Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
Asumiendo de nuevo su pose con aterradora facilidad, Dy se portó como un excelente invitado y los entretuvo con absurdas anécdotas e historias salpicadas de datos curiosos sobre los grandes y famosos y aquellos que aspiraban a serlo. Darcy se sintió tentado a pensar que su conversación previa había sido sólo un sueño, pues el hombre que estaba sentado a la mesa no se parecía en lo más mínimo al que unos momentos antes le había confesado su verdadero carácter. No obstante, trató de descubrir, observando con atención, cualquier indicio de los lazos que podrían unir algún día a su hermana con su amigo. Tenía que reconocer que Georgiana florecía en presencia de Brougham y era menos reticente en su compañía que cuando estaba entre sus parientes; pero Darcy no pudo detectar ningún sentimiento por él, excepto una agradable amistad. Dy tampoco manifestó ninguna mirada secreta o suspiros significativos. Seguía representando el papel del petimetre que la sociedad creía que era, algunas veces ridículo, pero, con frecuencia, irónico; sin embargo, parecía menos agresivo en su compañía y ocasionalmente desplegaba una gran inteligencia y perspicacia.
Darcy sabía que su amigo cumpliría sus promesas, pero cuando Dy se despidió de Georgiana y llevó a Darcy hasta la puerta con actitud conspiradora, para informarle de que sus «deberes» exigían que se ausentara de la ciudad durante un período de tiempo indefinido, la verdad es que Darcy no sintió ningún pesar.
– Lo que más lamento es no estar aquí para la ceremonia de presentación del retrato de la señorita Darcy -dijo Dy, mientras se ponía el abrigo que un lacayo le sostenía y cogía su sombrero de copa y sus guantes.
– No te vas a perder de nada -contestó Darcy y, al ver la expresión de desconcierto de Brougham, añadió-: He llegado a la conclusión de que Georgiana tiene razón. Sólo la familia y luego lo mandaremos a Pemberley.
– ¡Excelente! -exclamó Dy con actitud radiante-. ¡Me parece bien por tu parte, Fitz! Aunque entiendo la insatisfacción de la señorita Darcy con el retrato, espero poder tener el privilegio de verlo algún día adecuadamente colgado en tu galería. -Brougham le tendió la mano y Darcy se la estrechó con fuerza.
– Cuídate, viejo amigo. -Darcy sintió un nudo en la garganta al despedirse, pues el valor del hombre que tenía ante él lo llenó de gratitud y de temor-. Estás metido en un juego muy peligroso y por eso deseo de todo corazón que sobrevivas y no sufras daño alguno.
– Lo haré, Fitz -contestó Dy con la misma emoción-. No puedes imaginarte el alivio que me produce haber hablado honradamente contigo sobre eso… y lo otro. Estaré Dios sabe dónde durante los próximos meses, pero si llegaras a necesitarme envía una nota al sacristán de St. Dunstan's. Él se asegurará de que la reciba.
¿St. Dunstan's? Darcy sintió que algo del pasado parecía vibrar ante la mención de ese nombre. ¿Dónde había oído antes algo sobre St. Dunstan's?
Dy respiró profundamente.
– Entonces hasta luego, amigo mío -dijo, colocándose el sombrero sobre sus rizos bien peinados-. Cuida a la señorita Darcy y piensa en mí. Cuando volvamos a vernos, necesitaré un relato pormenorizado. -Se rió y luego preguntó-: ¿Por qué has puesto esa cara?
– ¡St. Dunstan's! ¿Dónde he oído hablar antes de esa parroquia? ¡Ciertamente no frecuento esa parte de Londres!
Brougham se rió de manera provocativa.
– ¡Ah, me sorprendería mucho que lo hicieras! ¿Dónde oíste hablar de ella? Me imagino que te cruzaste con ese nombre en las referencias que te suministró la excelente señora Annesley. -Le hizo una seña al lacayo para que abriera la puerta.
– ¡La señora Annesley! -Darcy se quedó inmóvil, mirando estúpidamente a su amigo, mientras trataba de recordar el contenido de las cartas de referencia de la mujer.
– St. Dunstan's era la parroquia de Peter Annesley, el difunto marido de la señora Annesley -dijo Dy, mientras Darcy seguía inmóvil por la sorpresa-. Te ruego que no le menciones que conocí a Peter, ni le cuentes nada sobre las notas que envíes allí cuando me necesites. Ella no sabe absolutamente nada de nuestra relación ni de los asuntos en los que estaba envuelto Peter y él quería que eso se mantuviera así.
