Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—¿No es un hombre siempre un hombre? Pero las Perkies se volverán locas cuando vean que se ha escapado. Motivo más que suficiente para llevárnoslo, al menos hasta la costa. Allí podrá reunirse con los de su especie.
En la oscuridad, Maia no podía leer los rasgos de Thalla. El tono de la mujer era tenso y tal vez no estuviera diciéndole toda la verdad. Pero el mensaje era suficiente.
—Habéis venido a por mí, después de todo.
Thalla extendió una mano mientras caminaban, y dio un apretón a Maia en el hombro.
—¿Para qué son las amigas—var? Nosotras contra un mundo sin Lysos, virgie.
Era como una línea del libro de aventuras que Maia había leído, en el que las mujeres del verano forjaban un mundo nuevo a partir de las ruinas de un ayer roto y destrozado. De repente, Kiel las interrumpió con un brusco siseo. Su guía apagó la luz y les indicó que se estuvieran quietos. En silencio, casi de puntillas, se reunieron con ella cerca de una intersección, allí donde su oscuro corredor desembocaba en otro, más brillantemente iluminado. Kiel se asomó cuidadosamente a la izquierda, luego a la derecha. contuvo el aliento.
—¿Qué pasa? —preguntó el hombre desde detrás, con voz grave. Thalla le hizo un gesto cortante con la mano y él no añadió más. Inmóviles, pudieron oír leves sonidos: un chasquido, un rumor sordo, voces alzándose brevemente y luego convirtiéndose en un murmullo. Kiel movió las manos para indicar que había gente a la vista, a cierta distancia pasillo abajo.
¿Y ahora qué?, se angustió Maia, con un nudo en la garganta. Quedaba claro que el mapa de Kiel era incompleto. ¿Ofrecería una ruta alternativa? ¿Había suficiente tiempo?
Para sorpresa de Maia, Kiel no les indicó que dieran media vuelta, sino que inspiró profundamente, se preparó, y ¡salió osadamente a la luz!
Maia sabía que era sólo la reacción de sus ojos adaptados a la oscuridad. Con todo, cuando Kiel entró en la leve iluminación del pasillo, le pareció como si por un instante se cubriera de llamas. ¿Cómo podía nadie no notar una presencia tan brillante?
Pero nadie lo hizo. La var cruzó suavemente la zona expuesta sin un sonido, y volvió a sumergirse en la oscuridad, al otro lado. No hubo cambios en el murmullo de la conversación. Thalla la siguió, tratando de imitar el fluido y silencioso paso de Kiel. El súbito reflejo de su piel clara pareció aún más deslumbrante e imposible de ignorar, y se prolongó dos larguísimos segundos. Luego, también ella llegó al otro lado.
Maia miró al hombre, Renna, que le sonrió y le tocó el codo, instándola a avanzar. Fue un gesto amistoso, una demostración de confianza, y Maia lo odió brevemente por eso. Apenas podía distinguir a las dos mujeres, figuras borrosas al otro lado de la iluminada intersección, esperándola. Se preparó, hinchando las aletas de la nariz, y dio un paso adelante.
El tiempo pareció proyectarse, los segundos convertidos en horas subjetivas. Los pies de Maia se movían por su cuenta, lejanos, obligándola a mirar hacia delante, hacia una brillante imagen de luz enclaustrada… de muebles rotos ardiendo en un hogar mientras unas siluetas bebían y se inclinaban para contemplar la caída de los dados sobre una mesa de madera. Sus grititos hicieron que a Maia se le pusiera la piel de gallina.
La escena era tan deslumbrante que se desorientó y se desvió del rumbo para chocar con una afilada esquina de la intersección. Thalla tuvo que tirar de ella el resto del camino. Maia se frotó la frente lastimada por la piedra, y parpadeó para volver a acostumbrar sus ojos a la oscuridad.
Alzó la cabeza rápidamente.
—¿Renna? —susurró, mirando a su alrededor.
—Estoy aquí, Maia —fue la suave respuesta.
