El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—No es inútil estar preparado para el colapso de la civilización —dijo Frank—. La próximo vez no será el Martillo, sino alguna otra cosa. Pero será algo. Lee tus periódicos.
Joanna pensó que aquella era la razón de su interés por Frank. Le hacia reflexionar. Sin duda era más sensato estar unida a Frank Stoner que a Mark Czescu, si llegaba el fin de la civilización.
Y Frank había querido ir al desierto Mojave, pero Mark le convenció para que fueran a otro sitio. Mark no podía admitir del todo que le afectaba la fiebre del Martillo. Parecería estúpido.
Comieron más temprano de lo acostumbrado. Frank insistió en ello. Cuando terminaron, todavía había bastante luz para lavar las cacerolas. Entonces se tendieron sobre sus sacos de dormir, ya casi a oscuras, contemplando cómo la luz se disipaba sobre el Pacífico, hasta que con la noche llegó el frío y se metieron en los sacos. Joanna había llevado su propio saco de dormir. Normalmente, en sus salidas al campo con Mark, unían los dos sacos, pero aquella noche no lo hizo.
La luz desapareció al oeste. Las estrellas aparecieron una a una. Al principio eran sólo estrellas. Luego apareció en el cielo una película luminosa procedente del este, que se mezcló con las luces resplandecientes sobre Los Angeles, luego se hizo más brillante, hasta que hacia medianoche era más brillante que la misma ciudad, tan brillante como una gran aurora boreal. Fue agrandándose y brillando más hasta que sólo se veían unas pocas estrellas a través de la cola del cometa Hamner-Brown que envolvía a la Tierra.
Hablaron para mantenerse despiertos. Los grillos chirriaban a su alrededor. Aquella tarde habían dormido, aunque ni Frank ni Mark se lo dirían a los otros. Eso hubiera sido admitir que ambos estaban en la treintena y lo notaban. Frank contó anécdotas sobre las formas en que el mundo podría terminar. Mark le interrumpía una y otra vez para añadir sus propias opiniones, ampliar detalles o anticiparse a lo que Frank iba a decir.
Joanna escuchaba a los dos con creciente impaciencia. Estaba silenciosa, pensativa. Mark siempre hacía aquello. Nunca la había molestado hasta entonces. ¿Por qué se sentía ahora enojada con él? Todo formaba parte del mismo proceso. ¿Eran instintos femeninos? ¿Se debía a la atracción hacia el hombre más fuerte? Aquello no tenía sentido. Desde luego no formaba parte de su filosofía. Ella era Joanna, una mujer totalmente liberada, su propia persona, con dominio sobre su vida...
El dilema le hizo pensar en otras cosas. Todavía no tenía treinta años, pero no le faltaba mucho, ¿y qué había hecho? ¿Qué estaba haciendo? No podía seguir así, ganando unos pocos dólares cuando Mark estaba sin trabajo, yendo de un lado a otro en una motocicleta. Aquello era muy divertido, pero demonio, debería hacer algo serio, una cosa permanente...
—Apuesto a que puedo colocar las mochilas de tal manera que nadie pueda ver el hornillo —decía Mark—. Jo, ¿quieres hacer café? ¿Me oyes, Jo?
Al alba Frank y Joanna dormían. Mark sonrió como si hubiera ganado un concurso. Disfrutaba mirando el rayar del alba, algo que no podía hacer con frecuencia en los últimos tiempos. El alba de aquel día venía con una luz mágica, la luz del sol débilmente rebajada y transmutada por gases y polvo procedentes del espacio interestelar.
Se le ocurrió que si empezaba en seguida a preparar el desayuno podría llegar a un teléfono antes de que Harvey Randall hubiera salido de su casa. Randall le había invitado para que se uniera al equipo que cubriría las noticias en el martes del acontecimiento, pero Mark había vacilado, y seguía vacilando. Preparó el hornillo y las cacerolas para el desayuno, decidió no despertar a los otros y regresó a su saco de dormir.
Le despertó el olor de tocino frito.
—No has llamado a Harv, ¿eh? —dijo Joanna.
Mark se desperezó estirando los brazos.
—He decidido mirar las noticias en vez de hacerlas. ¿Sabes dónde está ahora el mejor panorama del mundo? Ante un televisor.
