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La historia secreta

Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:

Escritor y editor británico nacido en Merseyside, Liverpool, el 4 de enero de 1946. Es considerado uno de los mayores exponentes del género de terror del siglo XX. Sus primeras historias, aunque situadas en lugares hipotéticos de Gran Bretaña (a instancias de su editor) y no en Estados Unidos, eran claramente lovecraftianas, tendencia que fue abandonando en posteriores relatos y novelas. Dentro del terror ha publicado tanto novelas y cuentos “realistas” como otros en los que aparecen elementos fantásticos en la trama, todo ello con un estilo muy particular y cuidado que le ha hecho merecedor de buenas críticas. Campbell también ha destacado como editor de antologías de terror, y colabora con la BBC en programas de crítica de cine. La obra de Campbell, tanto corta como en formato largo, ha sido galardonada en múltiples ocasiones, siendo uno de los autores del género con más premios en su haber.
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– Que lo haga -dijo Dudley, ya que habría mucho de Lorna en la víctima.

El ferri estaba demasiado cerca de Liverpool como para que el equipo pudiera grabar otra toma. Por lo menos todo el mundo había comprado billetes para todo el día. Mientras la embarcación volvía a dejar atrás el Pier Head, Dudley miraba cómo Bidston comenzaba a acercarse más y más, pero se concentró en la más inmediata e importante nueva situación. Cuando la cámara enfocó de nuevo al señor Matagrama, este dudó.

– ¿Un soplo no significa otra cosa en América? Lo digo por si se espera que la película llegue hasta allí.

Red emitió algo parecido a un bufido y el micrófono, que sostenía al igual que una caña de pescar para grabar el diálogo, tembló.

– Aquí también significa lo mismo. Creía que esto servía para demostrar lo imbécil que es.

¿Cuánta confianza en sí mismo intentaban destruir ella y su compinche? Se la estaba imaginando siendo arrastrada hacia la hélice, Red en carne viva, cuando el señor Matagrama sugirió:

– ¿Y si digo: «¿Disfrutando del crucero?».

Todas las chicas comenzaron a reírse a carcajadas.

– Eso es aún peor -masculló Lorna.

En aquel momento la hélice se atascó con un cuerpo y la estela del barco se volvió de color carmín. Dudley no sabía lo que podía haber soltado por la boca si Vincent no llega a decir:

– ¿Ha salido a tomar el aire?

Dudley vio que la cámara se giraba y volvía a enfocar al señor Matagrama.

– ¿Ha salido a tomar el aire? -dijo el señor Matagrama.

Parecía que ellos sí. La primera en parecer alegrarse fue Lorna, al acordarse de la frase que se habían saltado y, al comenzar la siguiente toma, Joan y Red también parecían contentas. Entonces, el señor Matagrama comenzó a perder el control de su actuación. Sonreía demasiado y al final de la escena resultaba o demasiado irónico, o divertido y después demasiado amenazador, como si quisiera compensarlo. Vincent intentó ofrecerle varios descansos forzosos durante el rodaje, como oportunidades para que recuperara su habilidad, pero ¿acaso no veía el director que todo era por culpa de las chicas? Quizá el señor Matagrama estaba demasiado ocupado imaginándose cómo ocuparse de ellas para centrarse en la actuación. Tras la enésima repetición de la escena, Dudley tenía la cabeza reseca por la frustración; no solo por el espectáculo cada vez más insatisfactorio sino porque se preguntaba si se estaría perdiendo la diversión que tenía en casa: el despertar del paquete, sus sollozos y sus vanos intentos. También se distraía alejando a los pasajeros del rodaje.

– Se trata de la grabación de una de mis historias -decía.

Algunos de los viajeros se quedaban para observar y otros incluso callaban a sus hijos antes de que él tuviera que hacerlo. Al menos no había demasiado ruido que estropeara las tomas y que valiese la pena evitar, no hasta que el ferri giró como la manecilla de un reloj de regreso a Liverpool. Mientras el barco acariciaba el embarcadero y pivotaba sobre este, Dudley oyó el grito de una chica:

– ¡A bordo!

Era la señal para que ella y otras tres más se apresuraran a bajar la rampa.

Aquel barullo no quedaría bien en la película. Se dirigió corriendo a lo alto de la escalera para avisarlas, pero ellas se callaron mientras subían.

– Aquí arriba estamos rodando -dijo igualmente-. Podéis mirar si queréis pero no debéis hacer ruido.

La chica que iba en cabeza abrió los ojos con entusiasmo.

– ¿Qué estáis grabando? -susurró.