Darcy asintió con la cabeza.
– ¡Por Dios, Dy! Y ahora ¿qué?
– ¡El final de esta maldita guerra para derrotar a Napoleón, espero! -contestó de manera sombría-. Debo irme. -Suspiró y le dedicó a su amigo una sonrisa que reflejaba todos los años de aprecio mutuo-. ¡Cuídate, Fitz! -Dio media vuelta y en unos segundos fue devorado por la oscuridad.
6 Inclinado a los pies de la culpa
La próxima vez que tú y Brougham decidáis enfrentaros, espero que me aviséis. -Sir Hugh Goforth usó su reina de tréboles para levantar las cartas de la jugada que acababa de ganar-. ¡He oído que fue una espléndida demostración de destreza con la espada!
– Nunca habría imaginado que ese petimetre pretencioso y frívolo supiera qué extremo de la espada es el que se empuña -señaló lord Devereaux, arrastrando las palabras, mientras arrojaba sus cartas al centro de la mesa-. Aunque les aseguro que, como jinete, vuela como un rayo. Creo que acabó con su caballo en Melton el año pasado. Tuvo que matarlo de un disparo.
Atrapado entre el deseo de defender a su amigo y el temor de revelar algo que no debería divulgar, Darcy reunió los naipes y se limitó a barajarlos. Había pasado más de una semana desde su enfrentamiento en el club de esgrima de Genuardi, y hasta ese día no se había acercado a Boodle's, donde la ausencia de los dos había levantado algunos comentarios.
Sir Hugh fue tomando las cartas que Darcy le repartió una a una y las fue organizando en su mano, mientras Devereaux y el cuarto jugador de la partida las agarraban todas juntas, antes de comenzar a ordenarlas. Darcy volvió a mirar por encima de la mesa a su inesperado compañero de juego. Lord Manning respondió a su mirada inquisitiva enarcando una ceja en señal de burla.
– Si hubieras estado en Cambridge y no en Oxford, Devereaux -observó Manning-, no tendrías una idea tan equivocada. Brougham es, o era, en aquel entonces, un excelente espadachín. Cuando él y Darcy no estaban compitiendo por los premios académicos, estaban midiéndose con la espada.
– ¡Ah, información confidencial! -Sir Hugh cerró el abanico de cartas-. Las apuestas están a favor de Darcy por el momento. Y tú, Manning, ¿apuestas por Brougham o por Darcy?
– Ah, por Darcy -afirmó Manning con una risita-, pero sólo para molestarlo. Él odia ser objeto del interés público. ¿No es así, Darcy?
– ¿Jugamos, caballeros? -Darcy eludió la pregunta de Manning-. Tu apuesta, Devereaux. -Una vez que su señoría hizo su apuesta, el juego y la noche siguieron su curso sin que hubiese ninguna otra mención sobre un posible encuentro en el futuro, pero Manning se encargó hábilmente de mostrar que tenía razón con un movimiento de los hombros. La aparición de su viejo antagonista en los salones del club había sorprendido a Darcy, porque aunque Manning era socio de Boodle's, también lo era de White's y había demostrado su preferencia por este último mediante la ausencia prolongada del primero. Darcy no lo había visto desde los horribles acontecimientos del castillo de Norwycke. No había ninguna explicación acerca de la razón por la cual Manning había decidido súbitamente honrar Boodle's con su presencia, excepto por el perverso placer que sentía en molestar a Darcy, tal como hacía en aquel momento. Con ese objetivo en mente, se había apresurado a ofrecerse como su compañero de partida cuando, después de recibir una nota urgente, Sandington había tenido que abandonar el juego.
Aunque no disfrutaba de su compañía, Darcy no podía negar que el hombre jugaba bien. Manning era tan hábil con las cartas como en el arte de provocar y sabía desbaratar la estrategia de sus oponentes con la misma destreza con que destruía la reputación de los otros miembros del club que pasaban a su lado. Tanto Goforth como Devereaux bufaban divertidos al oír los comentarios de Manning, mientras Darcy parecía ser el único al que le molestaba el pasatiempo del barón y deseaba estar en otro lado. Terminaron la noche triunfantes, pero Darcy no pudo alegrarse de haber ganado y tampoco le gustó la grosera expresión de satisfacción de Manning. Tras hacer un gesto de asentimiento como respuesta al parco elogio de su compañero, Darcy se levantó de la mesa con el propósito de volver a casa, cuando Manning se interpuso en su camino.