Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– Ese -me explicó Nobu- es el movimiento que se llama hataki komi.
– ¿No es fascinante? -dijo Mameha, como deslumbrada. Ni siquiera terminó la frase.
– ¿Qué es fascinante? -le preguntó el Presidente.
– Lo que acaba de hacer Miyagiyama. Nunca había visto nada igual.
– Pues claro que sí que lo has visto. Los luchadores hacen cosas así todo el tiempo.
– Bueno… pero esta vez me ha dado una idea… -contestó Mameha.
Más tarde, cuando regresábamos en rickshaw a Gion, Mameha se volvió hacia mí excitada.
– Ese luchador de sumo me ha dado una idea -me dijo-. Hatsumono no lo sabe, pero ella también está perdiendo el equilibrio. Y no va a recuperarlo hasta que no sea demasiado tarde.
– ¿Ya tiene un plan? ¡Por favor, por favor, Mameha-san! ¡Dígamelo!
– Pero ¿cómo puedes pensar ni siquiera un momento que voy a decírtelo -me espetó-. Ni siquiera se lo voy a decir a mi propia doncella. Tú lo único que tienes que hacer es asegurarte de que Nobu-san sigue interesándose por ti. Todo depende de él y también de otro hombre.
– ¿Qué otro hombre?
– Un hombre que todavía no conoces. Y ahora, ¡chitón! Probablemente ya he dicho más de lo que debía. Qué bien que hayas conocido hoy a Nobu-san. Podría ser él quien venga en tu auxilio.
He de admitir que cuando oí esto, sentí un gran desánimo. Si alguien iba a rescatarme, quería que lo hiciera el Presidente y no ningún otro.
Capítulo dieciocho
La misma noche que supe quién era el Presidente empecé a leer todas las revistas viejas que encontraba, esperando enterarme así de más cosas sobre él. Al cabo de una semana había acumulado tantas revistas en mi habitación que la Tía me miró como si me hubiera vuelto loca. Sí que lo vi mencionado en varios artículos, pero sólo de pasada, y ninguno me informaba del tipo de cosas que yo quería saber realmente. Pero yo seguía llevándome todas las revistas que veía asomar de las papeleras, hasta que un día detrás de una casa de té me encontré un montón de periódicos y revistas viejas atadas. Entre ellas había una de hacía dos años en la que salía un artículo dedicado a la Compañía Eléctrica Iwamura.
Al parecer, la Compañía Iwamura había celebrado su vigésimo aniversario en abril de 1931. Aún ahora me sigue asombrando cuando lo pienso, pero era el mismo mes del mismo año que yo conocí a su Presidente en las orillas del arroyo Shirakawa; habría visto su cara en todas las revistas, si por entonces hubiera tenido acceso a ellas. En cuanto tuve una fecha de referencia, me resultó más fácil encontrar otros artículos acerca del aniversario. La mayoría los encontré entre toda la serie de trastos viejos que tiraron después de la muerte de una abuelita en una okiya de nuestra misma calle.
El Presidente había nacido en 1890, según pude informarme, lo que significaba que pese a su cabello cano, no debía de tener más de cuarenta años cuando yo lo conocí. Aquel día me imaginé que presidiría una compañía sin importancia, pero me equivocaba. La Compañía Iwamura no era tan grande como la Compañía Eléctrica de Osaka, su principal rival en el oeste del país, según todos los artículos. Pero la asociación del Presidente y Nobu los hacía mucho más conocidos que a los jefes de compañías más grandes. En cualquier caso, la Compañía Iwamura tenía fama de innovadora y gozaba de mejor reputación.
A los diecisiete años, el Presidente había ido a trabajar a una pequeña compañía eléctrica de Osaka. Pronto pasó a supervisar a los equipos que instalaron todo el cableado de la maquinaria de muchas de las fábricas de la zona. En aquel momento había cada vez más demanda de luz eléctrica en los hogares y oficinas, y en sus horas libres, durante la noche, el Presidente diseñó un dispositivo que permitía el uso de dos bombillas en un solo casquillo. El director de la compañía no quiso fabricarla, sin embargo, de modo que en 1912, a los veintidós años, poco después de casarse, el Presidente dejó esa compañía y se estableció por su cuenta.
