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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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– ¡Darcy! ¡Eres muy amable al recibirme! -Trenholme entró en el estudio tendiendo la mano. Con la otra agarraba el asa de un largo y estrecho estuche de cuero.

– Trenholme. -Darcy inclinó la cabeza a modo de saludo y le estrechó la mano. La tenía fría y casi podría jurar que sintió que el hombre estaba temblando-. Por favor, toma asiento. -Trenholme acercó una silla, puso el estuche sobre el escritorio con suavidad y se sentó con un suspiro.

– ¿Puedes creer que han pasado casi cuatro meses desde que nos vimos por última vez? -Volvió a suspirar-. Ese asunto tan horrible. Sayre y yo estamos más que agradecidos por tu silencio sobre el suicidio de mi madrastra y los apuros financieros de Sayre. Eso lo único que consiguió fue aplazar lo inevitable, pero uno siempre agradece todo el tiempo que pueda mantener alejados a los lobos.

– Entonces, ¿todo ha concluido? -preguntó Darcy con voz neutra.

Trenholme negó con la cabeza.

– No voy a fingir que no, al menos contigo. Todo lo que se podía transportar fue sacado y traído aquí para subastarlo en Garraway's. La propiedad será puesta en venta a finales de semana. -Una mirada de odio ensombreció la cara de Trenholme-. ¡Debería haber sido mía! Sayre nunca se preocupó por otra cosa que el dinero que podía sacarle para apostarlo en la mesa de juego. Y luego, esa maldita irlandesa b… -Trenholme levantó la voz-. Puso contra nosotros a todo el mundo. ¡Tú la viste, Darcy! ¡Viste lo traidora y mentirosa que es! Ella es capaz de apuñalarte por la espalda sin pensarlo dos veces.

– ¿A qué te refieres? -Darcy miró fijamente a los ojos de Trenholme, mientras trataba de armar en su mente el rompecabezas de nombres, caras y conversaciones de los recuerdos fragmentarios de su velada en casa de Sylvanie-. ¿Traidora? ¿Qué es lo que sabes?

– Lo que sé es que, entre ella y Sayre, a mí no me queda ya suficiente dinero ni para emborracharme, que es el único estado en el cual no quiero mandarlos al… -Trenholme se detuvo-. Pero ésa no es la razón que me ha traído aquí. He venido a entregarte esto. -Se inclinó hacia delante, empujando el estuche hacia su anfitrión-. La ganaste en buena ley y no debería ser vendida para pagar ni una mínima parte de las deudas de Sayre.

Darcy abrió el estuche, mientras contenía la respiración. Allí estaba la espada española, colocada en un lecho de terciopelo. Tan pronto como Darcy la agarró, atrapó la luz de la lámpara y brilló como una llama.

– Puedo ser un cobarde y un borracho, pero sé lo que es correcto en una deuda de honor. ¡Sayre va a pagar aunque sea ésta! -declaró Trenholme con vehemencia.

Darcy la levantó y asió la empuñadura. Se ajustaba tan bien a su mano como recordaba.

– ¡Trenholme, no sé qué decir! -Volvió a poner la exquisita espada en su envoltura de terciopelo.

– No hay nada que decir. Ha sido tuya desde esa noche y habrías tenido derecho a poseerla ya durante todos estos meses. Ciertamente tenías suficientes testigos para recurrir a la ley, si hubieses querido. Sayre debería agradecerte que no lo hayas hecho, y para mostrar ese agradecimiento tendría que habértela enviado él mismo.

– ¿Él no sabe que me la has traído? -preguntó Darcy rápidamente.

– ¡Se enterará ahora! -Trenholme se rió con amargura y se levantó-. ¡Le he dejado una nota! -Luego hizo ademán de marcharse-. No te robaré más tiempo, Darcy, pero recuerda lo que dije sobre Sylvanie. Monmouth ha metido a una víbora en su casa, no hay duda de eso. Si hay alguna canallada en marcha, Sylvanie estará en el centro de ella, no lo dudes.

– Pero ¿qué vas a hacer tú? -La pregunta de Darcy detuvo al honorable Beverly Trenholme cuando estaba a punto de agarrar el pomo de la puerta. ¡Tenía que hacer algo! Darcy trató de pensar en algo que pudiera ofrecerle al hombre en señal de agradecimiento, sin ofenderlo ni humillarlo.

– Me marcharé a América, supongo. -Trenholme dio media vuelta. Una sonrisa triste apareció en su rostro, pero no alcanzó a llegar a sus ojos-. He oído que los caballeros ingleses todavía son bien recibidos en Boston, aunque el té ya no lo sea.

