Lo mejor de la ciencia ficción rusa
- Автор: Журавлева Валентина Николаевна, Днепров Анатолий Петрович
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Editorial Bruguera
- Переводчик: Carlos Robles
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:
— ¿Ayudante personal de Komlin?
— Ignoro a qué se refiere. Soy asistente en el laboratorio físico del Instituto Central del Cerebro.
El inspector miró a Leman por el rabillo del ojo. Le pareció que en las esquinas de los ojos de éste brillaba una sonrisa maligna.
— De acuerdo — dijo Ribnikoc—. ¿En qué ha trabajado usted durante los últimos tres meses?
— En problemas de agopunción neutrínica.
— ¿No podría ser más explícito?
— Hay un informe — cortó Gorcinski de modo perentorio—. En él consta todo.
— A pesar de ello quisiera rogarle que me diese más detalles — rogó el inspector con gran calma.
Durante unos segundos se miraron fijamente, mientras el rostro del inspector empezaba a ponerse cada vez más morado, y Gorcinsky movió los bigotes. Por fin el ayudante cerró lentamente los ojos.
— Con mucho gusto — rugió—. Seré más explícito. Se estudiaba el efecto de los haces neutrínicos encendidos sobre la sustancia blanca y gris del cerebro, así como sobre el organismo interior de los animales…
Gorcinski hablaba con voz monótona, sin expresión. Parecía bambolearse en su asiento.
— Paralelamente se constataban los cambios patológicos y otras imitaciones en el interior del organismo, se realizaban mediciones de la corriente activa, de la disminución diferencial y de las curvas de labialización en los distintos tejidos, determinándose también las cantidades relativas de neuroglobulina y de neurostromina…
El inspector se recostó en el respaldo de su butaca, conteniendo su rabia. Leman seguía, como antes, mirando hacia la ventana mientras tamborileaba con los dedos sobre la mesa.
— ¿Quiere decirme, tovarich Gorcinski, qué le pasa a sus manos? — preguntó el inspector inesperadamente. Odiaba la defensa y le complacía atacar.
Gorcinski miró sus manos, apoyadas en los brazos de la butaca, arañadas y cubiertas de cicatrices azules casi sin cicatrizar e hizo un movimiento como si hubiese querido metérselas en el bolsillo. Pero, en vez de eso, apretó lentamente los monstruosos puños.
— El mono me ha arañado — dijo entre dientes—. En el vivero.
— ¿Ha hecho experiencias sólo con animales?
— Sí, sólo con animales — asintió Gorcinski, subrayando las palabras.
— ¿Qué le ocurrió a Komlin hace dos meses? — el inspector continuaba su ataque.
Gorcinski se encogió de hombros.
— No me acuerdo.
— Se lo puedo recordar. Kornlin se había cortado en la mano. ¿Cómo sucedió?
— Se cortó, nada más — contestó Gorcinski con malos modos.
— Alejandro Eorisovic — le regañó el director.
— Pregúnteselo a él…
Los ojos claros y distantes de Leman se semicerraron.
— Me sorprende usted, Gorcinski — murmuró el inspector en voz baja—. Está convencido de que pretendo arrancarle algo que pueda perjudicar a Komlin… o a usted, o a los demás compañeros. Pero todo es más sencillo. No soy especialista «del sistema nervioso central, estoy especializado en radioóptica. Todo radica en eso. Además no tengo derecho a juzgar basándome en mis impresiones. Y no he aceptado este trabajo para fantasear, sino para descifrar la verdad de lo ocurrido. Sin embargo, me viene usted con un ataque de histerismo. Debería avergonzarse…
Se hizo el silencio. El director comprendió entonces en qué consistía la fuerza de aquel hombre calmoso y obstinado. Indujo Gorcinski haberlo comprendido, porque finalmente dijo, sin mirar a nadie:
— ¿Qué quiere saber?
— ¿Qué es la agopunción neutrínica? — preguntó el inspector.