Al principio, las cosas fueron difíciles; luego, en 1914, la nueva compañía del Presidente ganó la contrata para la realización de la instalación eléctrica de un nuevo edificio en la base militar de Osaka. Nobu estaba todavía en el ejército por entonces, ya que debido a sus heridas de guerra le resultaba difícil encontrar trabajo en otro sitio. Y le encomendaron la tarea de supervisar el trabajo de la nueva Compañía Eléctrica Iwamura. El y el Presidente no tardaron en hacerse amigos, y cuando al año siguiente este último le ofreció trabajar con él, Nobu aceptó sin pensárselo.
Cuanto más leía sobre su asociación, más entendía que realmente estaban hechos el uno para el otro. Casi todos los artículos mostraban la misma foto de los dos. En ella, el Presidente, vestido con un elegante traje de tres piezas de tupida lana, sostenía en la mano el casquillo de cerámica apto para dos bombillas, que fue el primer producto fabricado por la compañía. Por su expresión parecía que se lo acababan de dar y que todavía no había decidido qué hacer con él. Tenía la boca entreabierta, mostrando los dientes, y miraba amenazadoramente a la cámara, como si estuviera a punto de tirarle el casquillo. Firme a su lado estaba Nobu, media cabeza más bajo y con el puño cerrado pegado al cuerpo. Iba vestido de chaqué y pantalones de rayas, y su cara surcada de cicatrices era totalmente inexpresiva. Tenía unos ojos soñolientos. Tal vez debido a su cabello prematuramente cano y a su diferencia de estatura, el Presidente casi podría haber sido el padre de Nobu, aunque sólo era dos años mayor. Los artículos decían que el Presidente era el responsable del desarrollo y orientación de la compañía, mientras que Nobu se encargaba de su administración. Era el hombre menos brillante con el trabajo menos brillante, pero al parecer lo hacía tan bien que el Presidente solía decir con frecuencia que la compañía nunca habría sobrevivido a muchas crisis de no haber sido por el talento de Nobu. Fue Nobu quien atrajo a un grupo de inversores y salvó la compañía de la ruina a principios de los años veinte. «Tengo con Nobu una deuda impagable», era una frase del Presidente que se citaba en casi todos los artículos.
Pasaron varias semanas, y un día recibí una nota de Mameha para que fuera a su apartamento al día siguiente por la tarde. Para entonces ya me había acostumbrado a los valiosos kimonos que la doncella de Mameha solía tener preparados para mí; pero cuando llegué esa tarde y empecé a ponerme un kimono de entretiempo de seda escarlata y amarilla, que tenía un estampado de hojas sueltas en un campo de hierba dorada, me quedé estupefacta al ver que tenía una raja por detrás, lo bastante grande para que cupieran dos dedos. Mameha todavía no había regresado, pero yo agarré el kimono y fui a hablar con la doncella.
– Tatsumi-san -le dije-, ha sucedido algo verdaderamente preocupante… Este kimono está roto.
– No se preocupe, señorita. Sólo hay que zurcirlo. La señora lo pidió prestado esta mañana en una okiya de esta misma calle.
– No debió de darse cuenta -dije yo-. Y con la fama que tengo de destrozar kimonos, probablemente pensará…
– ¡Pero si ya sabe que está roto! -me interrumpió Tatsumi-. En realidad, la enagua también está rasgada en el mismo sitio -yo ya tenía puesta la enagua, que era color crema, y cuando me palpé en la zona del muslo, vi que Tatsumi tenía razón.
– El año pasado una aprendiza se lo enganchó sin querer en un clavo -me explicó Tatsumi-. Pero la señora me explicó claramente que quería que se lo pusiera, señorita.
Todo aquello no tenía ni pies ni cabeza; pero hice lo que me decía Tatsumi. Cuando Mameha entró corriendo de la calle, fui a preguntarle qué era aquello. Ella empezó a retocarse el maquillaje.