– ¿Té? -Darcy miró a Trenholme de reojo-. No creo que las preocupaciones actuales de los americanos tengan nada que ver con el té, Trenholme.

Trenholme se encogió de hombros.

– Pensé que habían arrojado por la borda un cargamento de té en el puerto de Boston.

– ¡Eso fue hace más de treinta y cinco años! Los cargamentos de té llevan más de treinta años llegando a Boston en perfecto estado. -Darcy apretó fuertemente la mandíbula, tratando de evitar la risa que podía resultar insultante para su visitante-. No hay peligro de que tengas que prescindir del té en Boston.

– Ah. Bueno… -Trenholme parecía haberse quedado sin vida y sin palabras. ¡Un pasaje! La palabra resonó en los oídos de Darcy.

– ¡Espera un momento! -Dejó a Trenholme, se dirigió a su escritorio y sacó un cuaderno del primer cajón. Comenzó a pasar rápidamente las páginas hasta que llegó a la sección en que se detallaban sus negocios de transporte de mercancías-. Si puedo conseguirte un pasaje para Boston, ¿lo aceptarías?

– ¿Un pasaje gratis? -Los ojos de Trenholme brillaron por un momento.

– Un pasaje gratis -confirmó Darcy-. Tengo importantes intereses en un barco que sale para Boston, pero zarpa mañana por la mañana. Eso es poco tiempo…

– No necesito más tiempo que el que se requiere para recoger mis cosas y llegar al puerto. ¿Sabes lo que eso significa, Darcy? -gritó el hombre, mientras su anfitrión se inclinaba para escribir una nota dirigida al capitán de la nave-. Si me ahorro el dinero del pasaje, no llegaré a América sin un centavo.

– Ciertamente, eso no es muy aconsejable. -Darcy se enderezó y le entregó a Trenholme una autorización-. Dale esto al capitán y él te llevará a bordo. No será muy cómodo, nada parecido a lo que estás acostumbrado…

Trenholme tomó la nota y luego estrechó la mano de Darcy.

– Eres un buen hombre, Darcy. Nunca olvidaré esto. -Tragó saliva y luego dio media vuelta y salió, mientras su benefactor se quedaba mirándolo, con la esperanza de que fuera cierto.

– ¿Por qué miras el reloj con tanta insistencia? -le preguntó Georgiana a su hermano, cuando vio que sacaba otra vez el reloj del bolsillo de su chaleco. Como el tiempo era todavía agradable, habían decidido dar un paseo por el parque de St. James.

– Un amigo ha partido hacia América muy temprano esta mañana. De acuerdo con el horario, su barco debe llegar a mar abierto dentro de un cuarto de hora. Supongo que estaba tratando de adivinar exactamente dónde estaría.

– ¿Un buen amigo?

– Tal vez. En todo caso, espero haber sido un «buen amigo» para él.

El ruido de unos cascos de caballo corriendo sobre el prado a una velocidad frenética hizo que Darcy se girara rápidamente y empujara a su hermana hacia atrás, para sacarla del sendero. Caballo y jinete se dirigieron hacia ellos y sólo se detuvieron en el último minuto.

– ¡Darcy! -exclamó el jinete, jadeando y con los ojos desorbitados.

– ¡Por Dios, Dy! ¿Qué demonios estás haciendo? -gritó Darcy con furia.

– ¡No hay tiempo para eso! ¿Dónde está Trenholme? ¿Sabes dónde está?

– ¡En un barco camino de América! ¿Por qué? ¿Qué sucede? -Un terror frío le atenazó las entrañas.

– ¿Cuándo lo viste por última vez? ¿Te dijo algo acerca del paradero de lady Monmouth? -El caballo de Brougham se agitó, expresando la desesperación de la voz de su jinete.

– Anoche, y no, no dijo dónde estaba ella. Sólo que deseaba verla muerta y me advirtió que la vigilara. ¿Qué sucede, Dy? ¿Qué ha pasado?

– El primer ministro… Perceval. -Brougham miró más allá de Darcy, buscando los ojos de Georgiana. Darcy pudo identificar el momento en que sus miradas se cruzaron, porque enseguida su expresión se suavizó, pero en menos de un segundo volvió a recuperar la compostura y lo miró de nuevo-. No hace más de quince minutos, el primer ministro ha sido asesinado de un disparo en los pasillos del Parlamento.

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