Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Solo quedan estas tres - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 ... 122
Перейти на страницу:

– Bueno, entonces resulta que somos unos perfectos caballeros, ¿no? -Trafalgar bostezó largamente y luego soltó un ronquido, sacudiendo la cabeza antes de volver a apoyarla sobre las patas cruzadas-. Así es -dijo Darcy, levantándose.

Caminó lentamente hacia la ventana, se recostó contra el marco y miró hacia la plaza. ¿Así que la señorita Avery pensaba que él era un perfecto caballero? Una gota de lluvia golpeó contra los cristales y luego otra. Al parecer, la señorita Avery se había salvado por poco de mojarse o, más bien, él y su hermana se habían salvado por poco de pasar toda una tarde cobijándola de la lluvia. Siguió el recorrido de una gota que se deslizó por el cristal. Debía ser objetivo y desapasionado si quería analizarlo todo. Había pasado casi un mes desde Hunsford. Tenía que ser ya capaz de examinar las cosas con desapasionada objetividad.

¿Cuál había sido la impresión inicial que Elizabeth había tenido de él? Desde el primer encuentro en el baile de Meryton, cuando había pronunciado aquella frase tan odiosa sobre ella, lo había catalogado como un personaje ridículo. Y él no había hecho otra cosa que probar que ella tenía razón. Como un pomposo idiota, se había mantenido aislado, pavoneándose por los círculos sociales de Hertfordshire sin otra cosa mejor que hacer que mirar a todo el mundo por encima del hombro, de una manera muy poco caballerosa.

¿Cómo era posible que él, que tenía enfrente el mejor de los ejemplos y la más solemne de las intenciones, hubiese caído en eso? De alguna manera, en los largos años de su infancia y juventud se había salido del camino, atrapado por las trampas y las actitudes que lo hacían parecer ahora un hombre muy desagradable y un extraño a su propio corazón.

Un gemido de Trafalgar y un fuerte cabezazo contra su mano hizo que Darcy fuera de nuevo consciente de dónde estaba.

– Sí, monstruo. -Acarició la cabeza del animal-. Todo va bien, al menos en lo que a ti concierne -corrigió.

Con un suave gemido, Trafalgar apretó la cabeza contra la rodilla de su amo.

– Sí, lo sé. Las preguntas siguen ahí. -Volvió a acariciar las sedosas orejas del perro-. Pero la respuesta puede ser peor de lo que quisiera ver.

Hizo una mueca y dejó de acariciar las orejas de Trafalgar, ignorando sus empujones y gemidos. ¡Era imposible! Aunque pudiera convencerse de hacer una petición, no había ningún pretexto que pudiera utilizar para ir en busca de Elizabeth, y era poco probable que sus caminos volvieran a cruzarse. Sin embargo, la idea era lo suficientemente nueva como para obligarlo a ponerse en pie. Si fuera posible, ¿podría ella perdonarle?

La imaginación de Darcy trajo a Elizabeth ante sus ojos con una rapidez casi sorprendente. Él había dicho que la admiraba y la amaba. ¿Cómo era posible que lo hiciera cuando había malinterpretado cada uno de los actos de Elizabeth y todas sus palabras? ¡La magnitud de su propio engaño era asombrosa! Había presumido de ser el dueño de la mente y el corazón de Elizabeth, cuando, si le hubiesen preguntado, no habría podido afirmar con seguridad qué era lo que ella pensaba o sentía sobre algún tema relevante, ni decir qué era lo que ella más quería en la vida.

¿Amarla? No, durante aquellas semanas en Pemberley, Londres y Kent, había coqueteado con una Elizabeth imaginaria, que él mismo había inventado a partir de los hilos de colores de sus propios deseos. La había buscado en ese estado y ella, a pesar de no tener dinero ni perspectivas propias, lo había rechazado tajantemente; lo había rechazado, incluso cuando había tantas cosas en juego. En lugar de poner su futuro en las manos de Darcy, la joven había asumido una serie de consecuencias que aparecían ahora ante él de manera más sólida que antes. ¿Qué clase de mujer haría eso?