– Una de mis historias. El señor Matagrama.

– Es una historia suya -les informó a sus amigas.

Si ella creía que merecía la pena repetirlo, entonces Dudley estaba de acuerdo.

Las chicas se quedaron en la escalera mostrándole cuatro pares de ojos ensimismados y cuatro bocas abiertas.

– No tenéis por qué esperar aquí -dijo-. Aún no estamos rodando.

– Esperaremos hasta que empecéis -dijo la primera chica.

Dudley pensó en presentárselas al señor Matagrama, pero podría hacerlo más tarde. Cuando el equipo volvió a ocupar sus puestos, se retiró de las escaleras y dejó pasar a las chicas a la cubierta. Vincent llamó a la cámara y después dijo «Acción».

– ¿Ha salido a tomar el aire? -dijo el señor Matagrama precisamente cuando y como debía hacerlo.

Dudley pensó que por fin marchaba la película. Incluso sonrió cuando Lorna dijo:

– He salido a hacer cualquier cosa que pueda sentarme bien.

El señor Matagrama estaba respondiendo con seguridad y sin sonreír demasiado cuando las cuatro chicas comenzaron a corear:

– ¡An-ge-la! ¡An-ge-la! ¡No a la película! ¡No a la película!

El señor Matagrama miró por encima del hombro cuando Dudley se enfrentó a ellas. Sus gritos fueron disminuyendo hasta dar paso al silencio. Se humedeció los labios para pronunciar una pregunta que parecía llevar la intención de amordazarlas.

– ¿Qué decíais?

– Angela -dijo la chica que llevaba la voz cantante dando un paso desafiante hacia él-. Angela Manning. La chica de cuya muerte os estáis beneficiando.

Casi le dio una bofetada al preguntarle:

– ¿Y qué tiene eso que ver con vosotras?

Ella se le quedó mirando como si también intentara contenerse.

– Era amiga mía.

– Entonces, dejadla en paz. Las personas como vosotras sois quienes la estáis desenterrando.

Estaba dejando que su furia le distrajera de la primera pregunta que no le habían contestado.

– Te he preguntado qué decíais -dijo entre dientes y humedeciéndose la boca.

– Ya te lo he dicho.

– Eres una mentirosa. Habéis dicho algo sobre Colin. Decíais que había sido Colin.

La chica agrandó los ojos tal y como lo había hecho en la escalera.

– ¿Así se llama?

– Ya sabes su nombre -dijo Dudley con tanta frustración que apenas pudo evitar que se reflejara en sus palabras-. No, es el señor Matagrama.

– Si estás tan seguro -dijo una segunda chica-, ¿por qué lo preguntas?

– Yo estoy seguro de todo. Hace falta algo más que cuatro zorras para detenerme.

Dudley estuvo a punto de retirar aquella declaración cuando una voz dijo tras éclass="underline"

– Déjalas en paz.

Era el señor Matagrama. Quizá quería encargarse de ellas él mismo. Dudley se dio la vuelta para encontrarse con él, pero el señor Matagrama lo miraba fijamente a él y no a ellas.

– Estaban diciendo cosas sobre ti -se sintió obligado a aclarar Dudley-. No les importa estropearnos la película.

– Es una pena.

– Es más que eso. Quizá Walt pueda demandarlas por hacernos perder dinero -amenazó Dudley en voz alta, para que todo el mundo pudiera oírlo.

Mientras las chicas hacían lo posible por parecer incrédulamente divertidas, el señor Matagrama dijo:

– Es una pena que no pueda continuar.

– Podrás hacerlo si nos deshacemos de ellas. Vincent, ¿no puede el capitán echarlas por causar molestias?

– Nos encantaría que lo hiciera -dijo la primera chica con una risa aún más falsa.

Vincent se ajustó las gafas por encima del puente de la nariz para examinarlas.

– ¿Yo no te conozco? ¿Fuiste tú quien me llamó?

– Así es. Soy la chica a quien le dijiste que estaríais rodando en el río cuando pensaste que era de la prensa.

– ¡Qué cosa más estúpida! -dijo el señor Matagrama.

Aunque estaba mirando a Dudley, no podía dirigirse a él.

– ¿A quién se lo dices? -preguntó Dudley.

– A ti -dijo el señor Matagrama dejando escapar una risa-. Eres tan tonto como tu estúpido y jodido nombre.

– ¿Qué pasa con mi nombre?

– El nombre con el que me llamas.

– Señor Matagrama.

– No, mi nombre es Colin Holmes. Ellas lo saben, aunque tú lo hayas olvidado.

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