Se volvió hacia la izquierda. El hombre estaba junto a Kiel, un poco más abajo en el pasillo. Maia no lo había oído ni visto cruzar. Avergonzada por su arrebato, miró hacia otro lado. Esta persona no era la mujer mayor y sabia que había imaginado. Aunque no había habido mentiras, se sentía sin embargo traicionada, si no por otra cosa, por su tendencia demasiado humana a hacer suposiciones.
A menos que tenga relación con los barcos o la potenciación, siempre se supone que una persona es mujer hasta que te enteras de lo contrario. Supongo que eso no está demasiado bien.
Sin embargo… ¡tendría que habérmelo dicho!
Ahora Thalla y ella cubrían la retaguardia mientras Renna y Kiel avanzaban por delante. Por primera vez, Maia advirtió que el hombre llevaba una bolsita azul en el cinturón y algo mucho más grande atado a la espalda. Un fino estuche de metal pulido.
Un tablero del Juego de la Vida, comprendió. ¡Oh, es un hombre, por supuesto!
Fui una idiota al imaginar que era una noble sabia que había ideado cómo enviar mensajes inteligentes. No creo que esos trucos sean difíciles para un hombre que se ha pasado toda la vida practicando ese juego.
Ahora era bastante obvio. Pero atrapada en su celda, con sólo los chasquidos nocturnos por compañía, había atendido más a los deseos que a la razón. Qué extraño, experimentar una sensación de pérdida por alguien que se encontraba a sólo unos metros de distancia, vivo, sano, y por el momento libre. Sin embargo, la Renna que Maia había imaginado estaba muerta, igual que Leie. Este nuevo Renna era un sustituto no deseado.
¿Injusta? Maia lo sabía.
La VIDA es injusta. ¿Y qué? Busca a Lysos y demándala.
Minutos después, Kiel les condujo hasta una estrecha puerta, a la que llamó dos veces. El portal de madera se abrió, revelando a una fornida mujer rubia que sujetaba una palanca como arma. La puerta mostraba signos de haber sido forzada; tenía los goznes arrancados y había un candado roto en el suelo.
—¿Los tienes? —preguntó la guardiana de la puerta. Era alta, fuerte, rubia, de aspecto duro.
Kiel se limitó a asentir.
—Vamos —dijo Thalla, conduciéndolos hacia otro tramo corto de escaleras. Maia olió la noche incluso antes de que el viento helado le tocara la piel. Tenía una frescura que nunca había sentido desde la ventana abierta de su celda. Luego estuvieron fuera, bajo las estrellas.
Salieron por la puerta trasera a un amplio porche de piedra situado a un metro de altura sobre el nivel del suelo. Kiel se acercó al borde, se llevó los dedos a la boca, y silbó la llamada del pájaro gannen. Desde la oscuridad llegó una chirriante respuesta, como un eco, seguida del sonido de cascos de caballos. La rubia alta volvió a cerrar la puerta mientras cuatro mujeres llegaban cabalgando, cada una de ellas sujetando las riendas de una o dos monturas de refresco.
Tras soltar los bultos atados a lomos de un animal, Thalla entregó a Maia una burda chaqueta de lana, que ésta se puso agradecida. Aún se estaba abrochando cuando Kiel la cogió del brazo y la llevó hacia el borde de la plataforma, al que habían acercado un caballo. La luz de la luna brillaba en los flancos listados de la bestia, que bufaba y pateaba. Maia no pudo evitar apretar los dientes. Su experiencia como amazona se reducía a haber montado las bestias domadas por las hábiles Trevero, contratadas durante las salidas de verano para que las vars Lamai pudieran cumplir un artículo más del compendio de «preparación para la vida» de la forma más rápida y barata posible.
—No te morderá, virgie —dijo la mujer que sujetaba las bridas, riendo.
El orgullo pudo más que la aprensión, y Maia consiguió agarrarse al pomo de la silla sin temblar. Apoyó el pie izquierdo en el estribo y montó a horcajadas. El caballo danzó, probando su paso. Ella extendió la mano para coger las riendas, alegrándose de que la criatura no se encabritara de inmediato. Aliviada, Maia se inclinó para acariciarle el cuello.