Le dio la espalda a la ventana y cruzó los brazos sobre el pecho, en una actitud de tanta concentración que Trafalgar y levantó la cabeza que tenía apoyada sobre las patas y tensó los músculos en señal de alerta y extrañeza, mientras su amo volvía a pasearse por el salón. Había llegado hasta allí para buscar una respuesta, una forma de salir de aquel tortuoso mes de revelaciones sobre sí mismo, y estaba decidido a dirigir todos sus esfuerzos a la solución de la pregunta. ¿Qué podía ofrecer como prueba de su arrepentimiento? ¡Nada! ¡Ciertamente nada que una mujer de principios como los que había mostrado Elizabeth se sintiera inclinada a aceptar o respetar! Durante un instante, Darcy se quedó allí parado, impotente, antes de que a su mente acudiera la respuesta. El camino para convertirse en un hombre digno del respeto de semejante mujer comenzaba por ver el mundo y medirse a sí mismo a través de otros ojos, ojos que fueran sensibles a sus defectos y carencias.

¿Podría mantenerse fiel a esa resolución? Tenía que abandonar cualquier idea sobre obtener el amor de Elizabeth como recompensa. Incluso si llegaban a encontrarse, debían portarse como simples conocidos. ¡Pero no importaba! Estaba dispuesto a honrar a esa mujer que había despreciado su posición social y su importancia, aun sacrificando lo que podría ganar, y que lo había hecho descubrirse a sí mismo. Y juró que lo haría luchando hora tras hora, sin que nadie lo viera ni lo notara, por llevar su vida de una manera que pudiera contar con la aprobación de Elizabeth Bennet.

Se dirigió a su escritorio y, después de sentarse, buscó una pluma y un cuchillo. Necesitaría un instrumento bien afilado para ese proyecto. Trafalgar se levantó de su cómoda posición junto al diván y se acercó a donde su amo trabajaba. Con un suspiro seguido de cerca por un gruñido, apoyó las patas sobre la alfombra y dirigió sus ojos curiosos hacia la figura que había en la silla. Darcy lo miró, esbozando una sonrisa.

– ¿Estamos aburridos? -La mirada de Trafalgar se mantuvo firme-. No hay esperanzas de salir con esta lluvia -le dijo Darcy al perro sin rodeos y, tras afilar muy bien la pluma hasta dejarla bien puntiaguda, dejó a un lado el cuchillo-. Y aunque fuera un día perfecto, no puedo complacerte. Tengo que atender un asunto urgente, de carácter reformista, cosa que tú -Darcy le lanzó a su mastín una mirada de reproche- harías muy bien en imitar, monstruo. -Trafalgar suspiró como respuesta y se volvió a acostar, apoyando el hocico sobre las patas delanteras-. Eso dices tú, pero ya hace tiempo que debería haber sucedido. -Darcy se volvió a concentrar en el escritorio y sacó una hoja de papel, antes de mojar la pluma en el tintero. Frunció el entrecejo y vaciló un instante. Luego, agarrando bien la pluma, apoyó la punta contra el papel y escribió: «Una conducta caballerosa». Subrayó dos veces el título-. Hace tiempo que debería haber sucedido -repitió, dirigiéndose al mastín que yacía junto a él- tanto en tu caso como en el mío.

Varios días después, cuando Darcy había terminado su sesión semanal en el club de esgrima de Genuardi, su primo Richard se reunió con él por primera vez desde su regreso de Kent. No se habían despedido en los mejores términos, pues Richard había tratado de sacar a Darcy de sus «amarguras», como las había llamado, y él había estado a punto de arrancarle la cabeza. Así que Richard se había alejado y se había dedicado con devoción a sus deberes militares en el cuartel y a sus deberes sociales con la parte femenina de la sociedad, dejando a Darcy solo hasta que llegara el momento en que hubiese recuperado el buen humor o él necesitara dinero.

– ¡Qué tal, primo! -Cuando Darcy se quitó la toalla de la cara, apareció Richard con una amplia sonrisa. Genuardi había sido bastante exigente ese día y lo notaba. También era bueno volver a ver a su primo.

– ¡Richard! ¿Vienes a practicar? ¿A recuperar tu habilidad? ¡Te reto a un duelo! -dijo Darcy, señalando la pista.

– ¡Ah, no, gracias, Fitz! -Richard negó con la cabeza con un gesto de horror-. He oído algo sobre tu «práctica» con Brougham y no tengo deseos de ser humillado públicamente o algo peor. He venido a ver si tenías sed después de tanto ejercicio. Si quieres pasamos por Boodle's.

1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 ... 122
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)