Frank le miró con curiosidad. Volvió la cabeza para indicar la altura del sol, pero Mark no le entendió.
—Echa un vistazo al reloj.
¡Eran casi las diez! Joanna se rió al ver la expresión de Mark.
—¡Diablos! Nos lo vamos a perder —se quejó Mark.
—Ahora no tiene sentido que echemos a correr —dijo Frank riendo alegremente—. No te preocupes, mostrarán repeticiones durante todo el día.
—Podríamos llamar a una de las casas —sugirió Mark.
Los otros se rieron de él, y Mark admitió que no tenía reparos para hacerlo. Comieron rápidamente, y Mark sacó una botella de vino y la ofreció a sus compañeros.
—Será mejor que recojamos las cosas y...
Frank se detuvo a mitad de la frase.
Había una luz brillante por encima del Pacífico. Estaba lejos, muy alta, y avanzaba hacia abajo con rapidez. Una luz muy brillante.
Los hombres no hablaron. Se limitaron a mirar. Joanna alzó la vista, alarmada, cuando Frank quedó en silencio. Nunca le había visto asustado por nada, y ella giró en redondo, esperando ver a Charles Manson corriendo hacia ellos y armado de una sierra eléctrica. Miró en la misma dirección que los hombres.
Un pequeño sol de un blanco azulado se hundió rápidamente en el sur, más allá del liso horizonte azul del Pacífico. Dejó una estela ardiendo tras él. En cuanto desapareció, algo parecido a los rayos de un reflector recorrió su trayectoria y subió más alto, por encima del cielo sin nubes.
Pasó uno, dos, tres segundos, sin que ocurriera nada más.
—El portento... —dijo Mark.
Una bola de fuego blanco apareció un instante sobre el borde del mundo.
—El portento. Es real. Todo es real. —Mark parecía a punto de reír—. Tenemos que empezar a movernos...
—Tonterías —dijo Frank, en tono lo bastante firme para atraer la atención de los otros—. No debemos movernos cuando empiecen los terremotos. Vamos a acostarnos, poniéndonos alrededor los sacos de dormir. Ven aquí, Joanna, tiéndete, te sujetaré el saco. Mark, ve un poco más allí.
Luego Frank corrió hacia las motos. Con cuidado, puso a una de lado, tendida en el suelo, apartó a la siguiente y también la tumbó. Se movía con rapidez y decisión. Volvió a por la tercera moto y la apartó.
Vieron brillar tres puntos blancos. Dos de ellos centellearon y desaparecieron... El tercero y más brillante debió haber chocado a lo lejos, en el sudeste. Frank consultó su reloj y contó los segundos. Joanna y Frank estaban a cubierto. Frank cogió su saco y se tendió cerca de ellos. Sacó unas gafas de sol y los otros le imitaron. El abultado saco de dormir hacía que Frank pareciera muy grueso. Las gafas de sol daban a su rostro una expresión impenetrable. Permaneció tendido boca arriba con los brazos detrás de la cabeza.
—Magnífico panorama.
—Sí, a los Guardianes del Cometa les encantará —dijo Mark—. Me pregunto dónde habrá ido Harv. Me alegro de no haberme decidido a ir con él. Aquí podríamos estar seguros, si las montañas aguantan.
—Calla —dijo Joanna—. Calla, calla.
Pero no lo dijo lo bastante alto para hacerse oír. Lo susurró, y su susurro quedó ahogado por el rugido que se acercaba a ellos, y entonces las montañas empezaron a moverse.
El centro de comunicaciones del JPL estaba lleno de gente: periodistas con pases especiales, amigos del director e incluso algunas personas, como Charles Sharps y Dan Forrester, que pertenecían a aquel organismo.
Las pantallas de televisión exhibían las imágenes. La recepción no era muy buena, pues la cola ionizada del cometa trastornaba la atmósfera superior y las imágenes de televisión tendían a disolverse en líneas ondulantes. Sharps pensó que no importaba. A bordo del Apolo efectuarían grabaciones y más tarde las recuperarían. Además se tomarían muchas fotografías a través del telescopio. En la próxima hora se aprendería más sobre los cometas de lo que se había aprendido en los últimos cien mil años.