— Se trata de una idea de Andrés Andreevic — explicó Gorcinski con voz cansada—. La radiación con haces neutrínicos sobre algunas zonas de la corteza provoca la aparición…, más bien un fuerte aumento de la capacidad de resistencia del organismo a diversos tipos de venenos químicos y biológicos. Los perros infectados envenenados se restablecen tras dos o tres punciones neutrínicas. Existe una cierta analogía con la agopunción, esto es, con las curas hechas por medio de punciones realizadas con una aguja. Esto justifica la denominación del método. La función, de la aguja es asumida por el haz de neutrinos. Por supuesto que la analogía es puramente exterior…
— ¿Y el método? — prosiguió el inspector.
— El cráneo del animal es afeitado al rape, y sobre la piel desnuda se colocan unas ventosas neutrínicas… Se trata de pequeños dispositivos para el encendido del haz de neutrinos. El fuego se concentra sobre una zona determinada de la materia gris. Es una operación muy complicada. Aunque resulta todavía más complicado hallar las zonas, los puntos de la corteza que provocan la movilización de los fagocitos en la dirección deseada.
— Muy interesante — comentó con gran serenidad el inspector—. ¿Y cuáles son las enfermedades que se podrían curar de esta manera?
Gorcinski contestó tras una pausa:
— Muchas. Andrés Andreevic suponía que la agopunción neutrínica movilizaba algunas fuerzas del organismo desconocidas para nosotros. No se trata de fagocitosis, ni de estimulación nerviosa, sino de algo mucho más potente. Pero no ha tenido tiempo… Decía que con las agopunciones neutrínicas se podría curar cualquier enfermedad. Envenenamientos, afecciones cardíacas, tumores malignos…
— ¿Cáncer?
— Sí. Quemaduras… Tal vez sería posible incluso restablecer los órganos perdidos. Andrés Andreevic decía que las fuerzas estabilizadoras del organismo son enormes y que la clave de todo reside en la corteza. Pero hace falta determinar en la corteza los puntos de aplicación de las punciones.
— Agopunción neutrínica — murmuró lentamente el inspector, como si saborease el sonido de cada sílaba. Luego se recobró—. Muy bien, tovarich Gorcinski. Le estoy muy agradecido.
Gorcinski sonrió maliciosamente.
— Y ahora, por favor, dígame en qué circunstancias halló a Komlin. Si no me equivoco, fue usted quien lo encontró…
— Sí, fui yo. Andrés Andreevic estaba sentado…, estaba arrellanado en la butaca delante de la mesa…
— ¿En el «neutrínico»?
— Sí. Sobre el cráneo tenía el dispositivo con las ventosas. El generador estaba en marcha. Me pareció como si estuviese muerto. Llamé al médico. Eso es todo.
La voz de Gorcinski experimentó un temblor. Era una revelación tan inesperada, que el inspector se detuvo antes de hacer una nueva pregunta. Los dedos del director batían sobre la mesa, mientras miraba por la ventana.
— ¿Sabe qué experimento hacía Komlin?
— No lo sé —contestó con voz sorda el asistente—. No lo sé. Sobre la mesa, delante de Andrés Andreevic, habían la balanza del laboratorio y dos cajas de cerillas… Las cerillas de una de ellas estaban esparcidas sobre la mesa…
— Espere — el inspector miró hacia el director y luego se volvió de nuevo a Gorcinski—. ¿Cerillas? ¿Y qué tienen que ver las cerillas?
— Cerillas — repitió Gorcinski—. Estaban amontonadas. Algunas estaban unidas de dos en dos, de tres en tres. Sobre un plato de la balanza había tres. Y también una hojita de papel con números. Andrés Andreevic había pesado las cerillas. Esto es seguro, lo he comprobado. Las cifras coinciden.
— ¡Cerillas! — murmuró el inspector—. ¿Qué hacía? Quisiera saberlo… ¿Tiene alguna idea sobre ello?
— No — contestó Gorcinski.
— También vuestros colaboradores cuentan… — el inspector se frotó la barbilla, pensativo—. Aquellos trucos… con fuego, con las cerillas… Parece como si Komlin estudiase otros asuntos aparte de la agopunción neutrínica. ¿Pero cuáles?
Gorcinski callaba.
— Y había hecho esas experiencias en sí mismo otras veces. La piel de su cráneo estaba enteramente cubierta por las huellas de esas ventosas.