de ella es lo que todo el mundo piensa. Por eso no es ninguna sorpresa que sea tan tímida. Cuando pienso… -Se detuvo y apretó la cabeza contra el hombro de Darcy.
– ¿Cuando piensas qué, preciosa? -le preguntó Darcy, mientras le acariciaba suavemente los rizos.
– Cuando pienso en lo gentil que has sido conmigo siempre, animándome… ¡Ay, gracias, Fitzwilliam!
Darcy ya había dado media vuelta y estaba llegando a su escritorio, cuando de repente se le ocurrió algo. Se giró.
– Georgiana, ¿todavía quieres suscribirte a esa institución?
– ¿A la Sociedad para devolver jovencitas del campo a sus familias? -Darcy asintió con la cabeza-. ¡Ay, sí, Fitzwilliam! ¿Tengo tu autorización?
– Déjame averiguar un poco más y, si quedo satisfecho, podrás pedirle a Hinchcliffe que desembolse la suma que juzgues conveniente. -Con los ojos brillando de alegría, su hermana hizo ademán de ponerse en pie, pero él levantó las manos-. No, no me lo agradezcas. He sido muy negligente en esto, así como en mis propias donaciones a obras de beneficencia. En realidad, lo único que he hecho hasta ahora ha sido autorizar la continuación de las obras de caridad a las que contribuía nuestro padre. Y tampoco he tratado de averiguar nada más sobre ellas, aparte de las informaciones de Hinchcliffe de que sus juntas directivas son respetables y tienen los libros en orden. -Desvió la mirada de la expresión de cálido asombro de Georgiana, mientras movía la barbilla en busca de las palabras precisas-. Me he mantenido alejado de esas cosas. Pero eso -confesó en voz baja- no seguirá siendo así.
Trafalgar miró a Georgiana mientras salía del estudio, pero pareció contener el impulso de seguirla y se volvió hacia su amo. Darcy le devolvió la mirada solemne.